Nativity of St. John the Baptist, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
He was not the light, but came to testify to the light (Jn. 1:8—NABRE)

Jesus is John the Baptist’s reason to be. John’s vocation since his conception is to be the prophet of the Most High (Lk. 1:76). His greatness in the sight of the Lord is relative to his being the one to prepare the ways of the Son of the Most High who deserves absolutely the attribute “great” (Lk. 1:15, 32). John shows his Master’s glory because he is the humble servant who deems himself unworthy to unfasten the sandals of Jesus’ feet. His complete joy, his pride, is—as St. Vincent de Paul urges us to remember [1]—to see Jesus increase while he himself decreases (Jn. 3:29-30).

It is basically for the same reason that we were conceived and born. Ours is the vocation to be Jesus’ witnesses in known and unknown places (Acts 1:8); ours the mission to go and proclaim him to all creation (Mk. 16:15). The motive for such missionary vocation is the bringing about of the new creation. New creation means to be in Christ (2 Cor. 5:17) or, as St. Vincent puts it, to be clothed with Jesus Christ or to be thoroughly caught up in him [2].

Christ’s disciples are, accordingly, named Christians, which goes to show we are no longer a mere sect, within Judaism, made up of Jews and Gentile proselytes (Acts 11:26). Doesn’t the name elicit objection because it seems to indicate break with the past rather than continuity, that there is no one among our relatives who has this name? Wouldn’t the name be even more objectionable should it come from a woman? Do we not continue to brush aside the interventions of women unless they are corroborated by men, as was the case with St. Elizabeth and also with St. Mary Magdalene and the other women who went with her to the tomb?

But no matter, the truth is that to be a Christian is to testify to the one who said plainly that he had not come to abolish the law or the prophets but to fulfill them (Mt 5:17). The law and the prophets are continued and fulfilled in Jesus—even if there are those who see Christianity as an aberration of the Jewish tradition, and not simply a break from it, just as there are Lefebvrists who denounce Vatican II.

Self-complacency, however, cannot belong to us who defend continuity that perhaps gives us a false sense of security of salvation without conversion (cf. Lk. 3:8). In fact, the Christian fulfillment of the law and the prophets supposes rupture too. Jesus teaches something unheard-of; he pronounces the poor and the persecuted blessed, and demands a radical righteousness that surpasses that of the scribes and the Pharisees (Mt. 5). He likewise advocates for a return to the original and fundamental sources, and breaks with the tradition, on account of which the commandment of God is broken or his word nullified (Mt 15:1-20; 19:4-8). Finally, realizing completely in himself the new commandment, Jesus shows himself to be opposed to the saying the powerful go by that “might makes right”; he humbles himself and becomes obedient to death on the cross, because of which he is given a name that is above every name (Phil. 2:8).

We will fully partake of that name insofar as we are faithful to our Christian calling and we embrace both the continuity and the break revealed in Jesus. We suffer and get tired, yes. Due to this, we perhaps wonder if we have not toiled in vain (Mt. 11:2-3). Or maybe we are tempted to collude with the wealthy, preferring to accumulate gold and silver, as treasure, to welcoming the poor (cf. Mt 6:24). But we find encouragement in our participation in the sacred banquet. There, as we get nourished with the body and blood of Christ and recall his passion, our mind is filled with grace and a pledge is given of the recompense our God reserves for us.

NOTES:

[1] P. Coste XII, 272.
[2] Ibid., XI, 343; I, 295.


VERSIÓN ESPAÑOLA

La Natividad de San Juan Bautista, Año B-2012

No era él la luz, sino testigo de la luz (Jn 1, 8)

Jesús es la razón de ser de san Juan Bautista. La vocación de Juan, desde su concepción, es ser profeta del Altísimo. Su grandeza a los ojos del Señor es relativa a que él es quien prepara los caminos del hijo del Altísimo que se merece en absoluto el atributo de grande. Juan manifiesta la gloria de su Amo porque es el humilde siervo que no se cree digno siquiera de desatarle las sandalias a Jesús. Su plena alegría, su orgullo, es—como insta san Vicente de Paul a que lo recordemos (XI, 561)—ver a Jesús crecer mientras él mismo mengüa.

Por básicamente la misma razón se nos concibió y se nos dio a luz. Nuestra es la vocación de ser testigos de Jesús en lugares conocidos y desconocidos; nuestra la misión de ir y proclamarlo a toda la creación. El motivo de tal vocación misionera es la formación de la nueva creación. Ésta significa estar en Cristo o, como lo dice san Vicente, revestirse uno de Jesucristo o empaparse de él hasta los tuétanos (XI, 236; I, 320).

A los discípulos de Cristo, por tanto, se nos llama cristianos, lo que indica que ya no somos una mera secta, dentro del judaísmo, compuesta de judíos y prosélitos gentiles. ¿Acaso no provoca el nombre objeción, pues parece representar ruptura más que continuidad, que ninguno de nuestros parientes se llama así? ¿No sería aun más inaceptable el nombre si viniera de una mujer? ¿No seguimos no haciéndoles caso a las intervenciones femeninas no sea que queden corroboradas por los varones, como en el caso de santa Isabel y en el de santa María Magadalena y las otras mujeres que fueron con ella al sepulcro?

Pero no importa. La verdad es que ser cristiano es dar testimonio del que dejó claro que no había venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud. La ley y los profetas se continúan y se cumplen a lo sumo en Jesús—si bien hay aquellos que ven el cristianismo como una aberración, más que una simple ruptura, de la tradición judía, al igual que hay lefebvristas denunciadores del Concilio Vaticano II.

La autocomplacencia, sin embargo, no puede ser de los que defendemos la continuidad que quizás nos da un sentido falso de seguridad de la salvación sin la conversión. De hecho, el cumplimiento cristiano de la ley y los profetas supone ruptura también. Jesús enseña algo nunca oído; les pronuncia dichosos a los pobres y a los perseguidos, y exige una justicia radical que supere la de los escribas y de los fariseos. Aboga asimismo por el retorno a las fuentes originarias y fundamentales, y rompe con la tradición, a causa de la cual se quebranta el mandamiento de Dios o se anula su palabra. Finalmente, realizando completamente en sí mismo el nuevo mandamiento, Jesús se muestra en contra del dicho de los potentes de que «allá van leyes, do quieren reyes»; se rebaja hasta someterse a la muerte de cruz, por eso se le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Seremos plenamente partícipes del santo nombre en la medida en que seamos fieles a nuestro nombramiento cristiano y abracemos tanto la continuidad como la ruptura manifestadas en Jesús. Sufrimos y nos cansamos sí. Debido a esto tal vez nos preguntamos si no en vano hemos trabajado duro. O quizás se nos tienta a tener contubernio con los ricos, prefiriendo acumular oro y plata, como tesoro, a acoger a los pobres. Pero se nos anima a los que participamos en el sagrado convite. Allí, mientras nos nutrimos del cuerpo y la sangre de Cristo y nos acordamos de su pasión, se llena de gracia el alma y se nos da una prenda de la recompensa que nuestro Dios nos reserva.