Sixteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Mystic of Christ’s compelling charity

Jesus is the Lord of the harvest. To work with him means to be a mystic of charity.

To be a mystic of charity supposes, in the first place, that one is like Abraham or Martha. Both avail of the moments of grace.

Abraham opens his tent to travelers who are such complete strangers that he cannot make out if they are three men, God or two angels. Martha, on her part, welcomes Jesus.

No one, however, can outdo God in liberality.

Besides guaranteeing the old couple a child, God shows that he is an intimate friend. He does not hide from Abraham what he is about do with Sodom and Gomorrah. So then, God’s chosen ones must not hide anything from him. One cannot lie to him, as Sarah has done.

And as far as Martha is concerned, who now finds herself burdened by tasks that custom assigns to women, Jesus tells her:

Martha, Martha, you are anxious and worried about many things. There is need of only one thing. Mary has chosen the better part and it will not be taken from her.

Yes, God surpasses Abraham’s generosity. So does Jesus, with regard to Martha. Both believers get to know what is of utmost importance, so that their faith may be perfect.

Such faith demands that believers have intimacy with God or Jesus through their devoted listening and keeping of the Word.

In the second place, then, a mystic of charity is one who chooses the “better part,” who has Christ at the center (Pope Francis). He or she sits beside the Lord at his feet, listening to him speak.

Indeed, discipleship is for women also. Jesus states so because, breaking the mold, he does not want Mary relegated to supposedly women’s chores. He indicates, moreover, that human authorities and traditions will not take from her what she has chosen.

Hence, what is important is not being male or female, but going to the one who has the words of eternal life. What is decisive is the effective conviction that “one does not live by bread alone, but by every word that comes forth from the mouth of God.”

What is critical is to have Jesus Christ as our driving force. “He is the Rule of the Mission. He is the one speaking, and it is our job to be attentive to his word” (SV.EN XII:110). What is indispensable, so that we may be perfect in Christ, is to be always in communion with him, partaking of his bread and cup.

And the proof of contemplative communion is the impetus that makes one “leave God for God” (SV.EN IX:252). One becomes thus a mystic of charity. The great harvest requires hardworking workers (SV.EN XI:33). “Mystic of charity” cannot just be a buzz phrase.

Lord Jesus, make me a mystic of your charity.


July 17, 2016

16th Sunday in O.T. (C)

Gen 18, 1-10a; Col 1, 24-28; Lk 10, 38-42


VERSIÓN ESPAÑOLA

Místico de la caridad apremiante de Cristo

Jesús es el Dueño de la mies. Trabajar con él quiere decir ser místico de la caridad.

Se supone, en primer lugar, que un místico de la caridad es como Abrahán o Marta. Ambos aprovechan los momentos de gracia.

Abrahán les abre su tienda a caminantes tan desconocidos que no descifra él si son tres hombres, Dios o dos ángeles. Marta, por su parte, recibe a Jesús.

La Providencia, sin embargo, jamás se deja ganar en liberalidad.

Además de garantizarles un hijo a los cónyuges ancianos, Dios se revela como amigo íntimo. No le oculta a Abrahán lo que va a hacer con Sodoma y Gomorra. De ahí que los escogidos de Dios no han de ocultarle nada. A él no se le puede mentir, como lo ha hecho Sara.

Y en cuanto a Marta, abrumada ahora debido a tareas que, por costumbre, les corresponden a las mujeres, a ella le dice Jesús:

Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.

Sí, Dios supera la generosidad de Abrahán. Lo mismo Jesús, con respecto a Marta. Ambos creyentes logran saber lo sumamente importante para que su fe sea completa .

Dicha fe exige que los creyentes tengan intimidad con Dios o con Jesús mediante su constancia en la escucha y la guarda de la Palabra.

En segundo lugar, pues, un místico o una mística de la caridad es quien escoge «la parte mejor», quien tiene a Cristo en el centro (Papa Francisco). Él o ella se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra.

De verdad, el discipulado es también de las mujeres. Así lo afirma Jesús, pues, rompiendo esquemas, no permite que María se relegue a tareas supuestamente propias de las mujeres. Indica además que lo que ella ha escogido, esto no se lo quitarán ni autoridades ni tradiciones humanas.

Así que lo esencial no es ser o varón o hembra, sino acudir al que tiene palabras de vida eterna. Lo decisivo es la convicción efectiva de que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Lo principal es tenerlo a Jesucristo como nuestra fuerza motriz. «Él es la Regla de la Misión, él es el que habla y a nosotros nos toca estar atentos a sus palabras» (SV.ES XI:429). Lo imprescindible, para que lleguemos a la madurez cristiana, es estar siempre en comunión con él, participando de su pan y su copa.

Y la prueba, claro, de la comunión contemplativa es el impulso que hace a uno «dejar a Dios por Dios» (SV.ES IX:297). Así se convierte uno en místico de la caridad. La gran mies requiere obreros que trabajen (SV.ES XI:734). “Místico de la caridad” no puede ser solo una frase de moda en boca de todos.

Señor Jesús, haz de mí un místico de tu caridad.


17 de julio de 2016

16º Domingo de T.O. (C)

Gen 18, 1-10a; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42