Sixth Sunday of Easter, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
No one has ever seen God; the only Son, God, who is at the Father’s side has revealed him (Jn. 1:18—NABRE)

Maybe we hear our heart say, “Seek God’s face” (Ps. 27:8). Perhaps we wonder: “What is the face of God like?” “What is he like?”

Jacob’s God is a wrestler who allows himself to lose in order to bless (Gen. 32:24-31). Does not wrestling suggest perhaps that one who expects God’s help must help himself? For grace, though a free gift by definition, is costly, as Dietrich Bonhoeffer pointed out [1]. As a remembrance probably of the event, the patriarch names the place of struggle Penuel, reasoning, “I have seen God face to face, yet my life has been spared.” But he will surely never forget the experience since it has left him limping for the rest of his life. As Madeleine L’Engle already pointed, anyone who has seen the living God and survived is marked by such an experience and is recognized forever after by that mark [2].

Moses encounters the God of his father, the same one who is the God of Abraham, Isaac and Jacob (Ex. 3). But Moses gets to know besides God’s proper name. “I am who am” is a name that encompasses everything that can be said of the Highest and the Almighty. But precisely because of the comprehensive meaning of the name, it is impossible for us human beings, with limited understanding and inadequate vocabulary, to capture him. God ultimately is ungraspable; he cannot be pinned down. To grasp him, we have to keep on struggling.

We struggle, for instance, with a God who is merciful and just at the same time. We find it hard to reconcile God’s mercy, graciousness and forgiveness of wickedness, on the one hand, with his condemnation and punishment of the guilty, on the other hand, and with his generous freedom that shows no partiality but which determines who will be chosen (Ex. 33:19; 34:6-7). We often think that God’s presence in the midst of his people guarantees the complete absence of trials and tribulations (cf. Ex. 17:7).

But to quarrel may actually indicate intimacy, as is the case with Moses, and not necessarily lack of it. God speaks to Moses face to face as one speaks to a friend (Ex. 33:11). Due to this intimate friendship, Moses dare question and show his disappointments, frustrations and complaints (Num. 11:11-15). Also because of it, Moses’ face is marked with radiance (Ex. 34:29).

The Christians’ distinguishing mark is the love that Jesus commands we must have for one another (Jn. 13:34-35). This mutual love naturally flows from the intimacy we have with Jesus as his friends, to whom he makes known everything that he has heard from his Father and to whom he shows a God who is love. Without this love, we are nothing and will avail of nothing—not of the inexhaustible treasury of doctrines, rites, laws and norms, nor of the unshakeable, enormous and powerful system or establishment that we have become. Love—as St. Vincent de Paul taught—is above all this and everything must refer to it, so that taking soup or medicines to the poor will do us no good if we do not do it for love [3]. Without love, every grace we aim at attaining will not be costly but cheap.

Indeed, love costs: it reaches its highest degree when one gives his life for his friends and where there is the giving up of the body and the shedding of blood for the salvation of others; it demands we keep on struggling, so that we may fulfill concretely and specifically the commandment, all-encompassing and general, that we love one another as Jesus has loved us.

NOTES:

[1] Cf. http://www.crossroad.to/Persecution/Bonhoffer.html (accessed May 9, 2012).
[2] Madeleine L’Engle, The Irrational Season (New York, NY: The Seabury Press; A Crossroad Book, 1977) 80.
[3] P. Coste X, 595; IX, 20.


VERSIÓN ESPAÑOLA

6° Domingo de Pascua, Año B-2012

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Jn. 1, 18)

Tal vez oímos en nuestro corazón: «Buscad mi rostro» (Sal. 26, 8). También nos preguntamos quizás: «¿Cómo es el rostro de Dios? ¿Cómo es él?»

El Dios de Jacob es un luchador que se deja vencer para bendecir (Gen. 32, 24-31). ¿Acaso la lucha no da a entender que tendrá que dar el mazo el que a Dios ruegue? Pues la gracia, aunque gratuita por definición, cuesta, como dijo Dietrich Bonhoeffer. Y probablemente para que haya un recuerdo del ocurrido, el patriarca llama Penuel al lugar de la lucha, razonando que él ha visto a Dios cara a cara y aún sigue con vida. Pero ciertamente Jacob jamás se olvidará de la experiencia, pues lo ha dejado renqueando por el resto de su vida. Como ya lo dijo la escritora Madeleine L’Engle, todo aquel que ha visto al Dios viviente y ha sobrevivido queda por siempre marcado por esta experiencia y se reconoce por esta marca.

Moisés se encuentra con el Dios de su padre, el mismo Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Pero Moisés se entera además del nombre propio de Dios. El nombre de «yo soy el que soy» abarca todo lo que se puede decir del Altísimo y del Todopoderoso. Pero precisamente por el significado amplio del nombre, nos es imposible a los hombres de limitada comprensión, y con vocabulario inadecuado, captarlo por completo. Al final, Dios es inasible e imposible de precisar. Para conseguir comprenderle, tenemos que seguir luchando.

Contendemos, por ejemplo, con un Dios que es misericordioso y justo a la vez. Nos es difícil reconciliar la clemencia, la compasión y el perdón de la iniquidad, por un lado, con la condenación y el castigo de los culpables, por otro lado, y con la generosa libertad divina que no hace distinciones, pero sí determina a quiénes elegir (Ex. 33, 19; 34, 6-7). Creemos con frecuencia que la presencia de Dios en medio de su pueblo garantiza la ausencia completa de pruebas y tribulaciones (cf. Ex. 17, 7).

Pero la reyerta puede indicar intimidad, como en el caso de Moisés, y no necesariamente la falta de ella. Con Moisés habla Dios cara a cara, como quien habla con un amigo (Ex. 33, 11). Debido a esa amistad íntima, Moisés se atreve a cuestionar y manifestar sus desilusiones, frustraciones y quejas (Núm. 11, 11-15). También a causa de ella, queda marcado de resplandor el rostro de Moisés.

La marca distintiva de los cristianos es el amor que, según el mandamiento de Jesús, debemos tener unos para con otros. Este amor mutuo emana naturalmente de la intimidad que tenemos con Jesús. A nosotros amigos suyos nos da él a conocer todo lo que ha oído de su Padre y nos muestra a un Dios que es amor. Sin este amor, no somos nada, ni nos aprovechamos de nada—ni de la tesorería inagotable de nuestras doctrinas, ceremonias, leyes y normas, ni del inquebrantable, enorme y poderoso sistema o establecimiento en que nos hemos convertido. El amor—de acuerdo con la enseñanza de san Vicente de Paúl—está por encima de todo esto y todo ha de referirse al amor, de modo que no nos serviría llevar sopa o remedio a los pobres si el motivo de esta acción no fuera el amor (IX, 38, 1125). Sin el amor, no nos resultará costosa, sino barata, toda gracia que pretendamos adquirir.

De verdad, el amor cuesta: llega al sumo grado cuando uno da la vida por sus amigos y allí donde hay entrega del cuerpo y derrramamiento de la sangre por la salvación de otros; exige que sigamos luchando para realizar concreta y específicamente el mandamiento, amplio y general, de que nos amemos unos a otros como Jesús nos ha amado.