Seventeenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
One body and one Spirit (Eph 4, 4)

Jesus is our shepherd. We will lack nothing if we remain united to him.

Jesus goes with his disciples to a foreign territory. A large crowd follows him.

But the multitude poses a problem: “Two hundred days’ wages worth of food would not be enough for each of them to have a little.” Thus simply assents Philip, without pretensions of deep reasoning. He does not see any test in Jesus’ question.

Andrew, less reserved, intervenes: “There is a boy here who has five barley loaves and two fish.” He adds, “But what good are these for so many?”

Jesus does not dismiss the volunteered information or the loaves and fish. He seizes the slight opening to generosity. He takes the loaves, gives thanks, and distributes them to those reclining on green pasture. He does the same with the fish. And almost before anyone knows it, the crowd eats its fill.

This new sign so convinces the people that they want to make Jesus king. We are not told, however, what the sign precisely consists in.

Do the loaves and fish multiply as they are being passed from hand to hand? If it is so, then undoubtedly we are dealing here with an obvious miracle that surpasses the prophet Elisha’s.

But do not the loaves and fish increase because others, drawn by the boy’s example, keep taking out of their sacks the food they have in order to share it? If this is the case, then the multitude that causes a problem turns into an opportune solution. And is it not equally wonderful that those who are troubled and left to fend for themselves, like sheep without a shepherd, get to be delivered from worrying about their own survival and open their hearts to those with nothing? Pope Francis puts it this way: “Jesus generated a kind of electrical current among his followers, as they shared what they had, made it a gift for others ….”

What a surprise indeed that those who are only focused on their own interests suddenly discover that sure salvation lies in looking out, in imitation of Jesus, for the interests of others! Being of one heart and mind, having concern for one another and with the surplus of some of us supplying the needs of others, in the manner of Ngäbe families, we make clear that indeed the Eucharist “draws us out of our individualism.”

United to Christ, we remain assured of the grace that, according to St. Vincent de Paul, “has its beginning and its progress” (SV.FR III:147). With grace, our contributions are of great value though they are perhaps as small as leftover fragments that are collected so that nothing may go to waste.

Lord, look kindly on our littleness and make great accomplishments out of the little we contribute.


VERSIÓN ESPAÑOLA

17º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Un solo cuerpo y un solo Espíritu (Ef 4, 4)

Jesús es nuestro pastor. Nada nos faltará si nos mantemos unidos a él.

Va Jesús con sus discípulos a un territorio extraño. Lo sigue mucha gente.

Pero la multitud plantea un problema: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo» . Así asiente simplemente Felipe, sin pretensiones de profundo discurrimiento. Nota nada de prueba en la pregunta de Jesús.

Andrés, menos reservado, interviene: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces». Añade: «Pero, ¿qué es esto para tantos?».

Jesús no descarta ni la información no solicitada ni los panes y los peces. Arovecha él la pequeña apertura de generosidad. Toma los panes, dice la acción de gracias y los reparte a los recostados en verdes praderas. Hace lo mismo con los peces. Y casi en un santiamén queda saciada la multitud.

Este nuevo signo convence tanto a las gentes que quieren proclamar rey a Jesús. No se nos precisa, sin embargo, en qué consiste el signo.

¿Se multiplican los panes y los peces mientras se van pasando de mano en mano? Si así es, no cabe duda que se trata de un milagro patente que supera el del profeta Eliseo.

Pero, ¿no aumenta el número de panes y peces porque otras personas, arrastradas por el ejemplo del muchacho, van sacando de sus alforjas su comida para compartirla? Si esto es el caso, la multitud que causa problema se convierte en remedio oportuno. Y, ¿acaso no es igualmente maravilloso que quienes, extenuados y abandonados a su propio cuidado, como ovejas sin pastor, logren librarse de su preocupación por subsistencia propia y abran las entrañas al prójimo sin nada? Lo expresa el Papa Francisco de esta manera: «Jesús logra generar una corriente entre los suyos, todos iban compartiendo lo propio, convirtiéndolo en don para los demás … ».

¡Qué sorpresa, sí, que los encerrados en sus intereses de repente descubran que la salvación segura está en buscar, a imitación de Jesús, los intereses de los demás! Teniendo un solo pensar y sentir, preocupándonos unos por otros y remediando la abundancia de unos la escasez de otros, a la manera de las familias ngäbe, dejamos claro que la Eucaristía de verdad «nos hace salir del individualismo».

Unidos a Cristo, quedamos asegurados de la gracia que, según san Vicente de Paúl, «empieza por poco para ir luego progresando» (SV.ES III:137). Con ella, valen mucho nuestras aportaciones, tan pequeñas sean quizás como los retazos que se recogen para que nada se desperdicie.

Señor, mira benigno nuestra pequeñez y haz obras grandes de lo poco que aportamos.