The Most Holy Body and Blood of Christ, Year A-2020

From Vincentian Encyclopedia
Eat and Drink for Everlasting Life

Jesus gives us his flesh to eat and his blood to drink. He fills and strengthens us pilgrims who are on the way to eternal life.

Jesus gives his disciples his body to eat, and asks them, “Do this in remembrance of me.” Then, he gives them his blood to drink, and tells them again, “Do this … in remembrance of me.” We have to remember, yes, as do the people of Israel: “Remember …;” “Do not forget ….”

That is why the Sacred Banquet, in which we eat Christ, recalls the suffering of Christ. And the recalling fills us with grace and gives us, besides, a pledge of future glory. That is to say, the Holy Spirit calls Jesus back, so that we may feel and taste his closeness. As though we were in heaven.

Yes, we should recount the Good News, remember Jesus, his works and his words (see also Unchain the Word through Memory and Remembrance of Jesus). But it is very sad to recall the suffering of Jesus. For when we do so, we come face to face with man’s inhumanity to man.

Yet the more appalling man’s heinous cruelty to man, the more the greatly amazing love of the victim of cruelty stands out. It is love to the end. And that is why no other love can be greater or a better proof that God is love.

To eat others or to let them eat us?

Facing us are the love that makes us human and the hate that makes us inhuman. We only need to choose one or the other. For there is no middle ground; it is not enough not to hate only or not to love simply.

So, which do we choose? To be strong? And be among the evil-doers who eat up people as though they eat bread. Or to be weak, and hence, strong, to empty ourselves to reach self-fulfillment? That is, to be on the side of Jesus who gives his flesh to eat and his blood to drink.

That is how creative his love is, which urges even those who do not understand, so that they may not reap eternal woe (SV.EN XI:131-132). But that they may live and be among those who make up but one body, since they share in the one loaf.

This is, no doubt, a matter of blessing and curse, life and death.

Lord Jesus, the Father gave his pilgrim people food and drink. In turn, make us eat your flesh and drink your blood, so that we may live forever. And give us your Holy Spirit that will become in us a spring that wells up to eternal life (Jn 4, 14; 7, 38-39). We pilgrims, then, will have the strength to get to the holy mountain. There the Lord of hosts sets for all peoples a feast of rich food and choice wines (Is 25, 6).


14 June 2020

Most Holy Body and Blood of Christ (A)

Dt 8, 2-3. 14b-16a; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58


VERSIÓN ESPAÑOLA

Comer y beber para la vida eterna

Jesús nos da de comer y de beber. Nos sacia de su carne y de su sangre para dar fuerzas a los que peregrinamos camino a la vida eterna.

Jesús les dio a comer su cuerpo a sus discípulos, y les manda hacerlo en su memoria. Luego, les dio a beber su sangre, y de nuevo los ordenó hacerlo en su memoria. Debemos recordar, sí. Y debe hacerlo también el pueblo de Israel: «Recuerda …»; «No olvides …».

Es por eso que el Sagrado Banquete, en el que comer a Cristo, recuerda su pasión. Y el recuerdo nos llena de gracia y nos da también una prenda de la futura gloria. Es decir, por el Espíritu Santo, Jesús vuelve a pasar por nuestro corazón. Y así logramos sentir y saborear su presencia, como si ya estuviéramos en el cielo.

Nos importa, sí, el recuerdo de las buenas noticias, de Jesús, sus palabras y obras (véase también Unchain the Word though Memory y El recuerdo de Jesús). Pero también nos da mucha pena el recuerdo de la pasión de Jesús. Pues nos descubre la inhumanidad del hombre para con su semejante.

Pero cuanto más chocante la crueldad monstruosa del hombre tanto más sobresaliente el amor sobremanera admirable de la víctima de la crueldad. Es amor hasta el extremo. Y es por eso que no puede haber mayor amor, ni mejor prueba de que Dios es amor.

¿Comer a los demás o dejar que nos vayan a comer ellos?

Están delante de nosotros el amor que humaniza y la crueldad que deshumaniza. Nos toca solo eligir o la una o la otra. Pues no hay término medio; no nos basta ni con no ser cruel solamente, ni con no amar simplememente.

¿Por cuál optamos? ¿Ser fuertes? Y aliarnos con los malhechores para comer apresurada y vorazmente a la gente como pan. O, ¿ser débiles y, por eso, fuertes, y despojarnos de nosotros para realizarnos? Es decir, estar del lado de Jesús que nos da a comer su carne y a beber su sangre.

Así de inventivo es su amor que urge aun a los que no entienden, para que no se ganen la desgracia eternamente (SV.ES XI:65-66). Sino que vivan y formen parte de un solo cuerpo, por comer del mismo pan.

Es cuestión, indudablemente, de bendición o maldición, de vida o muerte.

Señor Jesús, tu Padre dio de comer y beber al pueblo peregrino. A tu vez, sé tú nuestra comida y bebida de vida. Y danos tu Espíritu que se convierta, dentro de nosotros, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 11; 7, 38-39). Así los peregrinos tendremos fuerza para llegar en el monte santo. Allí el Señor del universo tiene preparado para todos los pueblos un festín de manjares exquisitos y de vinos refinados (Is 25, 6).


14 Junio 2020

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)

Dt 8, 2-3. 14b-16a; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58