Second Sunday of Advent, Year B-2017

From Vincentian Encyclopedia
Gospel of Jesus, Messiah and Son of God

The Gospel, the Good News, is Jesus himself, his preaching, his ministry. That is why his presence fills us with consolation, joy and hope.

The Gospel implies newness, which shows up in the beginning. That is because John the Baptist is a different, a new, prophet.

John preaches in the desert. He is an outsider then. He proclaims a baptism of repentance. Besides, his lifestyle, which reminds us of Prophet Elijah, is different.

The Baptist calls people to repentance, yes. But he does so humbly. First, he makes it clear that it is not about him. He points to someone mightier than he. He admits, moreover, that he baptizes with water, while the one coming after him will baptize with the Holy Spirit.

In other words, John states humbly that the one who embodies the Gospel is not he, but Jesus. Yet because of his humility, the call to repentance also becomes joyful news for his listeners.

That is why people from all of Judea and all the inhabitants of Jerusalem go out to him. They acknowledge their sins and receive baptism. In the desert, the Lord speaks to their hearts, and they answer him as in the days of their youth (Hos 2, 16-17). It would not be so, were John like the self-righteous who belittle and condemn others.

We prepare the way of the Lord by giving living witness to the Gospel.

Like John the Baptist, we have the order to go ahead of Jesus to prepare his way. But spiteful and condemning rebukes will not help us in our mission. To win others, it is better that we speak humbly and respectfully. It will be even better if we ourselves become the Gospel, that is, the effective concern that poor people need.

And as disciples, we shall do as the austere messenger. We will distance ourselves from the usual expectations of worldly people who serve mammon. We shall announce a different message that will become Gospel for the poor. Yes, our proclamation will be that of our Teacher: “Blessed are the poor.”

This will demand, of course, that, like Mary and Joseph and the Baptist, we belong to the group of “the poor of Yahweh.” These are people who have nothing but their faith in God; they wait for his consolation and salvation. They keep the true religion (SV.EN XI:190). Among them, no one goes hungry, and the poorest get utmost respect. That is why their celebration of the Lord’s Supper brings consolation, joy and hope. In that way, too, they hasten the coming of the Lord.

Lord Jesus, make us like you, the Gospel for the poor. Grant, then, that we bring consolation, joy and hope to those who are poor.


10 December 2017

Second Sunday of Advent (B)

Is 40, 1-5. 9-11; 2 Pt 3, 8-14; Mk 1, 1-8


VERSIÓN ESPAÑOLA

Evangelio de Jesús, Mesías e Hijo de Dios

El Evangelio, la Buena Nueva, es Jesús, su predicación, su ministerio. Por tanto, su presencia nos llena de consuelo, alegría y esperanza.

El Evangelio connota novedad, la que figura en el comienzo. Es que Juan Bautista es un profeta diferente, nuevo.

En el desierto predica Juan. Es, pues, un excluido. Allí proclama un bautismo de arrepentimiento. Es diferente además su estilo de vida que nos recuerda al profeta Elías.

El Bautista llama, sí, a la gente a la conversión. Lo hace, sin embargo, con humildad. Primero, deja claro que no se trata de él. Señala al que puede más que él. Admite, además, que él bautiza con agua, mientras el que viene detrás de él bautizará con Espíritu Santo.

En otras palabras, declara Juan con humildad que quien personifica el Evangelio no es él, sino Jesús. Pero debido también a la misma humildad les resulta noticia alegre para los escuchadores de Juan la invitación al arrepentimiento.

Por eso, acude a él toda la población de Judea y de Jerusalén. Confiesan ellos sus pecados y se bautizan. Allí en el desierto, el Señor les habla al corazón, y responden como en su juventud (Os 2, 16-17). Así no sería, si Juan fuera como los con pretensiones de superioridad que menosprecian y condenan a los demás.

Preparamos el camino del Señor, dando nosotros, como Juan Bautista, testimonio vivo del Evangelio.

Como al Bautista, se nos manda por delante para que preparemos el camino de Jesús. Las reprensiones afrentosas y condenatorias no serán lo que nos ayude en nuestra misión. Para ganar a los demás, mejor que les hablemos con humildad y con respeto. Mejor aún si somos en persona el Evangelio, es decir, la atención efectiva que los pobres necesitan.

Y los discípulos haremos lo que el mensajero austero. Nos apartaremos de las expectativas covencionales de los mundanos que sirven al dinero. Y anunciaremos un mensaje diferente que a los pobres se les convierta en Evangelio. Será, sí, nuestra proclamación la del Maestro: «Bienaventurados los pobres».

Esto requerirá, claro, que, como María y José y el Bautista, seamos del grupo de «los pobres de Yahvé». Ésos nada tienen sino su fe en Dios; de él esperan el consuelo y la salvación. Entre ellos se conserva la verdadera religión (SV.ES XI:120). Nadie pasa hambre entre ellos, y se les respeta muchísimo a los más pobres. Por eso, resulta consoladora, alegradora y esperanzadora su celebración de la Cena del Señor. Y así apresuran también la venida del Señor.

Señor Jesús, haz que, contigo, seamos el Evangelio para los pobres. Concédenos, pues, ser portadores de consuelo, alegría y esperanza a los pobres.


10 Diciembre 2017

Domingo 2º de Adviento (B)

Is 40, 1-5. 9-11; 2 Ped 3, 8-14; Mc 1, 1-8