Sixth Sunday of Easter, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Intimate disciples of Jesus

Jesus wants us to be his intimate lovers, proven so through our keeping of his word. He seeks to share with us, through the Holy Spirit, his Father’s love and genuine peace.

In the first place, Jesus affirms that to love him truly means to carry out his word. He then adds that his Father will love those with observant love and that he and the Father will come to them and will make their dwelling with them. There is no better way for them to become intimate disciples. Jesus teaches us once again that those who hear God’s word and act on it are his immediate and intimate relatives.

Intimacy with Jesus will reach its fullness only in heaven. Nevertheless, it starts here on earth. We are given here and now a foretaste of “what is above, where Christ is seated at the right hand of God.”

Without doubt, Jesus is not physically at our side, but he promises to be with us really. He assures us:

The Advocate, the Holy Spirit, whom the Father will send in my name, will teach you everything and remind you of all that I told you.

We, then, are not orphans. Through the Holy Spirit, we hear the word of the Father who speaks through the Word made flesh that dwells among us still. We can be, while on earth, Jesus’ intimate followers. Just like Mary, the sister of Martha, we can do the only one thing needed, namely, to sit beside the Lord at his feet—something intimate friends do—to listen to his word, by which to live. Taught by the Spirit, we will no longer make use of cleverness or sophisticated intelligence “to evade and distort the clear meaning” of Jesus’ word (J.L. McKenzie).

And if we are steeped in Jesus’ word and committed to keeping it, ours will be the peace that Jesus gives. Not as the world gives does he give it to us.

Worldly peace comes through the destruction of enemies on the part of the more powerful. It refers mainly to physical well-being and affluent life.

In contrast, “the peace that Jesus gives is grounded in God and not in circumstances.” It is the calmness and confidence that arise in those who enjoy intimacy with God, even when they are in the midst of tribulations or when they are giving up their bodies and shedding their blood. It enables exiles to dream of the holy city.

It is the great peace St. Vincent de Paul knew (Robert P. Maloney, C.M., on trust in Providence). Because of it, false brothers did not frighten him.

Lord Jesus, feed us with the word of life and the bread from heaven, so that we may dwell in you and you in us.


May 1, 2016

6th Sunday of Easter (C)

Acts 15, 1-2. 22-29; Rev 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29


VERSIÓN ESPAÑOLA

Íntimos discípulos de Jesús

Jesús nos quiere íntimos amantes suyos, acreditados tales por nuestra guarda de su palabra. Busca comunicarnos, mediante el Espíritu Santo, el amor de su Padre y la auténtica paz.

En primer lugar, afirma Jesús que amarle a él de verdad quiere decir cumplir su palabra. Añade luego que su Padre amará a los con tal amor observante y que él y su Padre vendrán a ellos para hacer morada en ellos. Mejor manera de convertirse ellos en íntimos discípulos no hay. Se nos enseña una vez más que quienes escuchan y cumplen con amor la Palabra de Dios son familiares inmediatos e íntimos suyos.

La intimidad con Jesús llegará a su plenitud solo allá en el cielo. Sin embargo, acá el el suelo comienza. Aquí y ahora se nos concede una anticipación de «los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios».

Sin duda, Jesús no está físicamente a nuestro lado, pero promete estar con nosotros realmente. Nos asegura:

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

Así que no somos huérfanos. Mediante el Espíritu Santo, oímos la palabra del Padre quien habla por el Verbo encarnado que todavía acampa entre nosotros. Estando nosotros en la tierra, nos es posible ser íntimos seguidores de Jesús. Al igual que María, la hermana de Marta, podemor hacer la sola cosa necesaria: sentarnos a los pies del Señor, de la forma propia de amigos o amigas íntimos, para escuchar su palabra, de la que vivimos. Instruidos por el Espíritu, ya no serviremos de la astucia ni de la sofisticada inteligencia «para eludir y distorsionar el sentido claro» de la palabra de Jesús (J.L. McKenzie).

Y si estamos imbuidos de la palabra de Jesús y comprometidos a guardarla, será nuestra la paz que da Jesús. Nos la da él no como la da el mundo.

La paz mundana resulta de la destrucción de los enemigos de parte de los más poderosos. Se refiere principalmente al bienestar físico y la vida acomodada.

En cambio, «la paz que da Jesús se basa en Dios y no en las circunstancias». Es la tranquilidad y la confianza que se producen en los que gozan de la intimidad con Dios, incluso estando ellos en medio de tribulaciones o entregando su cuerpo y derramando su sangre. La paz los hace a los desterrados capaces de soñar con la ciudad santa.

Es la paz profunda que conoció san Vicente de Paúl (Robert P. Maloney, C.M.). Debido a ella, no se acobardó ante falsos hermanos.

Señor Jesús, aliméntanos con tu Palabra y tu Eucaristía, para que nosotros habitemos en ti y tú habites en nosotros.


1 de mayo de 2016

6º Domingo de Pascua (C)

Hech 15, 1-2. 22-29; Apoc 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29