Nineteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Trust firmly and without reservation

Jesus assures us that God trusts in us. We trust God because he first trusts us.

Better than any prophet, Jesus’ embodies the divine invitation to trust. That is because the Teacher explains in simple terms that God is the heavenly Father who loves all his children very much.

And Jesus’ works of mercy, as well as his understanding, supportive, attentive and welcoming attitude, confirm besides that God is very good indeed. Says St. Vincent de Paul in a deposition, “How good you are, O God, my God, how good you are, since indeed in my Lord Francis de Sales, your creature, there is such great gentleness” (SV.EN XIIIa:91). One can rightly suppose, then that the people become convinced of the heavenly Father’s goodness as they witness Jesus’ goodness.

For the simple folks, the witness to the Father that Jesus gives is unquestionable. So, only the legal experts question it. These are the ones who neglect the weightier things of the law—justice, mercy and fidelity. They are gatekeepers who lock the kingdom of heaven before people. They do not enter and do not allow entrance others to enter. Opposing Jesus who offers his easy yoke and his light burden, they lay heavy burdens on people’s shoulders. Perhaps they distrust everyone because of their unhealthy distrust of themselves.

In contrast, our heavenly Father trusts in us, his little children. Otherwise, he would not have given us his kingdom nor would he have revealed to us such an important thing as the way to assure ourselves of heaven.

Trust calls for trust in return.

Jesus affectionately shows to the little flock the: importance of trusting God. Unless we are trusting of him, we will not overcome our fears, since we are faint-hearted and are like children. Nor will we dare practice generosity and sharing of both blessings and dangers. And without these virtues, there is no way we can attain the inexhaustible, unlosable and indestructible treasure.

If we do not have trust, we would probably wait grumpily for the one whose coming is delayed. We could end up not waiting at all.

Without trusting God and having no one to wait for, we run the risk of becoming self-absorbed. We will turn into narcissists, prone to pleasure-seeking, name-calling and bullying.

On the other hand, to trust in God, in imitation of Jesus, is to assure ourselves of life through communion with him. He gives his body up and sheds his blood. Trusting in God’s power to raise the dead to life, he abandons himself to the divine will.

If that is how trusting we are, then we will duly be returning trust for trust.

Lord Jesus, teach us to trust in God and to foster trust in our communities.


August 7, 2016

19th Sunday in O.T. (C)

Wis 18, 6-9; Heb 11, 1-2. 8-19; Lk 12, 32-48


VERSIÓN ESPAÑOLA

Confianza inquebrantable y sin reservas

Jesús nos asegura que Dios tiene confianza en nosotros. Confiamos porque Dios confía en nosotros primero.

Mejor que ningún otro profeta, encarna Jesús la invitación divina a que tengamos confianza. Es que las palabras del Maestro explican en términos sencillos que Dios es el Padre celestial que ama muchísimo a todos sus hijos.

Y las obras de misericordia de Jesús, junto con su actitud comprensiva, solidaria, atenta y acogedora, confirman además que Dios es, de verdad, un Padre muy bueno. Afirma san Vicente de Paúl en una declaracion: «¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánta tiene que ser tu suavidad, si fue tan grande la de tu siervo Francisco de Sales!» (SV.ES X:92). Con razón, pues, se puede suponer que se convencen las gentes de la bondad del Padre celestial al presenciar ellas la bondad de Jesús.

Para la gente sencilla, es incontrovertible el testimonio que da Jesús del Padre. Lo cuestionan, por eso, solo los letrados que descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misercordia y la lealtad. Son cancerberos que cierran a la gente el reino de Dios. Ni entran ellos ni dejan entrar a los demás. Esos sabios ponen cargas pesadas sobre los hombros de los hombres. Así que se oponen a Jesús que nos ofrece su yugo llevadero y su carga ligera. Quizás no confían en nadie, porque desconfían de sí mismos de manera insalubre.

Nuestro Padre celestial, en cambio, confía en nosotros, sus hijos pequeños. De lo contrario, no nos habría dado el reino ni nos habría revelado cosa tan importante como la manera de asegurarnos el cielo.

Confianza saca confianza.

Al pequeño rebaño le indica cariñosamente Jesús la importancia de la confianza. No sea que confiemos en Dios, los pusilánimes y pequeños no superaremos nuestros temores. Ni nos atreveremos a practicar ni la generosidad ni la solidaridad en los peligros y en los bienes. Y sin éstas, quedaremos privados del tesoro inagotable, imperdible e indestructible.

Si no confíamos en Dios, probablemente de mal humor esperaremos al amo que tarda en llegar. Quizás dejaremos de velar del todo.

Sin confiar en Dios y sin tener a nadie a quien esperar, correremos el riesgo de ensimismarnos. Nos convertiremos en narcisistas propensos al hedonismo, al abuso verbal y al acoso.

Por otra parte, confiar, a imitación de Jesús, es asegurarnos la vida mediante la comunión con él. Él entrega el cuerpo y derrama la sangre. Confiadamente se abandona a la voluntad divina, cierto de que Dios tiene el poder de resucitar hasta a los muertos.

Si así es nuestra confianza, devolveremos debidamente confianza por confianza.

Señor Jesús, enséñanos a confiar en Dios y a promover la confianza auténtica en nuestras comunidades.


7 de agosto de 2016

19º Domingo de T.O. (C)

Sab 18, 6-9; Heb 11, 1-2. 8-19; Lc 12, 32-48