Fourth Sunday of Lent, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Banquet for the holy and not so holy

Jesus invites even sinners to the banquet of the kingdom.

The strict practitioners of religion complain once again because Jesus welcomes sinners and eats with them. Again, too, he does not back down, but doubles down instead on his resolve to carry out an important aspect of his mission, which he has already enunciated earlier thus: “Those who are healthy do not need a physician, but the sick do. I have not come to call the righteous to repentance but sinners.”

Jesus affirms this mission when Simon the Pharisee, who has invited him to dinner, starts to doubt him, seeing that he lets a female public sinner touch him. He does not feel beholden even to his host. He denounces even the host, another Pharisee, who is amazed that his guest does not wash before eating.

Clearly, Jesus is a sharp contrast to an ambitious politician who does not dare express an opinion contrary to the one held by someone who entertains him with a sumptuous banquet. Nor does the Teacher give in to “friends” who cannot bear the presence of “unclean” people in a banquet.

Jesus is also unlike not a few of us. Too preoccupied perhaps about our own “nice person” image, we keep quiet in the presence of acquaintances who are being influenced by rich candidates who, playing on citizens’ anger and fear, call for the building of walls, not of bridges.

Jesus is the presence of the invisible God who celebrates with a banquet the sinner’s return. He makes it clear, moreover, that to be feted with a banquet is not a matter of merits or demerits, of whether one is the older son, faithful and hardworking from the first hour, or the wayward and lazy younger son who is the last to go to work.

That is to say, the banquet is due only to the Father’s grace, goodness and mercy. To think that we deserve to be lavished with a banquet, while the marginalized sinners do not, is to fail “to refer it all to God from whom all good comes,” to quote St. Vincent de Paul (SV.FR XI:340).

And if such thinking is not to try to rebuild the wall of separation between Jews and Gentiles already torn down by Christ, it surely is living in a bubble of vanity and banquets. It is to examine others, which varies from the Pauline teaching: “A person should examine himself, and so eat the bread and drink the cup.”

Lord, grant us to understand and live the teaching, “The Eucharist … is not a prize for the perfect but a … nourishment for the weak” (EG 47) on the way to justification.


March 6, 2016

4th Sunday of Lent (C)

Jos 5, 9a. 10-12; 2 Cor 5, 17-20; Lk 15, 1-3. 11-32


VERSIÓN ESPAÑOLA

Festín para los santos y poco santos

Al festín del reino invita Jesús incluso a los pecadores.

Murmuran una vez más los observantes estrictos de la religión porque Jesús acoge a los pecadores y come con éllos. Y una vez más no se echa atrás él, sino que se muestra aún más resuelto a cumplir con un aspecto importante de su misión, aseverado antes de esta manera: «No tienen necesidad del médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores para que se conviertan».

Esta misión la afirma Jesús cuando el fariseo Simón, quien le ha invitado a su mesa, se pone a dudar de él, viéndolo a su invitado dejarse tocar por una pecadora pública. Jesús no se siente endeudado ni a su anfitrión. Hasta denuncia al anfitrión, otro fariseo, que se extraña que su huésped coma sin lavarse primero.

Claramente, Jesús se diferencia enormemente del político ambicioso que no se atreve a expresar opinión contraria a la del que le agasaja con un festín. El Maestro no se rinde ni a «amigos» que no toleran la presencia de los «inmundos» en un banquete.

Jesús no es como no pocos de nosotros tampoco. Demasiado preocupados quizás de nuestra imagen de persona simpática, nos callamos ante conocidos que se están dejando influir por candidatos ricos que, jugando con la ira y los temores de los ciudadanos, construirán muros en lugar de puentes.

Jesús es la presencia del Padre celestial invisible que celebra con un festín la conversión del pecador. Queda claro además que ser festejado no es cuestión de méritos ni de deméritos, de si uno es el hijo mayor, muy fiel y trabajador desde la primera hora, o el hijo menor, descarriado y perezoso, el último en poner la mano a la obra.

Es decir, el festín se debe solo a la gracia, la bondad y la misericordia del Padre. Creer que somos dignos de ser agasajados con un festín por nuestras obras buenas, y los pecadores marginados no, es dejar de «atribuirlo todo a Dios, de quien procede todo bien», por citar a san Vicente de Paúl (SV.ES XI:232).

Y si creer así no es tratar de reconstruir el muro de separación entre judíos y gentiles, derribado ya por Cristo, es encerrarnos, ciertamente, en una burbuja de vanidad y banquetes. Es examinar a los demás, lo que varía de la enseñanza paulina: «Examínese cada uno a si mismo antes de comer el pan y beber el cáliz».

Señor, concédenos entender y vivir la enseñanza: «La Eucaristía … no es un premio para los perfectos sino … un alimento para los débiles» (EG 47), en vías de justificación.


6 de marzo de 2016

Domingo 4º de Cuaresma (C)

Jos 5, 9a. 10-12; 2 Cor 5, 17-20; Lc 15, 1-3. 11-32