Mary, Mother of God, Year 2022

From Vincentian Encyclopedia
Claims that Are Sacrilegious and Outrageous

Jesus is our Savior. He saves us from sin and frees us from those with sacrilegious claims. And he gives us his Holy Name.

Jesus is born in Bethlehem. And shepherds visit him, the ones that we deem the least to make claims to greatness. But God makes known to them through an angel the Savior’s birth.

No doubt, the mention of Bethlehem and of the shepherds sends us back to the choice and anointing of David. God took him from being a shepherd so that he might lead Israel. He is the youngest son.

There is thus a hint that Jesus is the Savior that God raises up in the house of David. He is the Messiah who fulfills all the law and the prophets promise. That is why the crowds will later hail him with hosannas. They will proclaim: “Blessed is the king who comes in the Lord’s name. Peace in heaven and glory in the highest.”

But there is also the reminder about God’s way. He does not see as the humans who look at the appearance. And he who looks at the heart favors the lowly who cherish his words (Is 66, 2). He lifts them up and he fills the hungry with good things.

And the Might One does great things for them. He even makes a virgin, his lowly maidservant, bear a son. He does so since his name is holy and his mercy knows no bounds.

But he rejects those who brim with claims to crush others. Hence, he scatters the haughty and brings down those in power from their thrones. He sends away empty the rich who are never filled.

Since they never have enough, they keep want and hoard more goods. And they swell with the devil’s claims (Lk 4, 1-13). Such claims fester; they ooze poison, greed, wrath, hate, violence.

Holy claims that fit Jesus’ Holy Name

The Holy Name the angel revealed to St. Joseph means Savior. Rightly, then, will Peter preach later, “There is no other name under heaven by which we must be saved.” Paul, in turn, will urge that at Jesus’ name every knee bend and every tongue proclaim him Lord.

Yes, the baby that lies in the manger, born of a lowly woman in lowly surroundings, is our Savior. He is with us so that we may become God’s children. So that we may fondly call God “Father.”

So, we are all God’s children. And our Savior, in turn, is not ashamed to call us his siblings (Heb 2, 11). Would it not turn out sacrilegious, then, for us to make claims that we are masters to others? That they must bow down to us?

And the holy claims, of course, are about vying with each other to respect others (Rom 12,10). To see them as more important than ourselves (Phil 2, 3). To be with them at weddings, deaths, prayers (Jn 2, 1-11; 19, 25; Acts 1, 14; SV.EN XII:222). And, no doubt, fitting the name of Jesus and his followers are the Messiah’s claims to rule and power.

This rule does not treat others as servants but as friends (Jn 15, 15; SV.EN III:319). Nor does it play the master (SV.EN XI:311; see this also).

And such power makes justice and peace thrive, and saves the poor (Ps 72, 2. 7. 12-14). It is power to ride a donkey in triumph for the sake of truth and justice (see Ps 45, 5).

Lord Jesus, grant that your Holy Name fill us with blessings. Imbue us with your claims to serve and to give up your body and shed your blood as a ransom for all.


1 January 2022

Holy Mary, Mother of God

Num 6, 22-27; Gal 4, 4-7; Lk 2, 16-21


VERSIÓN ESPAÑOLA

Pretensiones sacrílegas e indignantes

Jesús es nuestro Salvador. Nos salva del pecado; nos libera de los con pretensiones sacrílegas. Y nos da su Santo Nombre.

Nace Jesús en Belén. Y le visitan los pastores, de los cuales menos se espera que abriguen pretensiones de grandezas. Pero Dios les ha dado a conocer por un ángel el nacimiento del Salvador.

Por supuesto, la mención de Belén y de los pastores nos remite a la elección y unción de David. Lo sacó Dios de ser pastor para que fuera jefe de Israel. Era el hijo más pequeño.

Así se nos dice que Jesús es el Salvador al que Dios suscita en la casa de David. Es el Mesías que cumple las promesas de la ley y los profetas. Es por eso que más tarde las gentes lo aclamarán con hosannas. Dirán: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto».

Pero también se nos recuerda el proceder de Dios; no mira él como los hombres que miran las apariencias. Y el que mira el corazón aprecia a los pequeños que respetan sus palabras (Is 66, 2). Los enaltece él y a los hambrientos los colma de bienes.

Y por ellos hace grandes obras el Poderoso. Aun hace que una virgen, su humilde esclava, dé a luz un hijo. Es que su nombre es santo y su misericordia para sus fieles no tiene límite.

En cambio, rechaza él a los que rebosan de pretensiones de dominar. Por lo tanto, dispersa a los soberbios y derriba del trono a los poderosos. Y los despide vacíos a los ricos que no se sacian nunca.

Debido a tal insaciabilidad, amasan ellos más y más bienes. Y rezuman las pretensiones del diablo (Lc 4, 1-13). Esas pretensiones supuran; destilan veneno, codicia, ira, odio, violencia.

Pretensiones santas, dignas del Santo Nombre de Jesús

El Santo Nombre que el ángel ha revelado a san José quiere decir Salvador. Con razón, predicará más tarde Pedro: «No se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos». Pablo, a su vez, exhortará que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame: «¡Jesucristo es Señor!».

Sí, el niño acostado en el pesebre, nacido de una mujer humilde en circunstancias humildes, es nuestro Salvador. Está él con nosotros para que seamos hijos de Dios. Para que podamos llamar «Padre» a Dios con cariño.

Todos, pues, somos hijos de Dios. Y nuestro Salvador, a su vez, no se avergüenza de llamarnos hermanos (Heb 2, 11). Entonces, ¿no nos resultará sacrílego tener pretensiones de ser señores de los demás, de tiranizarlos?

Y tener las pretensiones santas, claro, quiere decir ser los primeros en respetar a los demás (Rom 12, 10). Considerarlos más importantes que nosotros (Fil 3, 2). Estar con ellos en las bodas, las muertes, las oraciones (Jn 2, 1-11; 19, 25; Hch 1, 14; SV.ES XI:560). Y no hay duda de que dignas del nombre de Jesús y de sus discípulos son las pretensiones de mando y poder del Mesías.

Ese mando no trata a los demás como servidores, sino como amigos (Jn 15, 15; SV.ES III:296). Ni tiene jamás la pasión de ser el maestro (SV.ES XI:238; véase esto también).

Y tal poder hace crecer la justicia y la paz, y salva a los pobres (Sal 72, 2. 7. 12-14). Es poder para montar a asno por la verdad y la justicia (Sal 45, 5).

Señor Jesús, haz que tu Santo Nombre nos colme de bendiciones. Imbúyenos de tus pretensiones de servir y de entregar tu cuerpo y derramar tu sangre en rescate por todos.


1 Enero 2022

Santa María, Madre de Dios

Núm 6, 22-27; Gál 4, 4-7; Lc 2, 16-21