Seventeenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
He sent me to preach the good news to the poor (Lk. 4:18--NAB)

After spending some 15 years of his priestly life looking for "a social position that is more secure and less obscure than that which the humble conditions of his peasant origin as well as the remote rural region in which he came to the world were foreboding," to use Father Jaime V. Corera's words [1], Vincent de Paul gets converted. "Contrary to the tendency of his youthful years, he makes an about-face, turns his back on himself and directs himself, is converted, to Christ," taking the focus away from himself and putting it on Jesus Christ, "in order to make his way toward God."

Without doubt, it can appropriately be said that Monsieur Vincent finds a hidden treasure or a fine pearl of great price. He comes to affirm at least implicitly what he will explicitly affirm later in conformity with Jesus, namely, that the kingdom of God is of the highest value [2]. He exchanges and leaves everything for this treasure or pearl that the kingdom is, for the wisdom that is greater than Solomon's but is considered foolishness by the world; he now has the unshakable certainty that to those who seek first the kingdom of God and his righteousness will be given as well all the things they need, that all their restlessness will be calmed down, all their ambitions will be rectified, all their potent energies, no matter how raw and primitive, will be channeled into something positive and constructive that is marked down by Divine Providence, that for those who love God all things work for good.

And St. Vincent de Paul, again in obedient following of Jesus, devotes himself to evangelizing the poor and wears himself out for them, giving them spiritual and corporal assistance. So devoted and so consumed, he simply and unequivocally proclaims, both by deeds and words, that the kingdom of God is at hand, is in our midst, though in an obscure and hidden manner, given that to the poor is preached the good news that "God is love that gives, that gives freely, that gives preference to the weakest of his creatures, just as the mother does with her children.

God's kingdom, present in the Church and in the Vincentian Family within the Church, is like a net thrown into the sea, which collects fish of every kind. Perhaps those who believe themselves good are bothered by the presence of the wicked among them and they grumble, criticize and even judge. But St. Paul tells us in 1 Cor. 4:5: "Do not make any judgment before the appointed time, until the Lord comes, for he will bring to light what is hidden in darkness and will manifest the motives of our hearts, and then everyone will receive praise from God."

Hence, one should not waste time being carried away by rash and premature judgments. To criticize and judge before the appointed time is not worth it. The course of our energies must be changed so they may build and plant, rather than tear down and destroy. Better than to fear the danger that may arise when people seek self-government is to find the opportunity of saving society--in accordance with Blessed Frederic Ozanam's idea--by making use of the sufficient remnants of faith and morality that the people display [3]. Instead of returning immediately to my center in order to find the security and comfort my shell affords [4] or yearning for the Ancient Regime and trying to bring it back, I ought to face courageously the novelties of nowadays and find ways of using them as resources to benefit others and to make friends (Lk. 16:9). Rather than judge others, I have to examine myself so I may discern Christ's body and not end up eating and drinking judgment on myself by allowing the poor to go hungry and to feel ashamed (1 Cor. 11:21-22, 28-29). I will be better served if I exert the necessary efforts so that, at the final judgment, the Son of Man may include me among those who will inherit the kingdom (Mt. 25:34-36).

When he manifests the motives of my heart, may the King count me neither among ladies of charity who showed goodness but did so with prudence, nor among Lazarists who got up at 4:00 o'clock in the morning in order not to do anything all day, nor among nuns who behaved as though they sergeants or witches [5]. May I receive blessing rather than curse.

NOTES:

[1] "Un manifiesto vicenciano" at http://somos.vicencianos.org/blog/2011/07/un-manifiesto-vicenciano/ (accessed July 21, 2011).

[2] Common Rules of the Congregation of the Mission II, 2.

[3] Jaime V. Corera, C.M., "Continuity and Renewal of the Vincentian Spirit" at http://www.famvin.org/wiki/Continuity_and_Renewal_of_the_Vincentian_Spirit:_Blessed_Frederic_Ozanam (accessed July 21, 2011).

[4] P. Coste XII, 92-93.

[5] "Un manifiesto vicenciano."


VERSIÓN ESPAÑOLA

El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres (Lc. 4, 18)

Se convierte Vicente de Paúl después de pasar unos 15 años de vida sacerdotal buscando «una posición social más segura y menos oscura de lo que presagiaban las condiciones humildes de su origen campesino y de la remota región rural en la que vino al mundo», por citar las palabras del Padre Jaime V. Corera, C.M. «En contra de la tendencia de sus años juveniles» el Señor Vicente «da un viraje radical, vuelve la espalda a sí mismo y se vuelve, se convierte a Cristo», descentrándose de sí mismo y centrándose en Jesucristo «para hacer su camino hacia Dios».

Sin duda, se puede decir apropiadamente que el Señor Vicente encuentra un tesoro escondido o una perla fina de gran valor. Llega él a afirmar implícitamente, por lo menos, lo que más tarde afirmará explícitamente en conformidad con Jesús, a saber, que el reino de Dios es de sumo valor (RC II, 2). Por este tesoro o esta perla, por la sabiduría mayor que la de Salomón pero considerada como locura por el mundo, lo cambia, lo deja todo el Señor Vicente; ya tiene la seguridad inquebrantable de que se les darán a los que buscan primero el reino de Dios y su justicia todas las demás cosas que necesiten, se les calmará toda inquietud, se les rectificará toda ambición, se les domará y encauzará por otras vías, marcadas esta vez por la Divina Providencia, toda energía potente por tan cruda y primitiva que sea, y se les servirá todo para el bien a los que aman a Dios.

Y se dedica san Vicente, asimismo en seguimiento obediente de Jesús, a la evangelización de los pobres y se consume por darles auxilio espiritual y corporal. Así de dedicado y consumido, proclama él sencilla e inequivocadamente, por tanto obras como palabras, que --debido a que los pobres ya se les anuncia la buena nueva de que «Dios es amor que se da, y que se da gratis, y que da con preferencia a sus criaturas más débiles, como una madre lo hace con sus hijos»-- el reino de los cielos está aquí ahora mismo, en medio de nosotros, si bien de modo oscuro y oculto.

Este reino, presente en la Iglesia y en la familia vicenciana dentro de la Iglesia, se parece a la red que echan los pescadores en el mar y recoge toda clase de peces. Quizás los que se creen buenos se molestan al notar la presencia entre ellos de los malos y por eso murmuran, critican y hasta juzgan. Pero nos dice san Pablo en 1 Cor. 4, 5: «No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios».

No debe uno, pues, perder el tiempo dejándose llevar por juicios precipitados y prematuros. No vale la pena criticar y prejuzgar. Hay que desviar el cauce de la energía para que ésta sirva para construir y plantar y no para destruir y demoler. Mejor que tener miedo al peligro que pueda presentar el pueblo que busca la autodeterminación será el encontrar la oportunidad de salvar la sociedad --de acuerdo con la idea del beato Federico Ozanam, tal como la expone el Padre Corera también-- utilizando los suficientes restos de fe y de moralidad evidentes en dicho pueblo. En lugar de volverme enseguida a mi centro para buscar la seguridad y la comodidad que mi concha aporta (XI, 397) o añorar el Anciano Régimen y tratar de recuperarlo, he de enfrentar con valentía las novedades de hoy día y buscar maneras de usarlas como recursos para beneficiar a otros y hacer amigos (Lc. 16, 9). En vez de juzgar a otros, tengo que examinarme a mí mismo a fin de discernir el cuerpo de Cristo para que no acabe yo con comer y beber mi propia condena por permitir que los pobres se queden con hambre y se avergüencen (1 Cor. 11, 21-22. 28-29 ); me resultará más provechoso si hago los esfuerzos debidos para que, cuando venga el juicio final, el Hijo del Hombre me incluya entre los que herederán el reino (Mt. 25, 34-36).

Que no me cuente el Rey, cuando él ponga al descubierto las intenciones de mi corazón, ni entre damas de beneficiencia, que se mostraban buenas sí, pero lo hacían con prudencia, ni entre lazaristas que se levantaban a las cuatro de la mañana para no hacer nada en todo el día, ni entre monjas que se portaban como si fueran sargentos o brujas. Que reciba yo la bendición y no la maldición.