Second Sunday of Lent, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
The Word … made his dwelling among us, and we saw his glory (Jn. 1:14)

The disciples were foolish and slow of heart to believe in a suffering Messiah (Lk. 24:25). But just the same, they did not fall for the diabolical illusion of an easy life. They did not conduct themselves as enemies of the cross. They continued to believe in Jesus and were persecuted for their faith. They received encouragement, of course, lest they lose heart in the midst of so many tribulations.

They were frequently called to assemble for the celebration of the memorial of the death and resurrection of Jesus. They were reminded both of the many appearances of the Risen One and the predictions made by the Teacher that he would have to suffer a cruel death to enter into his glory. Posed before them also as a stern warning was Jesus’ harsh reply to Peter: “Get behind me, Satan!”

They were surely told of the Lord’s transfiguration, so that they might understand that they would enjoy no glorious and luminous liberation without their participation in a sorrowful exodus. They were informed besides that they would have to pray and be covered by the presence of the God of the covenant and should listen to his Son and chosen Servant, Jesus, whose glory should not be compared to that of a Jewish feast. Only to him could they go, for they would not find anyone else who would have the words of eternal life and would be the perfect fulfillment of the law and the prophets.

But all these types of encouragement were in order to exhort those long-suffering Christians of the days of old that they simply keep their “eyes fixed on Jesus who, for the sake of the joy that lay before him, endured the cross, despising its shame, and has taken his seat at the right of the throne of God” (Heb. 12:1-2).

We Christians of today who live in so-called Christian countries, or where there is true freedom of religion, do not suffer because of our faith—for which we exult, in the spirit of St. Eusebius of Caesarea’s thanksgiving [1]. Nor do we mistake the true Messiah for the triumphalists’ Messiah. Along with St. Paul, we have been resolute in knowing nothing except Jesus Christ, and him crucified, and we proclaim that the one who is the power and wisdom of God is none other than Christ crucified (1 Cor. 1:2-24; 2:2). And perhaps to our discredit rather than credit, would it not be an evident proof of our knowing only Christ crucified the fact that he had been and still used as an ideology of oppression?

No, I do not consider Jesus to be the powerful and liberating Messiah awaited by the Jews; I believe—without being persecuted for it—in a Messiah of sorrows. But I still need encouragement, so that I may invite to eat not the rich, but rather the poor (Lk. 14:1-13), that I may “turn the medal” and see the Christ in the disfigured poor [2], that I may show respect to both the wealthy that are made sponsors and the poor who are taken as curious folks who never fail to show up at special events, that I may hear the lowly and the great alike (Dt. 1:17), that I may prefer to serve to being served, that I may renounce worldly dominion—and all semblance and symbols of it, for example, in the way I dress or make use of titles—in imitation of the Teacher who washed his disciples’ feet, and who seats us at table and waits on us (Lk. 12:37), and thus continues to give his life for poor sinners.

My knowledge will be exact, and my faith genuine, if I foster transfiguration and denounce disfigurement, right?

NOTES:

[1] Cf. the non-biblical reading in the Office of Readings for December 31, the commemoration of St. Sylvester I, Liturgy of the Hours.
[2] P. Coste XI, 32.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 2º de Cuaresma, C-2013

La Palabra … acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria (Jn 1, 14)

Eran necios y torpes los discípulos para creer en un Mesías sufriente. Pero a pesar de esto, los discípulos no se tragaron la ilusión diabólica de una vida cómoda. No se convirtieron en enemigos de la cruz. Siguieron creyendo en Jesús y fueron perseguidos por su fe. Se les alentaba, claro, para que no perdieran el ánimo en medio de tantas tribulaciones.

Se les convocaba a ellos con frecuencia para la celebración del memorial de la muerte y la resurrección de Jesús. Se les recordaba tanto las múltiples apariciones del Resucitado como las predicciones del Maestro de que tendría que sufrir una muerte cruel para entrar en su gloria. Se planteaba también ante ellos como advertencia firme la respuesta severa de Jesús a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás!».

Se les hablaba ciertamente de la transfiguración del Señor, para que comprendieran que de ninguna liberación gloriosa y luminosa gozarían sin su participación en el éxodo doloroso. Se les daba a conocer además que tendrían que orar y ser cubiertos por la presencia del Dios de la alianza, y que deberían escuchar a su Hijo y su Siervo escogido, Jesús, cuya gloria no se podría comparar con la de una fiesta judía. A él solo podrían acudir, pues, no encontrarían otro que tuviera palabras de vida eterna y cumpliese en pleno la ley y los profetas.

Pero todos estos tipos de animación eran para exhortar a aquellos cristianos sufridos de tiempos remotos que simplemente mantuvieran «fijos los ojos en … Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb 12, 1-2).

Los cristianos de hoy que vivimos en países denominados cristianos, o donde hay realmente libertad de religión, no sufrimos a causa de nuestra fe—por lo que exultamos, en espíritu de acción de gracias de san Eusebio de Cesarea. Ni confundimos al Mesías verdadero con el de las expectativas triunfalistas. Junto con san Pablo, no preciamos de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado, y proclamamos que el que es el poder y la sabiduría de Dios es el mismo Cristo crucificado. Y quizás en descrédito nuestro más que crédito, ¿no sería prueba patente también de que solo conocemos a Jesús crucificado el hecho de que se había servido y aún se sirve de él como una ideología de opresión?

No, no considero a Jesús como el Mesías poderoso y libertador esperado por los judíos; creo—sin ser perseguido por ello—en un Mesías de dolores. Pero aún necesito que a mí se me aliente a invitar a comer a los pobres más que a los ricos, a «darle vuelta a la medalla» para que yo vea a Cristo en los pobres desfigurados (XI, 725), a respetar tanto a los ricos, quienes se hacen padrinos, como a los pobres que fácilmente se toman por gente curiosa que nunca faltan en ocasiones especiales, a oír por igual al pequeño y al grande, a preferir servir a ser servido, a renunciar el imperio mundano—y toda aparencia de él y todo símbolo, por ejemplo, en el vestir o el uso de títulos—a imitación del Maestro que lavó los pies a los discípulos, y quien nos hace sentar a la mesa y nos sirve, y así sigue dando su vida por pobres pecadores.

Acertado será mi conocimiento, y auténtica mi fe, si promuevo la transfiguración y denuncio la desfiguración, ¿verdad?