Seventh Sunday in Ordinary Time, Year C-2022

From Vincentian Encyclopedia
Heavenly as Our Father Who Is in Heaven

Jesus, the second man is from heaven. He bids us to be in one with him, so that we who are earthly may become heavenly also.

We heard last Sunday that Jesus looked at his disciples and then announced the blessings and the woes. Did he mean to say that he wanted those he had chosen to be more heavenly than the rest of his hearers? And these were the apostles, a great crowd of disciples and many others who were hungry for heavenly words and cures.

But today, we hear Jesus say, “To you who hear I say.” So, there is no doubt that he wants all, not just those close to him, to be heavenly.

And he tells them to love their foes and do good to those who hate them. He also teaches them to bless those who curse them and pray for those who hurt them. Besides, he wants those who hear him to give more than what they are asked. Though they may end up in the buff. And to let the one who takes what is theirs to keep it.

Such sayings are heavenly for sure. For the normal for us who are of the earth is to love only those who love us. To do good only to those who do good to us. And to lend only to those who pay us back. “Equivalence is enough for us who are of the earth.”

That is why such sayings of the Teacher and Prophet from Nazareth sound strange, odd to us. They puzzle us. But it is good that they do so; maybe the challenge before us will be etched better on our minds and consciences.

Ours is the calling to be heavenly.

Jesus challenges, yes, to be human to the full by being true children of the Most High. He is kind to those who are wicked and not thankful; he is our merciful Father. Hence, we prove and make known that we are God’s children when we mirror his love, his goodness and his mercy. When we share in his “superabundance,” in his “outrageous generosity.”

Mercy is the distinctive trait of our Father in heaven (SV.EN XI:328). Hence, for us to be heavenly means to be kind and full of mercy as our Father is kind and full of mercy. That is to say, we should go beyond the common principle, “I give you so you may give me.” Our principle, our measure, must be God’s mercy. The mercy made flesh in the one who gives up his body and sheds his blood for sinners.

So, we are to shed all that in one way or another clashes with mercy. It is the goal of all that we want to be or not to be. Of all that we try to do or not do. In that way, we will be true hearers and doers of God’s Word. Thus, too, will we get to do what is good, not for our own profit or pleasure, but only for the good of our neighbor.

Lord Jesus, let us have mercy in our guts (Col 3, 12). In that way, we who are earthly will become heavenly and we will measure up to the mercy that you wish for us. Be the overflowing reward, or better, merit, for our being just and true.


20 February 2022

7th Sunday in O.T. (C)

1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; 1 Cor 15, 45-49; Lk 6, 27-38


VERSIÓN ESPAÑOLA

Celestiales al iqual que nuestro Padre celestial

Jesús, el segundo hombre, es del cielo. Nos llama a comulgar con él, para que los hombres terrenos seamos celestiales también.

Se nos contó el domingo pasado que Jesús, al anunciar las bienaventuranzas y los ayes, miraba a sus discípulos. ¿Nos dio a entender él que los quería más celestiales que los demás que le oían. Y le oían los apóstoles, un grupo grande de discícipulos y muchos otros con hambre de palabras y sanaciones celestiales.

Pero hoy, oímos a Jesús decir: «A los que me escucháis os digo». No hay duda, pues, de que los quiere celestiales no solo a los más cercanos a él, sino a todos.

Y les dice que amen a sus enemigos y hagan el bien a los que los odian. Les enseña también a bendecir a los que los maldicen y a orar por los que los injurian. Espera además de sus oyentes que den más de lo que se les pida, hasta quedarse en cueros. Y al que les quite lo que es de ellos, que no se lo reclamen.

Tales dichos no pueden ser sino celestiales. Pues lo normal entre los terrenos es amar solo a los que nos aman. Hacer bien solo a los que nos hacen bien. Y prestar solo cuando esperamos cobrar. Nos basta, sí, con la «equivalencia».

Es por eso que nos resultan curiosos los dichos del Maestro y Profeta de Nazaret. Al oirlos, nos quedamos perplejos. Y mejor que así reaccionemos; quizás se nos grabará mejor en la mente y la conciencia el reto que se nos plantea.

Se nos llama a ser celestiales.

Nos reta, sí, Jesús a ser humanos de modo pleno por hacernos de verdad hijos del Altísimo. Él es bueno con los malvados y desagradecidos; es nuestro Padre compasivo. Por lo tanto, solo se nos ve hijos de Dios al reflejar nosotros su amor, su bondad y su compasión. Al participar de su «sobreabundancia», de su «generosidad escandalosa».

Lo propio de nuestro Padre celestial es la misericordia (SV.ES XI:253). Ser celestiales nosotros, por lo tanto, quiere decir ser nosotros bondadosos y compasivos al igual que nuestro Padre es bondadoso y compasivo. Nos toca ir más allá del principio común de «Te doy para que me des». Nuestro principio, nuestra medida, ha de ser, más bien, la misericordia de Dios. La misericoridia que se ha hecho carne en el que entrega su cuerpo y derrama su sangre por los pecadores.

Es por eso que hemos de vaciarnos de todo lo que de un modo u otro choque con la misericordia. Ella es la meta de todo lo que queremos ser o no ser. De todo lo que buscamos hacer o no hacer. Solo así oiremos y haremos de verdad la Palabra de Dios. Y así lograremos también hacer lo bueno sin esperar provecho o placer propio, sino solo el bien del prójimo.

Señor Jesús, haz que nos revistamos de las entrañas de misericordia (Col 3, 12). Así los terrenos nos haremos celestiales y estaremos a la altura de la misericordia que deseas para nosotros. Sé tú la desbordante recompensa, o mejor dicho, el mérito, de nuestra justicia y lealtad.


20 Febrero 2022

7º Domingo de T. O. (C)

1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; 1 Cor 15, 45-49; Lc 6, 27-38