Second Sunday of Easter, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Fear no more ..., see, your king comes, seated upon an ass's colt (Jn. 12:15—NABRE)

The disciples are gathered behind locked doors for fear of the Jews. They are not afraid, of course, of all Jews, only of certain Jewish religious leaders.

Some leaders strike so much fear in the hearts of people that no one dare speak openly of Jesus. (Jn. 7:13). These rulers of the Jews will seek the expulsion from the synagogue of anyone acknowledging Jesus as the Messiah (Jn. 9:22; 12:42). The smart folks know how to put pressure on even the governor: play one person against the other (Jn. 19:12). Selling out, they shout: “We have no king but Caesar” (Jn. 19:15).

These fearsome leaders will not spare even a colleague. That they are capable of getting into trouble anyone who does not think like them is seen in Joseph of Arimathea’s caution and, maybe, Nicodemus’ (Jn. 3:2; 19:38). Nicodemus, belittled for his Galilean origin, knows what it means to get the sharp edge of some of his associates’ tongue (Jn. 7:50-52). And needless to say, these frightening leaders will leave no stone unturned to get Jesus crucified. How terrible the result of these rulers’ conclave!

Indeed, the disciples have reason to be fearful. And precisely because they have first-hand experience of terror, visited upon Jesus and upon them, they are expected never to turn into the kind of people they are afraid of. It is hoped that they will be able to sympathize, in imitation of Jesus, with those who are terrified (cf. Heb. 2:17-18; 4:14-15). Like faithful disciples, they will be committed, after turning back and being strengthened, to strengthening others, and will learn from the Teacher neither to break the bruised reed nor to quench a smoldering wick (cf. Lk. 22:32; Is. 42:3).

To turn into an individual that terrorizes, this would mean I have not yet received Christ’s peace that connotes reconciliation and union of hearts and minds, and not enmity nor division nor intimidation, all of which are geared toward domination.

If I go about showing an angry and menacing face, shaking my fist at others, it would show I still lack the joy that is given by the Risen One. What has joy in common with threatening wrath?

To give people grounds to be afraid of me and to make sure they know who is the boss around here—something St. Vincent de Paul disapproves of [1]—would indicate I am not imbued with the uplifting Holy Spirit that brings about the new creation and renews the face of the earth (Ps. 104:29-30): the Holy Spirit does not inspire fear and domination of others, but rather love and self-control (2 Tim. 1:6-7); the Spirit is poured out for the remission of sins, which tells me that what is sought through the ministry of the Church is basically the forgiveness of sins and not the inquisitorial condemnation of sinners, and that sins are retained so that the impenitent may be prodded to repent.

To make those who have nothing to feel ashamed, so that they flee frightened, is to insist on seeing, in order to believe, the risen Son of Man in his glory going through locked doors. But he does not appear to me so. He only tells me emphatically that whatever I do or fail to do to for the least of his brothers and sisters I do or fail to do for him. The blessed believers, like St. Vincent, are victors over the world, for they welcome the one whom the unbelieving world does not see and receive their Lord and Master [2], ground, like the wheat, and crushed, like the grapes, along with the terrified poor.

NOTES:

[1] P. Coste XI, 346.
[2] Ibid., X, 266, 332, 459, 680.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2° Domingo de Pascua, Año B-2012

No temas ..., mira a tu rey que llega montado en un borrico (Jn. 12, 15)

Están reunidos los discípulos a puertas cerradas por miedo a los judíos. No temen, claro, a todos los judíos, a ciertos líderes religiosos judíos solamente.

Tanto miedo infunden algunos líderes que nadie se atreve a hablar de Jesús abiertamente (Jn. 7, 13). Buscarán estos dirigentes la expulsión de la sinagoga del que tome a Jesús por Mesías (Jn. 9, 22; 12, 42). Saben los listos la manera de ejercer presión incluso sobre el gobernador: manipular a dos personas una contra la otra (Jn. 19, 12). Se venden al gritar: «No tenemos más rey que al César» (Jn. 19, 15).

Y no perdonarán los temibles líderes ni a un colega siquiera. Que son considerados como capaces de meterle en un lío a todo que no piense como ellos, esto se ve en la cautela de José de Arimatea y de Nicodemo quizás (Jn. 3, 2; 19, 38). Nicodemo, menospreciado por venir de Galilea, sabe lo mordaces que se pueden mostrar unos compañeros (Jn. 7, 50-52). Y está de más decir que los espantosos líderes remueven Roma con Santiago para lograr la crucifixión de Jesús. ¡Qué terrible realmente el resultado del cónclave de estos líderes!

Los discípulos tienen razón sí para temer. Y justamente por su experiencia de primera mano del terror que se le infligió a Jesús y que se les inflige a ellos mismos, se espera que ellos nunca jamás se harán como aquellas personas a las cuales tienen miedo. Que ellos sean capaces, a imitación del Señor, de compadecerse de los víctimas del terror (cf. Heb. 2, 17-18; 4, 14-15). Que como fieles discípulos se dediquen, una vez vueltos a Jesús y fortalecidos, a fortalecer a otros y aprendan del Maestro a no quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante (cf. Lc. 22, 32; Is. 42, 3).

Convertirme en un individuo que aterroriza, esto querría decir que todavía no he recibido la paz de Cristo que connota la reconciliación y la unión de corazones y almas, y no la enemistad ni la división ni la intimidación, el intento de las cuales es la dominación.

Andar con una cara enojada y amenazante, sacudiendo mi puño contra otras personas, si hago esto, indicaría entonces que aún me falta la alegría que da el Resucitado. ¿Qué tiene en común la alegría con la ira amenazante?

Dar motivo para que otros me teman y vean que aquí el que manda soy yo—algo que san Vicente de Paúl desaprueba (XI, 238)—es no imbuirme del Espíritu Santo alentador que realiza la nueva creación y renueva la faz de la tierra (Sal. 103, 29-30): el Espíritu Santo no inspira temor y dominio de otros, sino amor y dominio propio (2 Tim. 1, 6-7); él se derrama para la remisión de los pecados, lo que señala que por el ministerio de la Iglesia se busca básicamente el perdón de los pecados y no la condenación inquisitorial de los pecadores, y que sólo se les retienen los pecados a los impenitentes para que éstos tengan motivo para arrepentirse.

Avergonzar a los que no tienen nada de modo que huyen espantados es insisitir en que, para creer, hay que verle al resucitado Hijo del hombre pasando por puertas cerradas y glorioso. Pero él no se me aparece así. Sólo me asegura que lo que hago o omito hacer con sus humildes hermanos, lo hago o omito hacer con él. Los dichosos creyentes, como san Vicente, vencen al mundo, pues, le acogen al que el mundo incrédulo no ve y reciben a su Señor y Amo (IX, 862, 916, 1015), triturado como el trigo y exprimido como las uvas, junto con los pobres aterrados.