Second Sunday of Easter, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
The Lord added to their number those who were being saved (Acts 2, 47)

The Lord is our light and our salvation. Those who receive light and salvation also receive the mission to bring them to people in darkness and in danger of perdition.

The message entrusted to Mary Magdalene for the disciple does not turn up uplifting. This missionary’s somber face has just lit up and she has also just recovered the sense of wonder—absent even when there were two angels present—after Jesus awakened her ear with the greeting, “Mary,” and opened her eyes dimmed with tears.

It is possible the disciples, influenced by Peter and the beloved disciple, do not believe her. It seems that the two are not wholly sure yet of what they came to understand after seeing the empty tomb, since, without sharing it with Mary, they returned home in the same way perhaps that a frightened snail pulls itself back to its secure shell, to cite a Vincentian conference (Coste XII 92-93).

In any case, by hiding and locking themselves up in a house, the disciples give their insecurity away. But just as Jesus consoled the one who did not stop weeping outside the tomb, so also he penetrates now the dreadful night of those who, without him, have no way of recovering from the trauma resulting from their witnessing, though from a safe distance, the night of his being treacherously handed over as well as the darkness of the three hours of most painful agony on the cross.

So then, the Risen One passes through locked doors. He reassures those overwhelmed with fear and shame: “Peace be with you.” Then right away he shows them his hands and his side to assure them that the one standing in their midst is none other than the one who was crucified and buried. And for good measure, he offers them peace again and tells them to go forth and become, with the Spirit’s life-breath, missionaries of peace and reconciliation, of repentance and forgiveness. No, it is not enough for them to love God, if their neighbors do not love him (Coste XII 262).

Of course, men and women missionaries are credible because of their example. They persuade people more through their devotion to the apostolic teaching, to communion and sharing, to the breaking of the bread, through their joy, than through learned words and exact doctrines of wordsmiths.

True missionaries love God with the strength of their arms and the sweat of their brows and do not settle either for sweet conversations or for angelic words (Coste XI 40). They know that unless they understand effectively the handing of the body and the shedding of blood as well as the washing of the feet, and see in the poor the one proclaimed “My Lord and my God,” they will have no inheritance with him. Thus do they attract others to the blessedness of believing and loving for eternal life, without even seeing or speaking or writing.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2º Domingo de Pascua A-2014

El Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando (Hech 2, 47)

El Señor es nuestra luz y nuestra salvación. Quienes reciben la luz y la salvación, reciben también la misión de llevarlas a los que viven en tinieblas y en peligro de perdición.

No resulta animador el recado confiado a María Magdalena para los discípulos. A la misionera se le acaba de iluminar el rostro sombrío y de devolver el sentido de maravilla, ausente aun estando presentes dos ángeles, al espabilarle Jesús el oído con el saludo: «María», y al abrirle los ojos nublados de tanto llorar.

Es posible que no la crean los discípulos, influidos por Pedro y el discípulo predilecto. Parece que los dos no están aún seguros de lo que lograron entender después de ver el sepulcro vacío, pues, sin compartirlo con María, se volvieron a casa de la misma forma quizás que un caracol se retrae asustado a la seguridad de su concha, por citar una conferencia vicentina (XI 397).

De todos modos, escondiéndose y encerrándose en una casa, se delatan inseguros los discípulos. Pero así como consoló Jesús a la que se pasaba llora que te llora frente al sepulcro, así también penetra él ahora la oscuridad pavorosa de los que, sin él, difícilmente se recuperan del trauma que resulta de presenciar ellos, aunque a distancia segura, tanto la noche de la entrega traicionera como las tinieblas de las tres horas de agonía más dolorosa en la cruz.

Así que pasa el Resucitado a través de puertas acerrojadas. Tranquiliza a los sobrecogidos de temor y vergüenza: «Paz a vosotros». Enseguida les enseña las manos y el costado para asegurarles de que el que se ha puesto en medio de ellos no es otro que el que fue crucificado y sepultado. Y para dar más de la medida, les ofrece otra vez la paz, y les manda salir y hacerse, alentados por el Espíritu, misioneros de la paz y la reconciliación, de la conversión y el perdón. No, no les basta con amar a Dios, si no lo aman sus prójimos (XI 533).

Claro, son creíbles los misioneros y las misioneras por su ejemplo. Persuaden a la gente más por su constancia en la enseñanza apostólica, en la comunión y la compartición, en la fracción del pan, por su alegría, que por sus palabras eruditas y doctrinas perfectamente formuladas.

Los verdaderos misioneros aman a Dios a costa de sus brazos y con el sudor de sus frentes, sin contentarse con dulces coloquios ni palabras angélicas (XI 733). Saben que no sea que comprendan eficazmente la entrega del cuerpo y el derrame de la sangre, y el lavatorio de los pies, y vean en los pobres al proclamado «Señor mío y Dios mío», no tendrán parte con él. Así atraen a otros a la dicha de creer y amar para la vida eterna, aun sin ver ni hablar ni escribir.