Sixth Sunday of Easter, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
Live by the Spirit (Gal 5, 16)

The devil induced an apostle to betray Jesus. The father of lies filled the hearts of Ananias and Sapphira that they blatantly lied, although the couple belonged to the community of believers who were of one mind and heart and had everything in common.

These examples show that we cannot do without the other Advocate besides Jesus. We need the Spirit of truth to defend us against the ruler of this world. Satan should have no power over us just as he did not have it over Jesus (Jn 14, 30). There cannot be accord between Christ and Belial (2 Cor 6, 15). The Father and the Son will not make their dwelling with anyone who already belongs to the devil.

So that we may be God’s dwelling, those of us who seek to love Jesus should, of course, hear and keep his words. It is the Holy Spirit who equips us for this, who makes us perceive the real presence of the Risen One. He teaches us everything and reminds us of everything that Jesus has said.

Without this teaching and this reminder, we run the risk besides of thinking as worldly human beings do. Thus we will end up collaborating with the tempter who tried mightily to make Jesus stray from his mission and continues to put obstacles before us. There is the danger too that we set the Holy Spirit and collegiality aside and make our personal opinions and likes or dislikes pass for infallible doctrines. We will thus be imitating those false brothers who wanted to impose circumcision.

We are in need of the Holy Spirit lest we mistake the peace Jesus gives for that of the world. The worldly “Roman peace,” for instance, is founded on conquest, destruction, exploitation, oppression, terror. Christian peace, on the other hand, means humiliation, obedience even to death on the cross, not quenching a smoldering wick.

The Holy Spirit comforts us poor people who are like bruised reeds. He takes us to where we can have a vision of the Holy City, radiant and gleaming with God’s splendor, so that we may be encouraged and have the conviction that the Lamb that was slain will in the end conquer the great Harlot, the Beast and the merchants who promote consumerism and have the stamped image of the beast in order to buy or sell. Though they still persecute us, the day will come when they will be sentenced to the abyss forever.

We need the Holy Spirit above all so that we may accept that the glorification of Jesus and his followers consists precisely in suffering at the hands of the ruler of this world and his minions. Jesus is made manifest not in the spectacular theophanies in accordance with worldly expectations that perhaps were behind the question of the one who wanted to know why Jesus was ready to reveal himself to the disciples but not to the world (Jn 14, 22). Jesus reveals himself glorified and drawing everyone to himself in his being lifted up from the earth. This lifting up spells as well judgment on the world and the driving out of its ruler (Jn 12, 31-32).

Unless the Paraclete guides us to all truth, including the truth of the crucifixion that the world cannot bear, the meaning of the Lord’s Supper would be lost on us. Nor would we appreciate something St. Vincent de Paul said: “I no more trust in human means for divine things than I do in the devil” (Coste II, 391).


VERSIÓN ESPAÑOLA

6° Domingo de Pascua, C-2013

Andad según el Espíritu (Gal 5, 16)

El diablo incitó a un apóstol a la traición. El padre de la mentira llenó los corazones de Ananías y Safira para que mintiesen descaradamete, aunque pertenecía el matrimonio a la comunidad de creyentes que pensaban y sentían lo mismo y poseían todo en común.

Estos ejemplos indican que nada podemos sin el otro Abogado además de Jesús. Tenemos necesidad del Espíritu de la verdad que nos defienda del Príncipe de este mundo. Satanás no debe tener ningún dominio sobre nosotros, al igual que no lo tuvo sobre Jesús (Jn 14, 30). Armonía no puede haber entre Cristo y Belial (2 Cor 6, 15). No harán morada el Padre y el Hijo en nadie que ya es del diablo.

Para que seamos morada divina, los que pretendemos amar a Jesús debemos escuchar, claro, y guardar sus palabras. Es el Espíritu Santo quien nos capacita para esto, para percibir la presencia real del Resucitado. Nos enseña todo y nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho.

Sin esta enseñanza y este recuerdo, corremos asimismo el riesgo de seguir pensando como hombres de este mundo. Así acabaremos colaborando con el tentador que buscó desviarle a Jesús de su misión y sigue esforzándose en hacernos tropezar. Hay peligro también de que dejemos de lado al Espíritu Santo y la colegialidad y hagamos pasar opiniones y gustos o disgustos personales por doctrinas infalibles. Imitaremos así a aquellos falsos hermanos que querían imponer la circuncisión.

Nos es necesario el Espíritu Santo para no confundir la paz que da Jesús con la paz propia del mundo. La «paz romana» mundana, por ejemplo, se basaba en conquista, destrucción, explotación, opresión, terror. La paz cristiana, en cambio, significa humillación, obediencia hasta la muerte de cruz, no apagar el pábilo vacilante.

El Espíritu Santo nos consuela a los pobres semejantes a cañas cascadas. Nos transporta adonde podemos tener una visión de la Ciudad Santa, brillante y trayendo la gloria de Dios, para que nos alentemos y nos convenzamos de que el Cordero degollado vencerá al final a la gran Ramera y a la Bestia y a todos sus secuaces, también a los mercaderes promotores del consumismo, con la marca de la Bestia para comprar y vender. Si bien ellos aún nos persiguen, ya llegará el día de su sentencia perpetua al abismo.

Necesitamos al Espíritu Santo sobre todo para que aceptemos que la glorificación de Jesús y sus seguidores consiste precisamente en sufrir a manos del Príncipe de este mundo y de sus subalternos. Jesús no se manifiesta mediante teofanías espectaculares según las expectativas mundanas que quizás estaban detrás de la pregunta del que quería saber por qué estaba dispuesto Jesús a manifestarse a los discípulos pero no al mundo (Jn 14, 22). Jesús se revela glorificado y atractivo en su elevación sobre la tierra. Esta elevación significa también el juicio del mundo y la expulsión de su Príncipe (Jn 12, 31-32).

A no ser que nos guíe el Paráclito a toda verdad, incluso a la verdad de la crucifixión que el mundo no soporta, se nos escaparía el significado de la Cena del Señor. Tampoco apreciaríamos algo que dijo san Vicente de Paúl: «Para las cosas de Dios confío en los medios humanos tanto como en el diablo» (II, 325).