Third Sunday of Easter, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
When I am lifted up from the earth, I will draw everyone to myself (Jn 12:32)

Many qualify as promising Pope Francis’ elevation. I myself have the fond hope that his gestures of simplicity, humility, poverty and love for the poor will stop dead in their tracks those Catholics who have concluded that the farther they are from the Church and the mule, the safer they are.

Simplicity usually draws us, as Father Robert P. Maloney, C.M., says in The Way of Vincent de Paul. We are captivated, for example, by an unadorned lifestyle that dispenses with ostentation, the symbols of power and wealth, and the superfluous. We are edified by folks whose simplicity shows in their authenticity: they practice what they preach.

Attractive, moreover, are the simple who, needing to use words to preach the Gospel, call spade spade and speak the truth. There is no duplicity among them, no double meaning, no dissimulation, no human respect, no cunning, no ulterior motives. And like that are the apostles, anointed now with the Holy Spirit.

Not only do they not wear luxurious clothes or silken short elbow-length capes, trimmed with ermine fur, with color that indicates hierarchical ranking. Not only do they not use titles of honor. Not only is none of them an owner of a colt to use to go from one place to another and which Jesus could have used for his entry into Jerusalem. Not only do they not have gold or silver, let alone gold- or silver-plated croziers, or pectoral crosses and episcopal rings of precious metal and stone. Not only do they not live in palaces. Not only are the apostles admirable for all this, but also for proclaiming the truth that is Jesus, letting the chips fall where they may. They obey God rather than men, not concerned about their safety or their reputation. They are happy for the opportunity to suffer for the sake of Jesus and to glorify God by their death. Embracing thus the poverty and the cross of Jesus, in which they boast, they surely show their authenticity.

The simplicity of the apostles consists also in their humility: they keep at the center of everything the risen Jesus and God, who has exalted him, and the Holy Spirit that is given to those who are submissive to God. They are as transparent as the angels, the living creatures and the elders in the book of Revelation who are focused on the worship of the one who sits on the throne and of the Lamb. They live the truth, accepting themselves for what they are, namely, a people that, by pure grace, is at the service of God, who hears the cry of the poor and the humble and reveals himself to them.

Humbled by their personal experience of Jesus’ mercy, forgiveness and love, and equipped likewise by the same experience for a greater love that makes up to a certain extent for their denials, the apostles have learned to accept help from someone and to give it to another. They know that there will only be food in abundance, so that no one may go hungry, if there is cooperation and sharing.

No, the Church would not mean lack of safety if she at least plays Balaam’s ass that got delayed, aware of divine presence. Better still, if we who are the Church adorn ourselves not with the things the world value, but rather with the virtues that are precious in the sight of God. Such a Church will derive much benefit from the Lord’s Supper when she does what he has done and becomes one body and blood with him.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 3° de Pascua, C-2013

Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32)

Muchos califican de prometedora la elevación del Papa Francisco. Yo mismo me hago la ilusión de que sus gestos de sencillez, humildad, pobreza y amor a los pobres contribuirán a que se les detenga en seco a los católicos que han concluido que de la Iglesia y del mulo, cuanto más lejos más seguro.

La sencillez nos atrae generalmente, como dice el Padre Robert P. Maloney, C.M., en El Camino de San Vicente. Nos cautiva, por ejemplo, un estilo de vida sin adorno, digamos, que prescinde de la ostentación, de los símbolos de poder y opulencia, y de lo superfluo. Nos edifican las personas cuya sencillez se ve en su autenticidad: practican lo que predican.

Atractivos son además los sencillos que, necesitando usar palabras para evangelizar, llaman al pan pan y al vino vino, y hablan la verdad. Nada de doblez, doble sentido, disimulo, respeto humano, astucia, motivos ulteriores. Y así son los apóstoles ya ungidos con el Espíritu Santo.

No solo no se ponen vestidos lujosos ni mucetas de seda ribeteadas de armiño, el color de las cuales indica rango jerárquico. No solo no usan títulos de honor. No solo no es dueño ninguno de ellos de un borrico para moverse de un lado a otro y del cual se hubiera servido Jesús para su entrada en Jerusalén. No solo no tienen ni oro ni plata, sin hablar de báculos pastorales dorados o plateados, de cruces pectorales y anillos episcopales de metal y piedra preciosos. No solo no viven en palacios. No solo por todo esto son admirables los apóstoles, sino también por proclamar la verdad que es Jesús, pase lo que pase. Obedecen a Dios antes que a los hombres, sin preocuparse por su seguridad ni por su reputación. Les alegra la oportunidad de sufrir por Jesús y de glorificar a Dios con su muerte. Abrazando así la pobreza y la cruz de Jesús y gloriándose en ellas, manifiestan ciertamente su autenticidad.

La sencillez de los apóstoles consiste también en su humildad: mantienen en el centro de todo a Jesús resucitado y a Dios, quien lo ha exaltado, y al Espíritu Santo que se les otorga a los sumisos a Dios. Son tan trasparentes como los ángeles, los vivientes y los ancianos del Apocalipsis, enfocados en el culto del que se sienta en el trono y del Cordero. Viven la verdad, aceptándose por lo que son ellos, a saber, un pueblo que, por pura gracia, está al servicio de Dios que oye el clamor de los pobres y los humildes y se les revela.

Humillados por su experiencia personal de la misericordia, el perdón y el amor de Jesús, y capacitados asimismo por la misma experiencia para un mayor amor que compensa en cierta medida sus negaciones, los apóstoles han aprendido a recibir ayuda de uno y a dársela a otro. Saben que solo habrá comida de balde, para que nadie se quede con hambre, si hay colaboración y compartición.

No, no significaría la Iglesia la inseguridad si hace de burra de Balaán por lo menos, la cual se detuvo, consciente de la presencia divina. Mejor todavía, si los que somos la Iglesia nos adornamos no con las cosas valoradas por el mundo, sino con las virtudes preciosas ante Dios. Tal Iglesia sacará buen provecho de la Cena del Señor cuando haga lo que él ha hecho y se haga concorpórea y consanguínea suya.