Second Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
You will receive power to be my witnesses (Acts 1, 8)

John the Baptist knows who the reason for his mission is. We surely know the Christian’s raison d’être. But do we really testify to the Lord’s servant? Are we credible due to our humble and obedient service, because we are committed to spreading God’s grace and peace, to raising the marginalized, and not to protecting our interests?

John comes baptizing to give witness to Jesus. He acknowledges his subordinate role. He insists on the one witnessed to increasing and the witness decreasing. He gives his disciples reason to exchange him for Jesus.

The baptizer is unlike us. We love dropping names—of prominent relatives, friends or acquaintances—not so much to honor them as to put on airs. John even admits not knowing Jesus before (the fourth gospel says nothing about the two being relatives). Thus, the precursor does not point to himself, but rather to the one who comes after him.

And the one pointed out is the Lamb of God, who takes away the sin of the world: Jesus is like the paschal lamb, whose blood served as the Israelites’ sign, so that they might not be touched by the destructive plague; he is the Lord’s suffering servant, submissive like a lamb led to the slaughter; he is the slain lamb of Revelation, victorious in the end.

The Lamb atones for sins, yes, and saves us. But his death is not in order to appease a God so irate with us sinners that he demands our blood or the blood of our substitute. Should we think so, we would be upholding the heresy that Jesus saves us from God the Father (Madeleine L’Engle).

The Crucified saves us from sin. His death is saving because it reverses the prideful disobedience in Eden. The only way to salvation is the way of humility and obedience taken by Jesus in our behalf and by John. The Word made flesh makes it known that to be human is not at all an evil to be ashamed of. Genesis makes clear that evil and shame derive from our proud and disobedient craving to be at God’s level and deny our creatureliness.

The new Adam took the form of a slave and was known to be of human estate, humble and obedient unto death. “Because of this, God greatly exalted him.” The way of service and humility is the sure and infallible way (Pope Francis, January 7, St. Martha’s).

Jesus deifies his witnesses whose love for life does not deter them from death and who fulfill the Vincentian advice, “Above all, have no craving to play the superior or the master” (Coste XI, 346). The weakness of such authentic partakers of Jesus’ sacrifice is strength.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Recibiréis fuerza para ser mis testigos (Hch 1, 8)

Sabe Juan Bautista quién es la razón de su misión. Sabemos ciertamente la razón de ser del cristiano. Pero, ¿damos testimonio realmente del siervo del Señor? ¿Somos creíbles por nuestro servicio humilde y obediente, porque nos dedicamos a difundir la gracia y la paz de Dios, a restablecer a los marginados y no a proteger nuestros intereses?

Juan sale bautizando para dar testimonio de Jesús. Reconoce su papel subordinado. Insiste en que el atestiguado crezca y el testigo disminuya. Da motivo a sus discípulos que le cambien por Jesús.

El bautizador no es como nosotros. A nosotros nos gusta soltar nombres de personajes—parientes, amistades o conocidos—no tanto para honrarles como para darnos importancia. Hasta admite Juan no haber conocido antes a Jesús (el cuarto evangelio nada dice del parentesco entre los dos). Así que el precursor no apunta a sí mismo, sino al que viene tras de él.

Y el señalado es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo: Jesús es como el cordero pascual cuya sangre fue la contraseña de los israelitas para que la plaga exterminadora no los tocase; él es el siervo sufriente del Señor, sumiso cual cordero llevado al matadero; él es el cordero degollado apocalíptico, victorioso al final.

El Cordero expía pecados, sí, y nos salva. Pero su muerte, no es para aplacar a un Dios tan encolerizado con nosotros pecadores que requiera nuestra sangre o la de nuestro vicario. Si así se creyera, se sostendría la herejía de que Jesús nos salva de Dios Padre (Madeleine L’Engle).

Del pecado nos salva el Crucificado. Su muerte es salvífica porque ella repara la desobediencia soberbia en Edén. El único camino de salvación es el de la humildad y la obediencia, tomado por Jesús en lugar nuestro, y por el Bautista. La Palabra hecha carne da a conocer que ser hombre no es nada malo de que avergonzarnos. El Génesis deja claro que la maldad y la vergüenza resultan de nuestras ansias soberbias y desobedientes de estar al nivel del Creador y negar nuestra condición de criatura.

El nuevo Adán tomó la condición de esclavo, actuando como cualquier hombre, haciéndose humilde y obediente hasta la muerte. «Por eso Dios lo levantó sobre todo». El camino de servicio y humildad es el camino seguro e infalible (Papa Francisco).

Jesús deifica a sus testigos que no aman tanto su vida que teman la muerte y quienes cumplen el consejo vicentino: «Sobre todo, no tenga usted la pasión de parecer superior ni de ser el maestro» (XI, 238). La debilidad de tales auténticos partícipes del sacrificio de Jesús es fuerza.