Seventeenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Prayer of faith that is shamelessly bold

Jesus is “a man of the greatest prayer” (SV.EN IX:326). Because of him only, we try hard to be men and women of prayer.

Christ is constantly before the Father in prayer.” His good example prompts one of the disciples to ask, “Lord, teach us to pray just as John taught his disciples.” Right away, he teaches them the prayer that characterizes Christians.

Our prayer, however, will characterize us as Christians only if we live up to what we say. We call God Father. Do we really have the faith conviction that more than any earthly father, our heavenly Father seeks the best for us? He wants us to help and forgive one another as good brothers and sisters.

We should go to him with unshakeable confidence, shamelessly bold in our persistence. Our prayer will be sheer verbiage unless we stop worrying about our needs. Our heavenly Father will give the Holy Spirit to those who ask him, and our daily bread and other things besides.

Before the Lord of heaven and earth, we will recognize our being like wholly dependent children. We will thank him for his revelations. We will present ourselves without any claim to wisdom. By God’s grace, we will resist the temptations coming from the learned who call for a more sophisticated faith. We will believe unflaggingly that our Father is none other than the Almighty who creates out of nothing and makes a virgin or a barren woman give birth.

We adults depend on our heavenly Father also. Not even our good works justify us. Justification is due to God alone. We will contradict what we say in prayer if we refuse to help a woman in need because we find her undeserving. We will effectively deny that we are children of our heavenly Father who causes rain to fall on the just and unjust. We will end up questioning the teaching that when we were dead in transgressions, God brought us to life with Christ.

No one of us, really, is righteous before the Most Holy God. Hence, instead of exalting ourselves in prayer, we should humble ourselves. And in the face of our injustice, indifference and violence, we cannot but pray and strive that God’s name be hallowed and his kingdom of justice, mercy and peace come.

In summary, to pray as Jesus has taught us is to be one with him. He lives as he prays. Though hanging on cross and feeling that God has forsaken him, he still commends his spirit into his hands. His example gives us courage to do what he did. He gave his body up and shed his blood for others, relying on the one who has the power to raise the dead to life. Without Jesus, we have no prayer.

Lord Jesus, teach us to pray and live up to our prayer.


July 24, 2016

17th Sunday in O.T. (C)

Gen 18, 18-22; Col 2, 12-14; Lk 11, 1-13


'VERSIÓN ESPAÑOLA

Oración audaz y desvergonzada de fe

Jesús es «hombre de grandísima oración» (SV.ES IX:380). Él es la única razón de nuestros esfuerzos por hacernos hombres y mujeres de oración.

«Cristo está siempre en oración en la presencia del Padre». Su buen ejemplo provoca a uno de los discípulos a pedir: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». En seguida, les enseña la oración distintiva de los cristianos.

Nuestra oración, sin embargo, será realmente distintiva solo si vivimos lo que decimos. Llamamos Padre a Dios. ¿Tenemos de verdad la convicción de fe de que más que ningún otro padre terrenal, nuestro Padre celestial busca lo mejor para nosotros? Nos quiere ayudándonos y perdonándos todos unos a otros como buenos hermanos.

A él hemos de acudir con confianza inquebrantable, hasta importunándole con audacia desvergonzada. Resultará pura palabrería nuestra oración no sea que cesemos de afanarnos por nuestras necesidades. Nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden y, por añadidura, el pan cotidiano y lo demás.

Ante el Señor de cielo y tierra, nos reconoceremos como niños totalmente dependientes de él. Le agradeceremos sus revelaciones. Nos presentaremos sin pretensiones de sabiduría. Por la gracia de Dios, nos resistiremos a las tentaciones que vienen de los entendidos que requieren una fe más sofisticada. Creeremos sin cejar que nuestro Padre no es otro sino el Todopoderoso que crea de la nada y hace a una virgen o mujer estéril dar a luz.

Los adultos dependemos también del Padre celestial. Ni por nuestras buenas obras nos justificamos. La justificación solo se debe a Dios. Desmentiremos, pues, lo que decimos en nuestra oración si rehusamos ayudar a una hermana porque nos parece a nosotros que ella no se lo merece. Negaremos, efectivamente, que somos hijos de nuestro Padre que manda la lluvia a justos e injustos. Acabaremos cuestionando la enseñanza: «Estabais muertos por vuestros pecados …, pero Dios os dio vida en Cristo».

Realmente, ninguno de nosotros es justo ante el Santísimo Dios. En lugar, pues, de enaltecernos en la oración, debemos humillarnos. Y frente a nuestras injusticias, indiferencias y violencias, no podemos menos que orar y procurar que sea santificado el nombre del Padre y que venga el reino celestial de justicia, misericordia y paz.

En resumen, orar como nos ha enseñado Jesús es unirnos a él. Él vive como ora. Aunque colgado de la cruz y sintiéndose abandonado por Dios, aún encomienda su espíritu a sus manos. Su ejemplo nos da valor para hacer lo que él. Él entregó su cuerpo y derramó su sangre por los demás, fiándose del que tiene el poder de resucitar a los muertos. Sin Jesús no hay oración que nos sirva de remedio.

Señor Jesús, enséñanos a orar y a vivir conforme a nuestra oración.


24 de julio de 2016

17º Domingo de T.O. (C)

Gen 18, 18-22; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13