The Most Holy Body and Blood of Christ, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
He is mediator of a new covenant (Heb 9, 15)

To belong to the new covenant is to draw our life from Jesus’ love and to live loving as he did.

Since Jesus shed his own blood for us, not the blood of sacrificial animals, he could not love us any better. Nor could there be a better high priest of the things that have come to be. Nor could God show us his love any better, for “he proves his love for us in that while we were still sinners Christ died for us.”

And the love of the one who sent us his only Son to save us, not to condemn us, enables us to love. “We love because he first loved us.” This same love has gathered us together besides, so that, loving like Jesus, we become part of the new people of God.

Those who are perfected in love, belonging indeed to the New Testament, are to the world what Jesus was, namely, the presence of God’s love. Theirs is the calling to leaven all humanity as the yeast does to the whole batch.

So then, we Christians come from divine love and we return to the same love. And since this love is effectively signified in the Eucharist, through the outpouring of the called-upon Holy Spirit, rightly is the Eucharist considered “the fount and apex of the whole Christian life” (LG 11). The Eucharist challenges us who draw our life from it to live in the manner of the one who, possessed of a “love that is inventive even to infinity,” instituted this august Sacrament (SV.FR XI:142-148). This, in effect, means that the “Eucharist commits us to the poor” (CCC 1397).

Of course, St. Vincent de Paul successfully met the challenge. He was as creative as when he conceived of and accomplished great projects as when he proposed, seeing himself not excused, despite his age, from the responsibility to evangelize the poor: “If I cannot preach every day, then I will preach twice a week; if I cannot go to important pulpits, I will try to have the unimportant ones; and if I am not heard there, what could stop me from talking plainly and familiarly to these good folks, just as I am speaking to you now, making them to gather around me just as you are now?” (SV.FR XI:136)

That is because the saint learned to start, right where he was, to draw life from creative love and to live loving in a concrete way as Jesus did.

Lord, may our participation in the mystery of your body and blood make us partakers of your inventive love.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Corpus Christi B-2015

Cristo, mediador de una alianza nueva (Heb 9, 15)

Pertenecer a la alianza nueva es vivir del amor de Jesús y vivir amando como él.

Ya que Jesús derramó por nosotros su propia sangre, no la sangre de animales de sacrificio, no podría amarnos él de mejor manera. Ni podría haber mejor sumo sacerdote de los bienes definitivos. Tampoco podría Dios demostrar mejor su amor, pues «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Y el amor del que nos envió a su Hijo único para salvarnos, no para condenarnos, nos capacita para amar. «Nosotros amamos porque él nos amó primero». Este mismo amor nos congrega y nos une además para que, amando como Jesús, formemos el nuevo pueblo de Dios.

Los que se perfeccionan en el amor, perteneciendo de verdad al Nuevo Testamento, son para el mundo lo que fue Jesús, a saber, la presencia del amor de Dios. Tienen la vocación de fermentar a toda la humanidad, como la levadura fermenta toda la masa.

Así que del amor divino venimos los cristianos y al mismo amor volvemos. Y como este amor se significa real y eficazmente en la Eucaristía, por la efusión del invocado Espíritu Santo, con razón se toma la Eucaristía por «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11). La Eucaristía nos desafía a los que vivimos de ella a amar a la manera del que, poseído de un «amor infinitamente inventivo», instituyó este augusto Sacramento (SV.ES XI:63-67). Esto quiere decir efectivamente que «la Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres» (CIC 1397).

Claro, este reto lo acometió con éxito san Vicente de Paúl. Era inventivo tanto cuando concibió y realizó grandes proyectos como cuando propuso, viéndose no excusado, a pesar de su edad, de la responsabilidad de evangelizar a los pobres: «Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esas buenas gentes, lo mismo que lo hago ahora haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros» (SV.ES XI:57).

Es que el santo aprendió empezar, allí donde estaba, a vivir del amor inventivo y vivir amando concretamente como Jesús.

Señor, que la participación en el misterio de tu cuerpo y de tu sangre nos haga partícipes de tu amor inventivo.