Third Sunday of Advent, Year B-2014

From Vincentian Encyclopedia
Do not quench the Spirit (1 Thes 5, 19)

With God at our side, we shall never be shaken. He is the eternal reality, the solid truth, which affords us full security.

The insecure who keep looking for human approval tend to lie and do everything possible to hide the truth. In contrast, St. John the Baptist is not afraid of the truth. He admits it without reservation.

That is because the only concern of Jesus’ forerunner is God and the mission he has received from him. Did he have something personal to hide, some worldly interest to protect or material assets to lose, he would probably not confess the truth so readily.

Nothing, no prestige or claim to superiority, ties poor John down. But rich in faith and trust in Providence, he proclaims the truth with all naturalness and freedom.

But his simple and humble reply does not satisfy those who deem themselves above the rest. These investigators have not come to find the truth but to impose it, so very certain they are of their possession and grasp of it.

The prosecutors, and judges at the same time, interrogate the Baptist, “Why then do you baptize if you are not the Christ or Elijah or the Prophet?”—as though one could know exactly and control the Spirit’s trajectory. Anyone who, in effect, declares himself all-knowing, and controlling even God, crowns himself as the great epiphany of the truth.

Such one is not waiting for anybody greater than him. Nor does he have a need for revelation, since his intelligence already grasps everything. Satisfied with his righteousness, he does not need anybody to bring him any good news. The self-complacent denies he is a captive, prisoner, out of favor, unjust or brokenhearted.

But could he really be joyful, if he is always worried about the possibility of losing the favor of powerful leaders who treat him solely on the basis of his performance and on whose patronage he depends for his promotions? Moreover, it surely occurs to him every now and then that experience proves that human reality is fleeting, unstable and unreliable.

On the other hand, those who trust in the Lord and find their strength and certainty in him, not in flesh, rejoice heartily. They devote themselves to more important things like the breaking of the bread; they eat their meals with exultation and grateful hearts. As St. Vincent de Paul did, they strive to reproduce in themselves the image of the one who has been sent to evangelize the poor.

Come, Holy Spirit! Guide us to all truth and set us free.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 3º de Adviento, B-2014

No apaguéis el Espíritu (1 Tes 5, 19)

Con Dios a nuestro lado, no vacilaremos. Él es la realidad eterna, la verdad sólida, que nos aporta plena seguridad.

Los inseguros que van buscando la aprobación humana se inclinan a mentir y hacer todo lo posible para esconder la verdad. San Juan Bautista, en cambio, no tiene miedo de ella. La admite sin reservas.

Es que al precursor de Jesús solo le preocupan Dios y la misión que ha recibido de él. Si tuviera algo personal que encumbrir o algún interés mundano que proteger o bienes materiales que perder, probablemente no estaría tan dispuesto a confesar la verdad.

Nada, ningún prestigio o pretensión de superioridad, le ata a Juan pobre. Pero rico en fe y confianza en la Providencia, proclama la verdad con toda naturalidad y libertad.

Pero su sencilla y humilde respuesta no les satisface a los que se creen superiores a los demás. Estos investigadores han venido no a indagar la verdad sino a imponerla, demasiado ciertos que están de su posesión y su comprensión de ella.

Los fiscales, y jueces a la vez, interrogan al Bautista: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»—como si se pudiera saber exactamente y controlar la trayectoria del Espíritu. Quien efectivamente se declara omniscio y controlador aun de Dios se corona a sí mismo como la gran epifanía de la verdad.

No espera a alguien más grande que él. Tampoco tiene necesidad de una revelación, ya que su inteligencia lo capta todo. Satisfecho con su justicia, no necesita a nadie que le dé la buena noticia. El autocomplaciente no acepta que es cautivo, prisionero, desfavorecido, injusto o de corazón desgarrado.

Pero, ¿estará alegre y será capaz de cantar himnos, si siempre le peocupa la posibilidad de perder el favor de los dirigentes poderosos que le tratan a base del trabajo realizado y de cuyo patrocinio depende para sus ascensos? Además, seguramente se le occurre de vez en cuando que su experiencia comprueba que la realidad humana es fugaz, inestable y de poca confianza.

Por otra parte, quienes confían en el Señor y hallan su fuerza y certeza en él, no en la carne, desbordan de gozo. Se dedican a cosas más importantes como la fracción del pan; comen juntos y alaban a Dios con corazón alegre y agradecido. Como lo hizo san Vicente de Paúl, procuran reproducir en si mismos la imagen del que ha sido enviado para evangelizar a los pobres.

¡Ven, Espíritu Santo! Guíanos hasta la plena verdad y haznos libres.