Seventeenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
To be conformed to the image of his Son (Rom 8, 29)

The wisest and most intelligent thing we can do is to seek the kingdom of God. That is because this kingdom represents all our best aspirations.

To be part of the kingdom is to attain the inexhaustible highest good that gives rise to more goods. On the other hand, to enjoy only exhaustible goods and not be part of the kingdom is to end up without even the little that one possesses.

If we do not belong to the kingdom, there is no profit for us gaining the whole world even. The kingdom is worth all our fervent prayers, all our efforts, all the risks we take, all the wealth we possess and can use to acquire it. Whoever understands this surely prays humbly and, hence, is granted the discernment so as to move forward from the past and the present to something new.

And the new springs forth, do we not perceive it? The kingdom is at hand; Jesus inaugurates it as he heals the sick, assists the helpless, raises the dead, evangelizes the poor and welcomes, without making premature judgments, all kinds of people.

He is the first of those instructed in the kingdom who bring from the storeroom both the new and the old. He is unlike holders of professorial chairs who are bogged down in preserving their customs and teachings—and perhaps their privileged exclusivism or clericalism. Jesus, doing something different, elicits astonishment: “A new teaching with authority. He commands even the unclean spirits and they obey him.”

That is to say, Jesus concentrates on doing good, on living justice, mercy and the faith that works through love. And it is enough for us, in order to reach the kingdom, to be genuine disciples of the Teacher. He is the central figure that transcends traditions, doctrines, constitutions, structures, platforms and pastoral actions, even though we humans cannot dispense with these. To belong to the kingdom consists above all in living and remaining in Jesus, to take the cue from the French school of spirituality.

Hence, it is good for us to remember, as St. Vincent de Paul wants us to, that “we live in Jesus Christ by the death of Jesus Christ, and that we ought to die in Jesus Christ by the life of Jesus Christ, and that our life ought to be hidden in Jesus Christ and filled with Jesus Christ, and that in order to die like Jesus Christ it is necessary to live like Jesus Christ” (I:295). Our pursuit of the kingdom begins, continues and ends in him.

And if we are really in communion with Jesus and his cherished poor—the sign and cause of which is the Eucharist—we will certainly share their predestined blessedness, for ours too will be the kingdom of heaven.


VERSIÓN ESPAÑOLA

17º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Ser imagen de su Hijo (Rom 8, 29)

Lo más sabio e inteligente que los hombres podemos hacer es buscar el reino de Dios. Es que este reino representa la totalidad de nuestras óptimas aspiraciones.

Formar parte del reino es lograr el sumo bien inagotable que da paso a más bienes. En cambio, gozar solo de bienes agotables y no ser del reino es acabar sin ni aun lo poco que se posee.

Sin pertenecer al reino, nos sirve de nada ganar siquiera el mundo entero. Merece el reino todas nuestras oraciones fervientes, todos nuestros esfuerzos, los riesgos que asumimos, toda la riqueza que tenemos y podemos gastar para adquirirlo. Quien entiende esto seguramente reza humildemente y, por eso, se le concede el discernimiento para avanzar del pasado y del presente hacia algo nuevo.

Y lo nuevo ya está brotando, ¿no lo notamos? Está cerca el reino; lo instaura Jesús, sanando a los enfermos, asistiendo a los desvalidos, resucitando a los muertos, evangelizando a los pobres y acogiendo, sin juicios prematuros, a gente de toda clase.

Él es el primero de todos los entendidos del reino que sacan del arca lo nuevo y lo antiguo. No es como los catedráticos que están estancados en la conservación de sus costumbres y enseñanzas—y quizás de su exclusivismo o clericalismo privilegiado. Jesús, haciendo algo diferente, provoca asombro: «Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Es decir, Jesús está concentrado en hacer el bien, en vivir la justicia, la misericordia y la fe que obra mediante el amor. Y a nosotros, para alcanzar el reino, nos basta con ser discípulos auténticos del Maestro. Él es la figura central que trasciende las tradiciones, doctrinas, constituciones, estructuras, plataformas y pastorales, si bien de ellas no podemos prescindir los hombres. Pertenecer al reino de Dios consiste sobre todo en vivir y permanecer en Cristo, por seguir la indicación de la escuela de espiritualidad francesa

Por eso, nos conviene acordarnos, como quiere san Vicente de Paúl que hagamos, «de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I:320). En él comienza, continúa y termina la búsqueda del reino de Dios.

Y si comulgamos realmente con Cristo y sus queridos pobres—lo que se significa y se realiza en la Eucaristía—participaremos ciertamente de su dicha predestinada, pues de nosotros también será el reino de los cielos.