Seventeenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

From Vincentian Encyclopedia
Treasure without price and wholly gladdening

In Jesus Christ is hidden the priceless treasure that can make us wholly happy. In him begins and ends, therefore, the search for the true treasure.

Jesus starts his public ministry by announcing that the kingdom of heaven is at hand. He points out in some way that the Kingdom is a treasure that is on par, at least, with other treasures.

That is because, in the first place, people conform generally, as a matter of course, to the Kingdom. But Jesus challenges them specifically to turn away from the common path to follow a new one.

That is to say, those who seek to belong to the kingdom of God have to repent. They must exchange, for the way of Jesus, the way that promises worldly treasure. It ought not matter to them that the world thinks that his way leads to uncertainty.

In the second place, there is also a hint that the value of the Kingdom is not below that of any other good thing. For, indeed, to say Kingdom is to say Gospel, the Good News that in concrete means cures.

And the Good News has to spread. So, Jesus calls for followers.

In the third place, Jesus does not want us to ignore the treasure that is above all other treasures.

The Sermon on the Mount clearly puts forth a different value scale. The blessed are no longer those whom the world praises but those it scorns. True treasure does not refer any more to what is perishable but to what lasts forever.

That is why Jesus asks us not to worry about things that leave the pagans and the worldly without sleep. After all, true disciples do not put any value ahead of the supreme value of the kingdom of God and his righteousness.

The childlike happily strive, then, to have the priceless treasure or pearl God shows them through Jesus. The mysteries of the Kingdom mean more to them than long life, wealth or mastery over all. Furthermore, they are sure that every good thing will be theirs in due time. They know quite well, yes, that all things work for good for those who love God.

Lord Jesus, grant that, like your mother, we treasure the mysteries of the kingdom of God. Make us care more about furthering the Kingdom than our possessions (SV.EN III:527). Count us one day among those who take part in the royal banquet that we have foretaste of in the Eucharist.


30 July 2017

17th Sunday in O.T. (A)

1 Kgs 3, 5. 7-12; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52


VERSIÓN ESPAÑOLA

Tesoro inapreciable y alegrador del todo

El tesoro inapreciable y alegrador del todo se encierra en Jesucristo. En éste comienza y termina, pues, toda búsqueda del verdadero tesoro.

Comienza Jesús su ministerio público anunciando la venida inminente del Reino de los cielos. Da a entender que el Reino es un tesoro equiparable, a lo menos, a otros tesoros.

Es que, primero, no solo se supone que el pueblo se ajuste en general al Reino. Pero específicamente queda desafiada la gente a abandonar además el camino usitado para seguir otro nuevo.

Es decir, cuantos buscan pertenecer al reino de Dios tendrán que convertirse. Han de cambiar el camino que promete tesoro mundano por el de Jesús. No les debe importar que, según el mundo, el camino de Jesús lleve a la inseguridad.

En segundo lugar, se sugiere que el valor del Reino no se queda nada por debajo de ninguna cosa buena. Pues, sí, el reino es sinónimo del Evangelio, la Buena Noticia hecha concreta mediante las curaciones.

Y la Buena Noticia se tiene que difundir. Con razón hace seguidores Jesús de otras personas.

No quiere Jesús, en tercer lugar, que ignoremos el tesoro que está por encima de todos los tesoros.

Una escala diferente de valores se nos propone claramente en el Sermón de la montaña. Los bienaventurados ya no son los elogiados por el mundo, sino los despreciados. Ni se refiere el tesoro verdadero a algo perecedero, sino a lo eternamente duradero.

Por eso, se nos exhorta a no afanarnos por cosas que dejan desvelados a los paganos y los mundanos. Los verdaderos discípulos no anteponen ningún valor al valor supremo del reino de Dios y su justicia.

Alegres se esfuerzan, pues, las gentes sencillas por poseer el tesoro o la perla inapreciable que les revela Dios mediante Jesús. Más estiman los misterios del Reino que la vida larga, la riqueza o la soberanía universal. Tienen además la certeza de que lo demás se les dará por añadidura. Bien saben, sí, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien.

Señor Jesús, haz que, como tu madre, tomemos por nuestro tesoro los misterios del Reino. Concédenos la gracia de tener más interés en extender el reino de Dios que nuestras posesiones (SV.ES III:488-489). Y cuéntanos un día entre los dichosos comensales en el banquete real que anticipamos en la Eucaristía.


30 Julio 2017

17º Domingo de T.O. (A)

1 Re 3, 5. 7-12; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52