Third Sunday of Easter, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
We have an Advocate with the Father, Jesus Christ (1 Jn 2, 1)

The risen Jesus is the invitation to sinners to believe in the God who writes straight with crooked lines. Through Jesus, where sin increases, there grace overflows all the more.

The religious rulers keep realizing their plots just as they have them hatched up. They get to buy the Iscariot, to persuade the crowds to pressure Pontius Pilate to release Barabbas and hand Jesus over to death. Then they mock Jesus, underestimating the resiliency of the one who takes refuge in the Lord, and not in princes. God likes him so much he raises him to life.

God never disappoints those who trust in him. He sees to it that all things work for good for those who love him. He does not cease to surprise believers and unbelievers alike.

It is because of God that there is the proclamation about Adam’s happy fault and about the stone, rejected by the builders, becoming the cornerstone. God did not let the sale of Joseph to the Ishmaelites be for naught. Nor did he comply with the purist expectation that would prefer that Jesus’ genealogy be immaculate, without including men of questionable character and the women, Tamar, Rahab, Ruth and Bathsheba. This same God does not let human depravity be the last word now.

And the Son himself, sold for thirty pieces of silver, does what Joseph did: he reassures us who are guilty and frightened, reminding us that everything has been fulfilled according to the prophecies. In effect, Jesus makes excuses for our offenses and invites us to repentance.

Indeed, every cloud has a silver lining. And St. Vincent de Paul assures us that God does not allow anything to happen without a reason (FrVII:287-288). But this does not mean all we have to do is stand by and watch.

With the ball now in our court, ours is the responsibility to let all our activity, “constantly imperiled by man’s pride and deranged self-love, … be purified and perfected by the power of Christ’s cross and resurrection” (Gaudium et Spes 37). Yes, the basic law of conversion and human perfection, and hence of the world’s transformation, is the new commandment of love (Ibid. 38).

Consequently, our attention is called to the Eucharist, the celebration par excellence of the Paschal Mystery. The Eucharist directs us in our weakness and misery not to the God who is deus ex machina, one who only fills the gaps, but rather to the suffering God, the only one who can help, winning power and space in the world by his weakness (Bonhoeffer).

Lord Jesus, you made the cross the tree of life, be our strength in our weakness.


VERSIÓN ESPAÑOLA

3º Domingo de Pascua B-2015

Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo (1 Jn 2, 1)

Jesús resucitado es la invitación a los pecadores a creer en un Dios que escribe recto con renglones torcidos. Por Jesús, donde abunda el pecado, allí sobreabunda la gracia.

Los dirigentes religiosos van realizando sus tramas según las tienen urdidas. Logran comprar al Iscariote, persuadir a la multitud a presionar a Poncio Pilato a soltar a Barrabás y entregar a Jesús a la muerte. Se burlan luego de Jesús, subestimando la capacidad de resurgir del refugiado en Dios, y no en los jefes. Dios lo quiere tanto que lo resucita.

Dios jamás defrauda a los que confían en él. Cuida que a los que lo aman todo les sirva para el bien. No cesa de sorprender tanto a los creyentes como a los no creyentes.

Es a causa de Dios que se pregona de la feliz culpa de Adán y de la piedra desechada por los arquitectos sirviendo ahora de piedra angular. Dios no dejó que resultara para nada la venta cruel de José a los ismaelitas. Ni se conformó con la expectativa purista que preferiría que fuese inmaculada la genealogía del Mesías, sin incluir a hombres de carácter cuestionable ni a las mujeres: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé. Este mismo Dios tampoco permite que la depravación humana sea la última palabra ahora.

Así pues, el mismo Hijo, vendido por treinta monedas de plata, hace lo que José: nos tranquiliza a los culpables y temerosos, recordándonos que todo se ha cumplido según las profecías. Efectivamente, Jesús disculpa nuestras ofensas y nos invita a la conversión.

De verdad, no hay mal que por bien no venga. Y san Vicente de Paúl nos asegura que nuestro Señor no permite que nada ocurra sin razón (EsVII:249). Pero esto no quiere decir que solo nos toca quedarnos con los brazos cruzados.

Estando ahora la pelota en nuestro tejado, nos corresponde a nosotros dejar que sean purificadas y perfeccionadas por la cruz y resurrección de Cristo nuestras actividades, «las cuales, a causa del soberbio y del egoísmo, corren diario peligro» (Gaudium et Spes 37). La ley fundamental, sí, de la conversión y la perfección humana y, «por tando, de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor» (Ibid. 38).

Se nos llama la atención, por consiguiente, hacia la Eucaristía, la celebración por excelencia del Misterio Pascual. Ella nos remite en nuestra flaqueza y miseria no al Dios que es deus ex machina, el que solo llena lagunas, sino al Dios sufriente, el único que puede ayudar, adquiriendo su poder y su lugar en el mundo por su impotencia (Bonhoeffer).

Señor Jesús, convertiste el madero de la cruz en árbol de vida; sé tú nuestra fuerza en la debilidad.