Second Sunday of Lent, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
He handed him over for us all (Rom 8, 32)

Jesus is the fullness of revelation. He transforms into his glorious image the hearers and doers of his word, willing even to endure the cross.

Jesus is transfigured before Peter, James and John on a high mountain that calls to mind Mount Sinai or Horeb. Showing an appearance too are Moses and Elijah. But Jesus remains the center of attention.

He is the one manifested gloriously like in a theophany that is fascinating (“It is good that we are here”) and awesome (“They were so terrified”). The voice from the cloud refers to him; hence, it is to him we have to listen, without disregarding the law and the prophets, since he himself affirms that he has come not to abolish but to fulfill.

And it turns out that, in order for the law and the prophets to be fulfilled, Jesus must go up to Jerusalem to suffer and so enter into his glory. The full truth is a matter not only of the Messiah’s glory, but also of the shame of the cross.

To present the resurrection without death is to reduce it to a half-truth. Little wonder that Jesus charges those who have just caught a glimpse of his glory, without seeing still his passion and death, not to relate the occurrence to anyone until after the Son of Man’s resurrection.

The three disciples are fine with the charge. What leaves them puzzled is the thing about “rising from the dead.” How could it be possible for someone to rise from the dead if he is not even subject to death?

The disciples certainly do not understand the prediction of the paschal mystery. The rock upon which the Church will be built, becomes a stumbling block on hearing the prediction the first time. The Zebedees are not any better; they are given away by their shameless and divisive ambition that is contrary to the earlier teaching, “If anyone wishes to be first, he shall be the last of all and the servant of all.”

But the Teacher does not quench the smoldering wick. He goes on teaching by word and example that to live gloriously, one must give one’s body up and shed one’s blood ignominiously.

Indeed, Jesus reveals that glorious transformation is only born of love that is self-emptying unto immolation. Rightly does St. Vincent de Paul urge a formator to be transformed himself by emptying himself in order to put on Jesus Christ (FrXI:343).

Lord Jesus, grant that we keep your word and be thus transformed into your image.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2º Domingo de Cuaresma B-2015

Lo entregó a la muerte por todos nosotros (Rom 8, 32)

Jesús es la plenitud de la revelación. Transforma en su imagen gloriosa a los oidores y hacedores de su palabra, dispuestos incluso a soportar la cruz.

Se transfigura Jesús delante de Pedro, Santiago y Juan en una montaña alta, la cual recuerda al monte Sinaí o Horeb. Allí se aparecen también Moisés y Elías. Pero queda Jesús el centro de atención.

Es él quien se manifiesta glorioso como en una teofanía fascinante («¡Qué bien se está aquí!») y tremenda («Estaban asustados»). A él se refiere la voz que sale de la nube; a él, pues, tenemos que escuchar, sin descartar la ley y los profetas, ya que él mismo afirma que no ha venido a abolir, sino a dar plenitud.

Y resulta que, para que se cumplan la ley y los profetas, Jesús tiene que subir a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria. La verdad plena es cuestión no solo de la gloria del Mesías, sino también de la vergüenza de la cruz.

Presentar la resurrección sin la muerte es reducirla a una verdad a medias. No extraña que mande Jesús a los que acaban de vislumbrar su gloria, pero sin ver aún su pasión y muerte, que no cuenten a nadie lo occurrido «hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos».

Los tres discípulos están bien con el encargo. Pero los desconcierta aquello de «resucitar de entre los muertos». ¿Cómo será posible que resucite de entre los muertos uno que ni siquiera está sujeto a la muerte?

Los discípulos ciertamente no entienden la predicción del misterio pascual. La piedra sobre la cual se edificará la Iglesia, se hace piedra de tropiezo al oír la predicción por primera vez. No son mejores los Zebedeo, como lo delata su descarada y divisiva ambición de ocupar los primeros puestos, tan contraria a una enseñanza previa: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Pero el Maestro no apaga el pábilo vacilante. Va enseñando con palabra y ejemplo que, para vivir gloriosamente, hay que entregar el cuerpo y derramar la sangre ignominiosamente.

Jesús revela, sí, que solo del amor abnegado hasta la inmolación nace la transformación gloriosa. Con razón insta san Vicente de Paúl a un formador a transformarse, vaciándose de sí mismo para revestirse de Jesucristo (XI:236).

Señor Jesús, concédenos cumplir tu palabra y así transformarnos en imagen tuya.