Third Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Praising God and enjoying favor with all the people (Acts 2, 47)

Rather than impose, brightness attracts. Whoever imposes admits he is not attractive.

St. Francis Xavier attracted many people. Children were not afraid of him. The large number of people who showed up hungering for the Christian religion left the missionary convinced of the truth, communicated later to St. Ignatius: “Many people hereabouts are not becoming Christians simply because there is nobody to make them so.” Xavier wanted to make the rounds of European universities, shouting, like a mad man, at those who are more learned than charitable: “How sad that many souls are being shut out of heaven because of your negligence.”

A lament of sorts is found in a letter of St. Vincent de Paul to François du Coudray. The latter wanted to remain in Rome in order to translate the Syriac bible into Latin. The saint advised him to imagine himself before millions of souls pleading with him, with their hands outstretched: “Ah, Father du Coudray, you who have been chosen from all eternity by God’s providence to be our second savior, have pity on us who are mired in ignorance of the things necessary for our salvation and in the sins we have never dared to confess, and who, without your help, will surely be damned” (Coste I, 252). Was the saint remembering perhaps what happened in Folleville on January 25, 1617? Because so many went to confession that day, partnership with Jesuits became necessary.

The Church must be attractive to wake up the world (Pope Francis). But do we have Xavier’s zeal for the greater glory of God, his concern for souls and his foolishness for Christ? Like St. Vincent, do we put our trust in Providence or do we rely too much on ourselves? He always gave thanks and credit to God, admitting himself to be only capable of spoiling everything because of his inadequacies and sins. His simplicity made clear he was approachable. Both saints were radiant because of their contemplation of Jesus.

Do we, moreover, look for partners, not considering ourselves the only ones equipped for God’s projects, not flattering ourselves with “I and no one else”? Do we invite at various times of the day those who stand idle because no one hires them? Do we let those who are already with us get disappointed because we keep urging them to repent, but without emphasizing either the kingdom of God or the calling to go around neighborhoods in order to teach, preach and heal, the alternative to what they have renounced?

And finally are these Pauline words ours: “I will most gladly spend and be spent for your sakes”? For we are all the more attractive, and contribute more to the elimination of divisions, the more we show ourselves ready to give up our body and shed our blood, in imitation of the one who affirmed, “When I am lifted up from the earth, I will draw everyone to myself.”


VERSIÓN ESPAÑOLA

3º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba (Hch 2, 47)

Más que imponerse, la claridad atrae. Imponerse es admitirse no atractivo.

San Francisco Javier atraía a mucha gente. Los niños no le tenían miedo. El número grande de personas que se presentaban hambrientas de la religión cristiana dejó al misionero convencido de la verdad, comunicada luego a san Ignacio: «Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales». Javier tenía ganas de recorrer las universidades europeas, gritándoles, como un loco, a los más estudiosos que caritativos: «Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo».

Un tipo de lamento se halla en una carta de san Vicente de Paúl a Francisco du Coudray. Éste quería quedarse en Roma para traducir la biblia siriaca al latin. Le aconsejó el santo que se imaginase ante millones de almas, suplicándole con las manos extendidas hacia él: «¡Ah!, Padre du Coudray, que ha sido escogido desde toda la eternidad, por la providencia de Dios, para ser nuestro segundo redentor, tenga piedad de nosotras, que estamos sumidas en la ignorancia de las cosas necesarias a nuestra salvación y en los pecados que jamás nos hemos atrevido a confesar y que, sin su ayuda, seremos infaliblemente condenadas» (I, 286). ¿Se acordaba el santo de lo ocurrido en Folleville el 25 de enero de 1617? Tantos se confesaron aquel día que se hizo necesaria la colaboración jesuita.

La Iglesia debe ser atractiva para despertar el mundo (Papa Francisco). Pero, ¿tenemos la diligencia por la mayor gloria de Dios, la preocupación por las almas y la locura por Cristo javerianas? ¿Confiamos, como san Vicente, en la Providencia, o nos fiamos demasiado de nosotros mismos? Él siempre daba las gracias y el reconocimiento a Dios, admitiéndose capaz solo de estropearlo todo a causa de sus ineptitudes y pecados. Su sencillez manifestaba claramente su accesibilidad. Ambos santos eran radiantes por su contemplación de Jesús.

¿Estamos además en busca de colaboradores, sin creernos los únicos capacitados para los proyectos de Dios, sin halagarnos a nosotros mismos con «yo y nadie más»? ¿Salimos invitando varias veces durante el día a quienes, sin tener a nadie que les contrate, se encuentran ociosos? ¿Permitimos que queden defraudados los que ya están con nosotros, pues vamos instándoles: «Convertíos», pero sin destacar ni el reino de Dios ni la vocación a recorrer vecindades para enseñar, predicar y sanar, la alternativa a lo que han renunciado?

Y finalmente, ¿son nuestras estas palabras paulinas: «Con sumo gusto gastaré y me gastaré por vosotros»? Pues, somos tanto más atractivos, y más contribuimos a la eliminación de las divisiones, cuanto más dispuestos estamos a entregar el cuerpo y derramar la sangre, a imitación del que afirmó: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí».