Sixth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
Be imitators of me, as I am of Christ (1 Cor 11, 1)

Jesus bears our infirmities and endures our sufferings. His true followers follow his example.

A leper presents himself before Jesus, despising the shame of possibly being simply ordered by others, “Get out of here!” He begs him humbly and trustingly, “If you wish, you can make me clean.”

Moved with pity, Jesus stretches out his hand and, without being concerned about his becoming unclean himself, he touches the untouchable. He then affirms his will and utters the healing words.

But Jesus does not only want the personal wholeness of the one who lives on the margins, but also his fitting socially again into a larger whole. He sends him away at once, warning him to fulfill what the law requires. It is urgent for the one healed to get from the competent authority the certification that he is clean, so that he may remain isolated no more.

There are not even a few moments to waste talking to the public. Jesus is not interested anyway in the healing being publicized. He knows quite well that his fellow citizens will easily mistake him for the messiah of their mistaken expectations: a conqueror with the mission to expel the Romans and lead the war against other religions and cultures.

Jesus is the meek and humble Messiah. He comes to save all nations. He transcends nationalities, cultures and classes; he is all things to all people. He considers reprehensible even the suggestion of vengeance in the form of a consuming heavenly fire. His mission consists in giving his life as a ransom for all. Welcoming and curing a pariah, the Healer now ends up remaining in deserted places, as though to predict that he will suffer death outside the city gate.

So then, we Christians have to stream to the outskirts to go to Jesus. If we sincerely seek to be his disciples, he will infect us with his tender mercy, so that we may get to be true followers, willing even, like St. Paul, to be accursed and separated from the Lord for others’ sake.

The Eucharist recalls Jesus’ self-emptying love to the end. Our celebration makes very little sense if we are not ready to leave it for the sake of the poor, “to leave God for God” (St. Vincent de Paul—FRIX:319). Our alms, prayers and fasts will remain suspect unless we are neighbors to the needy, letting them to inconvenience and slow us down.

Lord Jesus, you will our good. Instill in us the same love, so that we may be willing also to become curse for the good of our neighbors.


VERSIÓN ESPAÑOLA

6º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo (1 Cor 11, 1)

Jesús soporta nuestros sufrimientos y aguanta nuestros dolores. Sus verdaderos discípulos siguen su ejemplo.

Ante él se presenta un leproso, despreciando la ignominia de que posiblemente otros le manden simplemente: «¡Vete de aquí!». Le suplica con humildad y confianza: «Si quieres, puedes limpiarme».

Movido a compasión, extiende Jesús la mano y, sin preocupación de que se vuelva impuro él mismo, toca al intocable. Afirma luego su deseo y pronuncia las palabras sanadoras.

Pero Jesús no quiere solo la integración personal del que vive en las periferias, sino también su reintegración social. Lo despide en seguida, encargándole que cumpla con lo mandado por la ley. Es urgente que el sanado consiga de la autoridad competente la certificación de su purificación y no siga aislado.

No hay que perder ni unos momentos hablando al público. No le interesa a Jesús, de todos modos, que se divulgue la sanación. Bien sabe que sus conciudadanos fácilmente le confundirán con el mesías de sus expectativas equivocadas: un conquistador con misión de expulsar a los romanos y liderar la guerra contra religiones y culturas ajenas.

Jesús es el Mesías manso y humilde. Viene a salvar a todos los pueblos. Trasciende nacionalidades, culturas y clases; es todo para todos. Considera reprensible incluso la insinuación de venganza en forma de fuego celestial consumidor. Su misión consiste en dar su vida en rescate por todos. Acogiendo y curando a un paria, el Sanador acaba quedándose en descampado, como para predecir que sufrirá la muerte fuera de la ciudad.

Así que hacia las afueras debemos confluir los cristianos para acudir a Jesús . Si buscamos sinceramente ser sus discípulos, él contagiará misericordia entrañable a nosotros para que logremos ser verdaderos seguidores, dispuestos, como san Pablo, a incluso ser proscritos lejos del Señor por el bien de los demás.

La Eucaristía remembra el amor abnegado hasta el extremo de Jesús. Muy poco sentido tendrá nuestra celebración si no estamos listos para dejarla por un pobre, para «dejar a Dios por Dios» (san Vicente de Paúl—ES IX:297). Quedarán sospechosas nuestras limosnas, oraciones y ayunos, no sea que nos portemos como prójimos de los necesitados, dejándoles incomodarnos y detenernos.

Señor Jesús, nos deseas el bien. Infúndenos este mismo amor, para que estemos listos también para hacernos maldición en bien de nuestros prójimos.