Nineteenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Accursed for the sake of my own people (Rom 9, 3)

God makes use of both the storm and the calm. What is important, regardless of the means used, is to get to know him intimately and to be faithful to his revelation.

On Sinai, thunder, lightning, thick clouds, fire, smoke and earthquake herald the epiphany of the supreme Lawgiver. He is the Lord of nature and history.

On the same mountain, God appears to the prophet Elijah. The one taking refuge in a cave is commanded to go out to stand before God for when he passes. There comes a very strong and violent wind, then an earthquake, and finally, fire. But God is not in them; Elijah senses the divine presence in a light silent sound.

Yes, God reveals himself to us in different ways and on many occasions to assure us of his close, compassionate and merciful presence. He makes it known to us who find ourselves alone and helpless (“I alone remain, and they seek to take my life”) that his mastery over all things is provident and efficacious whether accompanied or not by a display of power. He reassures us who are despairing and exhausted, so that we may have the courage to live up to our being his chosen ones.

It is not infrequent that we dishonor the Christian name. We are as capable as the descendants of Israel, favored with countless blessings, of paying back God’s goodness with unfaithfulness, of putting our traditions ahead of his words, of regarding ourselves better than others, of boasting of our works, forgetful of grace. We disregard the pure religion before God, turning our backs on our needy brothers and sisters, and even fostering oppression, intimidation and malicious speech, directed to immigrants, for example.

Moreover, we take part with so much delight in the hustle and bustle of the market that, without knowing it, we become more thieves than prayerful human beings, and we spin the teaching, “You cannot serve God and mammon.” We come close to falling into idolatry, almost putting our trust in money and betraying our vocation.

Steadfastness in our calling supposes, according to St. Vincent de Paul, a life of interiority, openness to great and holy affections and ideals, not closeness (Coste XII:92-93). To be God’s and not our own means to imitate Jesus, prayerful, recollected, passionately consecrated to the evangelization of the poor.

That is to say, in order not to sink, in order to stay running in the Christian race, it is enough for us to keep our eyes fixed, not on the turbulence or the stillness, but on the one who endured the cross and is now seated at the Father’s right hand. He who became a curse for us gives his body up and sheds his blood for us so that we may do likewise and thus remain faithful to the end.


VERSIÓN ESPAÑOLA

19º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Proscrito por el bien de mis hermanos (Rom 9, 3)

Dios se sirve tanto de la tempestad como de la bonanza. Lo importante, sea cual sea el medio usado, es lograr conocerle íntimamente y ser fiel a su revelación.

En Sinaí, truenos y relámpagos, nube espesa, fuego, humo y terremoto pregonan la manifestación del Legislador supremo. Él es el Señor de la naturaleza y de la historia.

En el mismo monte se aparece el Señor al profeta Elías. Se le manda al refugiado en una cueva salir a ponerse ante Dios para cuando pase. Viene un viento huracanado muy poderoso, luego un terremoto y finalmente un fuego. Pero en ellos no está Dios; en un susurro siente Elías la presencia divina.

De distintas maneras, sí, y en muchas ocasiones se nos revela Dios para asegurarnos de su presencia cercana, compasiva, misericordiosa. Da a conocer a los que nos encontramos solos e indefensos («Sólo quedo yo, y me buscan para matarme») que su soberanía universal es siempre providente y eficaz, acompañada o no de despliegue de poder. Nos tranquiliza para que los desesperados y agotados nos animemos a cumplir con nuestra elección.

Deshonramos no pocas veces nuestro nombre de cristiano. Somos tan capaces como los descendientes de Israel, favorecidos con innumerables bendiciones, de pagar la bondad de Dios con infidelidad, de anteponer nuestras tradiciones a sus palabras, de considerarnos superiores a los demás, de gloriarnos de nuestras obras, olvidadizos de la gracia. Descartamos la religión pura a los ojos de Dios, cerrándonos a nuestros hermanos necesitados, y siquiera promoviendo la opresión, la intimidación y la maledicencia, dirigidas, por ejemplo, a los inmigrantes.

Además, con tanto gusto participamos en el bullicio del mercado que nos hacemos, sin darnos cuenta, más ladrones que orantes, y adulteramos la enseñanza: «No podéis servir a Dios y al dinero». Por poco caemos en la idolatría, casi confiando en el dinero y renegando nuestra vocación.

La firmeza en la vocación supone, según san Vicente de Paúl, la vida interior, la abertura a grandes y santos afectos e ideales, no la clausura (XI:397-398). Ser para Dios y no para nosotros mismos quiere decir imitar a Jesús, hombre de oración, recogido, apasionadamente consagrado a la evangelización de los pobres

Es decir, para no hundirnos, para permanecer en la carrera cristiana, basta con que nos fijemos, no en nosotros mismos, no en la turbiedad ni la tranquilidad, sino en el que soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del Padre. El que se hizo maldición por nosotros entrega su cuerpo y derrama su sangre por nosostros, para que lo mismo hagamos y así quedemos fieles hasta el fin.