Third Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
The time is running out (1 Cor 7, 29)

The proclamation of the kingdom of God is also an invitation to repentance.

“The kingdom of God is not a matter of food and drink, but of righteousness, peace and joy in the Holy Spirit.” It is about living according to the Spirit (Gal 5, 22-23).

Spiritual life demands that one turn away from carnal life. The latter is obvious in those things that hinder those who do them from inheriting the kingdom of God (Gal 5, 9-21).

But hardly will someone change his life if he is satisfied with the life he leads. The chief priests and the elders of the people do not see themselves in need of anything spiritual or material. Not needing to change their mind about anything, they do not believe, for instance, in John the Baptist who shows them the way of righteousness.

Tax collectors, in contrast, and prostitutes believe, and thus enter the kingdom of God ahead of those of strict religious observance. The unsuspected believers, just like the people of Nineveh, understand better than those with a special calling God’s delightful and surprising mercy.

Yes, the kingdom of God belongs to the poor. By confessing their sins, they show they hunger and thirst for righteousness, forgiveness, justification. They admit their emptiness and seek Someone bigger than themselves to fill them. Because they know what it means to live without anyone taking pity on them and they have also tasted God’s mercy, they do not fail to show mercy. Excluded and insulted frequently, they long to hear welcoming and uplifting words.

And with hearts cleansed of every impurity that causes blindness, the poor perceive the truth. They make up the people of God that “have an unerring sense for recognizing good shepherds and in distinguishing them from hirelings.” Theirs is the instinctive perception of Peter and Andrew, of James and John, who, hearing only Jesus’ urgent invitation, immediately abandon their nets and boats, and follow him.

Indeed, God reveals himself to the simple folks and hides from the learned. That is why, it is the poor who keep the true religion, as St. Vincent de Paul affirms (Coste XI:200-201; XII:171). They have a better grasp of the Eucharist as the source and summit of Christian service.

There is no emphasizing enough that to exchange the old life for the new that is gospel-like and unifying demands this type of boarding pass: that we become poor and, like Saul, accept our blindness and let ourselves be preached to in a mission by those relegated to the outskirts, rural or otherwise.

O God, create for me a pure and contrite heart that will feel the presence of your kingdom.


VERSIÓN ESPAÑOLA

3º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

El tiempo es apremiante (1 Cor 7, 29)

La proclamación del reino de Dios es también una invitación al arrepentimiento.

«El reino de Dios no es cuestión de comida ni bebida, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». Se trata de la vida según el Espíritu (Gal 5, 22-23).

La vida espiritual exige que uno dé la espalda a la vida carnal. Ésta se manifiesta en tales cosas que les impedirán a quienes las hagan a heredar el reino de Dios (Gal 5, 9-21).

Pero dificilmente cambia de vida quien está satisfecho con la que lleva. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo no se ven necesitados ni espiritual ni materialmente. Sin ningún motivo para recapacitar, no creen, por ejemplo, en Juan Bautista que les enseña el camino de la justicia.

Los publicanos, en cambio, y las prostitutas creen, y así les llevan la delantera a los observantes cerrados. Los insospechados creyentes, al igual que los ninivitas arrepentidos, comprenden mejor que los con vocación especial la deleitosa y sorprendente compasión de Dios.

De los pobres, sí, es el reino de Dios. Confesando sus pecados, demuestran su hambre y sed de justicia, perdón y justificación. Se admiten vacíos y, por lo tanto, buscan a alguien mayor que ellos que les sacie. Porque saben lo que es vivir sin que nadie les tenga piedad y conocen también la misericordia de Dios, no dejan de ser misericordiosos. Excluidos e insultados con frecuencia, anhelan oír palabras acogedoras y alentadoras.

Y purificados sus corazones de toda impureza que causa ceguera, los pobres perciben la verdad. Ellos constituyen el Pueblo de Dios que «tiene un instinto infalible para distinguir los buenos pastores de los mercenarios» . De ellos es la percepción instintiva de Pedro y Andrés, de Santiago y Juan; éstos, nada más oír la invitación urgente de Jesús, inmediatamente dejan sus redes y barcas y lo siguen.

De verdad, Dios se revela a la gente sencilla y se esconde de los entendidos. Por eso, son los pobres quienes conservan la verdadera religión, como afirma san Vicente de Paúl (XI:120. 462). Tienen mejor comprensión de la Eucaristía como la fuente y la cumbre del servicio cristiano.

Nunca se destacará lo suficiente que cambiar la vida vieja por la nueva que sea evangélica y unificadora exige, este tipo de tarjeta de embarque: que nos convirtamos en pobres y aceptemos, como Saulo, nuestra ceguera y nos dejemos misionar por los relegados a las periferias, rurales o no rurales.

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro y contrito que sienta la presencia de tu reino.