Second Sunday after Christmas and Epiphany, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Come down quickly (Lk 19, 5)

It is not enough for us to know Jesus at the level of the intellect. There ought to be a deep intimacy between the Master and us.

Herod the Great says he wants to see Jesus. Later on, Herod Antipas will have a similar desire. The former wants to get rid of a possible rival, murdering him thus in his heart. The latter will reduce Jesus to a mere object of curiosity; such treatment will turn Jesus into a silent, lifeless idol.

The chief priests and the scribes are not any better. Fore sure, they are not ignorant of Scriptures. From there they know about the one prophesied by Micah and there they install themselves, showing no interest in knowing personally the perfect fulfiller of Scriptures. Do they not wander far from their magisterial chairs for fear of other careerists who may wrest them away from them?

The Magi, on the hand, seek to know and adore the newborn King. They come from afar after seeing a star rise—apparently not visible in Jerusalem, perhaps due to the glitter and glamor of the capital. These strangers do not settle for their theoretical astrological knowledge. They exert effort to know the Messiah in person.

We Christians, of course, prefer the Magi. But are we really on their side? Do we Gentiles called from far away not waste the gratuitous invitation to be “coheirs, members of the same body, copartners in the promise in Christ Jesus?”

Have Herodian megalomania, absolutism, triumphalism, duplicity not infected us in some way? The dictator’s angry face repels, while those radiant with joy attract. He who grasps all, centralizing power in himself, loses all.

Do we practice Vincentian simplicity, telling the truth, keeping our intentions pure and adopting an unadorned lifestyle, void of superfluous things? I find it difficult, for example, to dispense with flowery and pedantic language. Are we humble enough to admit we do not know everything and so need others to teach us?

Do we let Pope Francis instruct us? Recently he canonized another companion of St. Ignatius Loyola. It seems to me to be one more way of highlighting mysticism, intimacy with Jesus. The Pope already told Father Spadaro: “Ignatius is a mystic, not an ascetic. … An interpretation of the Spiritual Exercises that emphasizes asceticism, silence and penance is a distorted one …. … And Faber was a mystic.” He contributed not a little to Ignatius’ mysticism.

We are urged, yes, to come down from our ivory tower and leave behind Pelagian mental exercises, asceticism or athleticism. What matters, as St. Elizabeth Seton indicates, is that our Savior’s life continues in us. What is critical is that there is intimacy between us and the Word made flesh and dwelling among us, through which wisdom, revelation, and every blessing in the heavens are now within our reach.

And we need to be intimate with the poor in the outskirts, practitioners of true religion. To smell like Jesus is to smell like them. To pay attention to them is to discern the Body of Christ.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2º Domingo desués de Navidad y La Epifanía del Señor, A-2014

Baja en seguida (Lc 19, 5)

No nos basta con conocer a Jesús a nivel del intelecto. Debe haber intimidad profunda entre el Maestro y nosotros.

Dice Herodes el Grande que quiere ver a Jesús. Más adelante, Herodes Antipas tendrá semejante deseo. El primero quiere acabar con un posible rival, asesinándole efectivamente en su corazón. El último lo reducirá a un mero objeto de curiosidad; tal trato convertirá a Jesús en un ídolo callado, inerte.

Los sumos pontífices y los letrados no son nada mejores. Ciertamente, no ignoran las Escrituras. Desde ellas saben del profetizado por Miqueas y allí se instalan, sin mostrar interés en conocer personalmente al cumplidor perfecto de las Escrituras. ¿Acaso no se alejan de sus cátedras por temor a otros arribistas que se las arrebaten?

Los Magos, en cambio, buscan conocer y adorar al recién nacido Rey. De lejos vienen, después de ver la salida de una estrella—no visible, por lo visto, en Jerusalén, quizás por el brillo y el encanto de la capital. Estos extranjeros no se conforman con su conocimiento astrológico teórico. Se esfuerzan por conocer al Mesías en persona.

Los cristianos, claro, preferimos a los Magos. Pero, ¿de lado de ellos estamos realmente? Los llamados de lejos, ¿no desperdiciamos la invitación gratuita a ser «coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo»?

¿No nos han contagiado de algún modo la megalomanía, el absolutismo, el triunfalismo, la doblez de los Herodes? La cara enojado del dictador repele, mientras los radiantes de alegría atraen. Quien mucho abarca, centralizando el poder en sí mismo, poco aprieta.

¿Practicamos la sencillez vicentina, diciendo la verdad, manteniendo puras nuestras intenciones y adoptando un estilo de vida sin adornos, sin cosas superfluas? Encuentro difícil, por ejemplo, prescindir de un lenguaje rebuscado y pedante. ¿Tenemos suficiente humildad para admitir que no somos omniscios y necesitamos a otros que nos enseñen?

¿Dejamos al Papa Francisco instruirnos? Hace poco canonizó a otro compañero de san Ignacio de Loyola. Me parece un modo más de resaltar el misticismo, la intimidad con Jesús. Ya dijo el Papa al Padre Spadaro: «Ignacio es un místico, no un asceta. ... La tendencia que subraya el ascetismo, el silencio y la penitencia es una desviación …. … Fabro era un místico». Contribuyó no poco al misticismo ignaciano.

Se nos exhorta, sí, a bajar de nuestra torre de marfil y abandonar los ejercicios mentales, el ascetismo y el atletismo pelagianos. Lo importante, como indica santa Isabel Seton, es que la vida del Salvador continúe en nosotros. Lo fundamental es que haya intimidad entre nosotros y la Palabra hecha carne y acampada entre nosotros, por la que ya están también a nuestro alcance la sabiduría, la revelación y toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Y necesitamos la intimidad con los pobres en las periferias, practicantes de la verdadera religión. Oler a Jesús supone oler a ellos. Hacerles caso es discernir el Cuerpo de Cristo.