Third Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Evangelize the poor with certainty

Jesus has been sent to evangelize the poor.

God anointed him with the Spirit for this mission. But to evangelize is not something “spiritual” in the sense of “unreal” or “useless” even.

To evangelize is not just to announce the Gospel by word and in an abstract manner. Evangelization entails, above all, a proclamation by deed, in a concrete way. It is releasing those unjustly bound, untying the thongs of the unbearable yoke, it is giving respite to the tired and overburdened, the most abandoned and maltreated, among which is the earth herself (LS 2).

The evangelization, then, that makes for the realization that the teachings conveyed are certain can only come from the one who, after uttering words, assures the quite attentive assembly, “Today this Scripture passage is fulfilled in your hearing.” Indeed, Jesus is God’s creative Word.

Just as God, with his word, gave rise to all of creation, so also does Jesus, the Word that gives fulfillment to all the words communicated by God in times past through the prophets, bring into existence what he utters. Just as God’s words comforted and spurred on his chosen people, so also does the Word made flesh, the only one that reveals God and his thoughts and ways, encourage those who are crushed and challenge us to exert efforts on behalf of a world more fit for humans.

Are these the kind of words we say in Jesus’ name? Do we use the words recommended by St. Vincent de Paul (SV.FR X:333), fitting, heartfelt, tender, good enough to bring to God even the most difficult and troublesome? Are the teachings from Laudato Si’ not but idle talk for us, as we perhaps continue with the same old consumerist lifestyle?

Is the Scripture proclaimed plainly and simply in our churches, so that everyone can understand it and repentant hearts shed tears of joy? Does the statement that the different members of the body have the same concern for one another become a reality in our Christian communities? Do our words contribute to the creation of the communion that is pleasing to God, not of the sacrilegious one that dismembers Christ by letting needy members go hungry?

Do we have St. Vincent’s conviction? Recalling fondly and with astonishment the beginnings of the C.M, he kept repeating, “He has sent me to evangelize the poor”; living the repeated words, he taught by his life that nothing mattered more to him than to evangelize the poor in imitation of Christ (SV.FR XII:1-14).

Lord, grant us to evangelize the poor by words and by works, assisting them in every way and seeing to it that others assist them likewise (SV.FR XII:87-88).


January 24, 2016

3 Sunday O.T. (C)

Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lk 1, 1-4; 4, 14-21


VERSIÓN ESPAÑOLA

Evangelizar a los pobres con solidez

Jesús ha sido enviado para evangelizar a los pobres.

Para esta misión lo ha ungido Dios con el Espíritu. Pero evangelizar no es algo «espiritual» en el sentido de «irreal» e «inútil» siquiera.

Evangelizar no es solo anunciar por palabra y de manera abstracta la Buena Noticia. La evangelización entraña, sobre todo, una proclamación por obra, de manera concreta. Es romper la cadena injusta, desatar las correas del yugo insoportable, darles respiro a los pobres cansados y agobiados, abandonados y maltratados, entre los cuales «está nuestra oprimida y devastada tierra» (LS 2).

La evangelización, pues, que lleva a que se conozca la solidez de las enseñanzas impartidas es solo del que, habiendo proclamado palabras, les asegura a los congregados bien atentos: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Jesús, sí, es la Palabra creadora de Dios.

Así como Dios, con su palabra, dio origen a todo lo creado, así también Jesús, la Palabra que da plenitud a todas las palabras de Dios comunicadas antiguamente mediante los profetas, lleva a la existencia lo que él pronuncia. Así como las palabras de Dios consolaban e impulsaban a su pueblo elegido, así también la Palabra hecha carne, la única que da a conocer a Dios y sus planes y caminos, alienta a los abatidos y nos desafía a esforzarnos por un mundo más humano.

¿Son así las palabras que pronunciamos en nombre de Jesús? ¿Utilizamos las palabras recomendadas por san Vicente de Paúl (SV.ES IX:916), buenas, sinceras, entrañables, suficientes para atraer hacia Dios a gente más difícil y molesta? ¿No nos resultan palabrerías las enseñanzas de Laudato si’, siguiendo nosotros quizás con la misma vida consumista de siempre?

¿Se proclama clara y sencillamente la Escritura en nuestras iglesias de modo que todos la entiendan y broten de corazones arrepentidos lágrimas de alegría? ¿Se realiza en nuestras comunidades cristianas la afirmación de que «todos los miembros por igual se preocupan unos de otros»? ¿Contribuyen nuestras palabras a que se cree entre nosotros la comunión grata a Dios, y no la sacrílega que desmiembra a Cristo, dejando que pasen hambre los miembros necesitados?

¿Tenemos la convicción de san Vicente? Recordando con cariño y asombro los comienzos de la C.M., él iba repitiendo: «Me ha enviado para evangelizar a los pobres», y viviendo lo repetido, enseñó por su vida que nada le importaba más que evangelizar a los pobres a imitación de Cristo (SV.ES XI:321-331).

Señor, concédenos evangelizar a los pobres de palabra y de obra, asistiéndoles de todas las maneras y procurando que los demás les asistan asimismo (SV.ES XI:393).


24 de enero de 2016

3º Domingo de T.O. (C)

Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21