Sixteenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
The Spirit comes to the aid of our weakness (Rom 8, 26)

The perfection of God is the source of his disinterested generosity, his lenient patience and his sharp vision.

God’s perfect liberality does not settle for the human norm of paying back evil for evil, good for good. Our heavenly Father is kind to the just and the unjust.

The perfectly Powerful is very secure besides in his mastery over all things. No one can thwart his plans. Hence, the temporary triumphs of evil do not make him anxious.

The perfect searcher of hearts also perceives better than we do. He does not disparage the lowliest, uncultured folks, not even the so-called public sinners and illegal immigrants. He values them and reveals to them the mysteries of the kingdom. And his Son makes out of these folks a little community that is destined to become God’s royal people, welcoming and growing ever larger. Anointed with the Spirit and sent by the Father to evangelize the poor, Jesus shares with his disciples his Spirit and his mission to infect, so to speak, everybody with the Gospel.

Yes, Jesus makes use even of those with wavering faith. He challenges and urges them to strive to have the superabundant goodness that is open to the good and the bad alike, and to live according to the beatitudes.

God looks with favor, yes, on those deemed nothing by the world and does great things through them. Thus it remains clear that everything depends on God and that he has the care of all, which means that his chosen ones should not worry. Secure when insecure, by God’s gift, and wise while foolish, they need not prove themselves powerful by resorting readily to means that do more harm than good. They know well that “often good works are spoiled by moving too quickly,” to quote St. Vincent de Paul (Coste IV:122).

No, Jesus’ elect do not make judgment before the appointed time. They are like the farmer who awaits the rain with patience and the harvest with hope.

Nor are they easily impressed by appearances, not even by an ostentatious display of power. They do not crave greatness, and they associate with the lowly instead, in imitation of the one who offers his flesh and blood as vital food. Preaching by good example mainly (Coste XI:277), they leaven patiently, more than they instruct, all humanity with the yeast of the Gospel. Their final destiny will be that of the firstborn from the dead, from those reduced to nothing, then turned into the firstfruits of the resurrection, the nullification of those are somebody in their own eyes, and the perfection of the imperfect.


VERSIÓN ESPAÑOLA

16º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad (Rom 8, 26)

La perfección de Dios es el principio de su generosidad desprendida, su paciencia indulgente y su vista perspicaz.

La liberalidad perfecta de Dios no se conforma con la norma humana de devolver mal por mal, bien por bien. Nuestro Padre celestial es bondadoso con los justos y los injustos».

Está muy seguro además el Poderoso perfecto de su soberanía universal. Nadie puede desbaratar sus planes. Por eso, no le inquietan los triunfos temporales del mal.

El que escudriña perfectamente los corazones también percibe mejor que nosotros. No desdeña a la gente más pequeña, inculta, ni aun a los denominados pecadores públicos e inmigrantes ilegales. Al contrario, los valora y les revela los secretos del reino. Y su Hijo hace de estas personas una comunidad pequeña destinada a convertirse en el pueblo regio—acogedor y cada vez más grande—de Dios. Ungido con el Espíritu y enviado por el Padre a evangelizar a los pobres, Jesús comparte con sus discípulos su Espíritu y su misión de contagiar a todos con el Evangelio.

Sí, Jesús se sirve incluso de los de fe vacilante. Los desafía, exhortándoles a procurar la bondad sobreabundante abierta por igual a los buenos y a los malos, y a vivir según las bienaventuranzas.

Dios mira, sí, a los considerados como nada por el mundo y hace obras grandes por medio de ellos. Así queda claro que todo depende de Dios y que él solo lo tiene todo bajo su cuidado, lo que significa que sus escogidos no deben agobiarse. Seguros cuando inseguros, por don de Dios, y sabios mientras necios, no sienten la necesidad de mostrarse poderosos por recurrir sin más a remedios drásticos que causan más perjuicios que beneficios. Bien saben que «muchas veces se estropean las buenas obras por ir demasiado aprisa», por citar a san San Vicente de Paúl (IV:499)

No, los elegidos de Jesús no juzgan antes de tiempo. Son como el labrador que aguarda la lluvia con paciencia y la cosecha con esperanza.

Ni se impresionan fácilmente con las apariencias, ni siquiera con un despliegue ostentoso de poder. No apetecen grandezas, atraídos más bien por los humildes, a imitación del que ofrece su carne y su sangre como alimento vital. Predicando sobre todo con el buen ejemplo (XI:179), fermentan pacientemente, más que adoctrinan, la humanidad entera con la levadura evangélica. Su destino final será el del primogénito de los muertos, de los anonadados, hecho luego las primicias de la resurrección, la anulación de los que son algo a sus propios ojos, y la perfección de los imperfectos.