Pentecost Sunday, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
And we were all given to drink of one Spirit (1 Cor. 12:13—NABRE)

The church where my wife and I go to on Sundays is always quite full. There present are not only devout old ladies but also mothers and fathers with their young children, the youth of both sexes.

I don’t think, therefore, that the Church is on the wane. As it happened in the past, the Church will flourish during persecution. If it survived the worst popes in its history, the Church will survive the scandals plaguing it nowadays. It will go on, notwithstanding “the long and boring preaching in nineteenth-century language, and which is unrelated to life,” and despite the inadequate formation of lay people not commensurate to their age [1]. What will the Church be like in the future? This I don’t know, but that we speak of the church as being Hebrew, Hellenist, Johannine, Chaldean, Coptic, in the homes or in the catacombs, Greek, Latin, Irish monastic, Visigothic, Mozarabic, Syro-Malabar tells me that the Church will know how to adapt itself to different conditions or situations. The role we play in the building of the Church is surely important, but ultimately, its existence and development depend on God’s providence through the Holy Spirit.

It is by the Holy Spirit that the community of believers can confess that Jesus is Lord and that he is the Messiah, the Son of the living God. By the Holy Spirit, we Christians are able to resolve not to know anything except Jesus Christ and to proclaim him as the Crucified not with persuasive words of wisdom, but with a demonstration of spirit and power (1 Cor. 1:23; 2:2, 4). The Holy Spirit teaches us everything and reminds us of all that Jesus has said and guides us to all truth (Jn. 14:26-27; 16:13). With the anointing of the Holy Spirit remaining in us, we do not need anyone to teach us (1 Jn. 2:27).

And it is because the Father of mercies has poured out the Holy Spirit for the forgiveness of sins that the Church has the authority to forgive and retain sins. It exercises this ministry in view, of course, of the mark of the nails and lance in the body of the one who gives us peace, which is inseparable from his death and resurrection, for through this Paschal mystery God has reconciled the world to himself. The saying, “All have sinned and are deprived of the glory of God,” surely applies to us who make up the Church (Rom. 3:23). But the Holy Spirit makes possible that good things come out of bad situations.

If we, believing ourselves to be the staunch conservers of orthodoxy, opposed vehemently and wrongly those innovative missionaries who were reaching out to strangers and to the marginalized and were no longer keeping the customary religious practices and norms, this only resulted, however, in God’s impartiality being seen clearly and in the proclamation of the decision made by the Holy Spirit and the apostles and presbyters not to impose any burden beyond certain requirements (Acts 10:34; 15:28). The lack of order in worship occasioned St. Paul’s reminder not only about the importance of unity in diversity and the primacy of the common good, on account of which spiritual gifts are distributed, but also of the excellence of love, joy, peace, patience, kindness, generosity, faithfulness, gentleness, self-control (Gal. 5:22-23).

And because the Holy Spirit guides the Church, it manages to rehabilitate those it had earlier repudiated and silenced wrongfully—founders as well as teachers and theologians—and censure those it favored before, perhaps because of their lavish gifts or their disguises as defenders of the old order. Also, the Holy Spirit opens our eyes so that the scandals stemming from the abuse of power may become for us opportunities to do justice to victims, to be more transparent, and to see to it that the presumption be in favor of the poor and powerless folks who preserve the true religion, according to St. Vincent de Paul [2], rather than in favor of the rich, the influential and those who hold prestigious position of power. The apathy toward those who have nothing that surfaces in our assemblies leads to our being instructed, through the inspiration of the Father of the poor, about the true meaning of the Lord’s Supper.

NOTES:

[1] Cf. “Reconstruye mi Iglesia” in Javier F. Chento’s blog at http://somos.vicencianos.org/chento/2012/05/14/reconstruye-mi-iglesia/ (accessed May 21, 2012). A Pew Forum 2010 survey result that shows that 40% of Catholics did not know the Catholic teaching about the Eucharist that the bread and wine become (as opposed to symbolize) the body and blood of Christ; cf. http://www.pewforum.org/U-S-Religious-Knowledge-Survey-Who-Knows-What-About-Religion.aspx (accessed May 21, 2012).
[2] P. Coste XI, 201.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Pentecostés, Año B-2012

Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor. 12, 13)

Los domingos cuando la señora y yo vamos a la iglesia, la encontramos siempre bien llena. Allí están no solamente beatas sino también madres y padres de familia con sus hijos pequeños y asimismo juventudes de ambos sexos.

No creo, pues, que está en su ocaso la Iglesia. Como ocurrió en el pasado, ella florecerá en las persecuciones. Si sobrevivió los peores papas en su historia, la Iglesia sobrevivirá los escándalos que la afligen hoy día. Pervivirá, no obstante las «prédicas largas, aburridas, con lenguaje decimonónico y desconectadas de la realidad» y a pesar de la formación de laicos inadecuada para su edad adulta [1]. ¿Cómo será la Iglesia en el mañana?, eso no lo sé, pero que se habla de la iglesia hebrea, helenista, joánica, caldea, copta, en los domicilios o las catacumbas, griega, latina, monacal irlandesa, visigoda, mozárabe, syro-malabar, esto me indica que la Iglesia sabrá adaptarse a diferentes condiciones o situaciones. No cabe duda que es muy imporante el papel que desempeñamos en la edificación de la Iglesia, pero al fin y al cabo, la existencia y el progreso de ésta dependen principalmente de la providencia de Dios mediante el Espíritu Santo.

Bajo la actuación del Espíritu Santo, la comunidad de creyentes puede confesar que Jesús es Señor y el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es por el Espíritu Santo que los cristianos podemos proponernos no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y predicarlo como el Crucificado, no con palabras sabias y elocuentes sino en la manifestación y el poder del mismo Espíritu. Es el Espíritu Santo que nos enseña todas las cosas y nos hace recordar todo lo que ha dicho Jesús y nos guía a toda la verdad. Permaneciendo en nosotros la unción del Espíritu Santo, no necesitamos a nadie que nos enseñe.

Y es por haber derramado el Padre misericordioso su Espíritu Santo para la remisión de los pecados que la Iglesia tiene la autoridad de perdonar y retener los pecados. La Iglesia ejerce este ministerio en vista, claro, de la señal de los clavos y de la lanza en el cuerpo del que nos da la paz, inseparable de su muerte y su resurrección, pues, por este misterio pascual Dios reconcilió consigo al mundo. A los que formamos la Iglesia se nos aplica ciertamente el dicho: «Todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios». Pero el Espíritu Santo hace posible que no haya ni pecado ni equivocación que por bien no venga.

Si creyéndonos conservadores denodados de la ortodoxia nos opusimos vehemente y erróneamente a misioneros inovadores que extendían la mano a los extranjeros y a los marginados, y ya no guardaban las acostumbradas prácticas y normas religiosas, esto sólo resultó, sin embargo, en que se dejara clara la imparcialidad de Dios y se proclamase la decisión del Espíritu Santo y de los apóstoles y presbíteros de no imponer ninguna carga aparte de unos requisitos. La falta de orden en los cultos ocasionó que san Pablo nos recordara no sólo la importancia de la unidad en diversidad y la primacía del bien común, a causa del cual el Espíritu reparte sus dones, sino también la excelencia del amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio propio.

Y porque el Espíritu Santo guía la Iglesia, ella logra rehabilitar a los repudiados y silenciados equivocadamente por ella antes—tanto fundadores como maestros y teólogos—y a censurar a los favoritos anteriormente, quizás debido a sus regalos lujosos y sus disfraces de defensores del viejo orden. También el mismo Espíritu nos abre los ojos para que los escándalos causados por el abuso del poder nos sirvan de oportunidad de hacerles justicia a las víctimas, de practicar la transparencia y procurar que la presunción sea a favor de la gente pobre y sin poder que conservan la verdadera religión, según san Vicente de Paúl, más que a favor de los ricos, los influyentes y los que ocupan prestigiosos puestos de poder. La apatía que sale a la superficie en nuestras asambleas hacia los que no tienen nada conduce sí a que se nos instruya, por inspiración del Padre de los pobres, del significado verdadero de la Cena del Señor.

[1] Véase «Reconstruye mi Iglesia» en el blog de Javier F. Chento. Una encuesta en los EE.UU. de hace dos años indica que 40% de los católicos encuestados ignoraban la enseñanza católica sobre la Eucaristía de que el pan y el vino se convierten en—a diferencia de que simbolizan—el cuerpo y sangre de Cristo; cf. http://www.pewforum.org/U-S-Religious-Knowledge-Survey-Who-Knows-What-About-Religion.aspx.