Nineteenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2021

From Vincentian Encyclopedia
Perishable, Yet Saving Just the Same

The Word becomes flesh; the imperishable, perishable. And he shares in our humanity so that we may share in his divinity.

Jesus says that he is the bread that came from heaven, which makes the Jews grumble. They are sure that he is from the same land as they and as perishable as they are. They know his mother and his father.

And it is not that they debate him as a fellow Rabbi. Had it to do with an exchange of ideas, it would still be OK, even though blunt. But “grumbling” sends us back to Exodus (15, 4; 16, 2; 17, 3); it was what those who lacked faith in God did.

So, to grumble is to lack faith. And Jesus’ answer addresses this matter. For he says to them, in part: “Whoever believes has eternal life.”

And Jesus does not go back on what he has said. He says again that he is the bread of life, the bread that came down from heaven. And he adds that those who eat this bread will not die.

But Jesus also makes clear to the grumblers that to come is not due to human work. He tells them, “No one can come to me unless the Father who sent me draw him.”

Hence, to belong to the Son, one cannot rely on human wisdom or the works of the law. One has to have the Father as teacher. And one who listens to the Father and learns from him cannot but go the Son.

Not to accept the perishable is to run the risk of rejecting the imperishable.

It seems, then, that there is a warning for those who presume to know it all. He puts faith before them, which those who ate manna, but died, lacked.

But those who believe will live forever; faith means rising to life on the last day. And grumbling, yes, for lack of faith brings death.

They grumble since Jesus is human; this is why they stumble. And they are in for more shock later. For he will say, “The bread that I will give is my flesh for the life of the world.”

It is odd that that he should say this; he does not want us to work for perishable food. And is not flesh perishable? Still and all, he will say again four more times what he has said. And through his flesh and blood, —perishable food—, we believers can share the fullness of the imperishable Word. We can have grace for grace and truth, so that we do not spoil.

Of course, it is hard for us to understand. But like any mystery, it asks us to live it more than to reason it out (St. Bonaventure). We accept the call, “Come,” so that we may see, in the light of the Holy Spirit, as the Father, as Jesus, sees (Jn 1, 39). Then, we live as poor people, as the caller asks. For we are to leave behind all securities, certainties and merits that we amass as we keep the law.

So, those who are true to the call become Yahweh’s poor, folks of simple, living, faith (SV.EN XI:190; SV.EN XII:142). The Father makes known to them what he hides from the presumptuous.

Lord Jesus, make us feed on your flesh and blood. We shall thus get the strength we need for a long and hard journey. Thus also, will we persevere in imitating God and living in love, till we who are perishable become imperishable.


8 August 2021

19th Sunday in O.T. (B)

1 Kgs 19, 4-8; Eph 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51


VERSIÓN ESPAÑOLA

Perecedero, pero saludable también

El Verbo se hace carne, el imperecedero, perecedero. Y participa él de nuestra humanidad para que compartamos su divinidad.

Jesús se ha dicho el pan bajado del cielo, lo que los hace a los judíos criticarle. Saben que él es del mismo suelo natal que ellos y perecedero como ellos. Conocen a su madre y a su padre.

Y parece que la crítica no es cuestión solo de un debate entre rabinos. Si se tratara de un intercambio de ideas, la crítica, aun tajante, aún estaría bien. Pero «criticar» nos remite al relato del Éxodo (15, 4; 16, 2; 17, 3). En él, criticar o murmurar era lo que hacían los que no tenían fe en Dios.

Así que la crítica indica falta de fe. Y se aborda este asunto en la respuesta de Jesús. Pues les dice él en parte: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna».

Y no se desdice Jesús de lo que ha dicho. Vuelve a decir que él es el pan de la vida, el pan del cielo. Y que los que coman de él no morirán.

Pero les aclara también Jesús a los que mumuran que venir a él no se debe a la obra humana. Él les dice: «Nadie puede venir a mí, sino lo trae el Padre que me ha enviado».

Para ser del Hijo, pues, no puede uno confiar ni en la sabiduría de los hombres ni en las obras de la ley. El Padre le tendrá que enseñar. Y el que escucha al Padre y aprende de él no puede sino ir al Hijo.

No aceptar lo perecedero es correr el riesgo de rechazar lo imperecedero.

Parece, pues, que se les advierte a los que se presumen de sabérselo todo. Les introduce Jesús la fe que les faltaba a los que comieron el maná y murieron.

Pero tendrán vida eterna, sí, los creyentes; la fe quiere decir la resurrección en el último día. En cambio, los observantes que murmuran por falta de fe morirán.

El murmurar de ellos se debe a que es humano Jesús; esto es la piedra que los hace tropezar. Y más tarde tropezarán aún más. Es que él dirá: «El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo».

Es curioso que esto lo diga él; no quiere que trabajemos por el alimento perecedero. Y, ¿no es la carne alimento perecedero? Pero lo que ha dicho lo reiterá él cuatro veces más. Y por su carne y sangre, —alimento perecedero—, los creyentes podemos compartir la plenitud del Verbo imperecedero. Compartir gracia tras gracia y la verdad, y se impedirá a que nos echemos a perder.

Claro, nos cuesta entenderlo. Pero cual todo misterio, esto se vive más que se razona (san Buenaventura). Se acepta la invitación: «Venid», para ver desde el Padre y Jesús en la luz del Espíritu Santo (Jn 1, 39). Luego se vive la pobreza que supone el seguir al que llama. Es que se dan de lado las seguridades, certezas y méritos que se amasan con observar la ley.

Los fieles al llamamiento, pues, serán del grupo de los pobres de Yahvé, gente de fe sencilla y viva (SV.ES XI:120, 462). A ellos les da a conocer el Padre los misterios que esconde a los satisfechos.

Señor Jesús, haz que nos alimentemos de tu carne y sangre. Cobraremos así fuerza para el camino largo y duro. Así también, perseveremos en imitar a Dios y vivir en el amor, hasta que nuestro ser perecedero se vuelva imperecedero.


8 Agosto 2021

19º Domingo de T.O. (B)

1 Re 19, 4-8; Ef 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51