Fourth Sunday of Lent, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
The light shines in the darkness (Jn. 1:5—NABRE)

According to last Sunday’s gospel, Jesus understood human nature well, and therefore, he would not entrust himself to those who believed in his name after seeing the signs he did. Is the Pharisee Nicodemus among the untrustworthy ones?

Nicodemus shows up before Jesus at night. He declares himself a believer because of the signs done by Jesus. ‘Night’ has nothing to do at all with deals forged in a smoke-filled backroom by careerists and schemers smelling of alcohol (wouldn't it be shameful even to mention the selfish maneuvers that take place in those conclaves?—Eph. 5:12). One, as a matter of fact, can make a case for ‘night’ underscoring the commitment of this ruler of the Jews, a teacher who burns the midnight oil [1].

But ‘nights’ suggests perhaps lack of understanding, besides the secrecy of the visit that colleagues should not know about lest they censure. Nicodemus misunderstands, in fact, Jesus’ saying about the need to be born from above. The latter explains—as though to elaborate on Jn. 1:12-13—that it is about being born of water and the Spirit. But the former asks still how all this can happen. Nicodemus gives himself away: he does not wholly believe in Jesus, notwithstanding the title of Rabbi he has given him; he lacks the student’s docility that is necessary to learn from his master [2].

Jesus expresses surprise. Perhaps the teacher of Israel is expected to be familiar with Ezekiel’s prophecies about the water and Spirit of life (34:25-28; 37:14; 47:1-12) [3]. Jesus then says, “No one has gone up to heaven except the one who has come down from heaven.” Denied, in effect, are other visionaries’ categorical claims to have knowledge of heavenly matters [4]. It is implied as well that, while the law was given through Moses, the grace and truth came through Jesus Christ to give us eternal life.

Indeed, life is attained through faith in Jesus, the destroyed temple but raised up in three days. This is the grace, the truth, pointed out by all the signs that are meant to reveal progressively the glory of the Father’s only Son. And the revelation of the glory culminates on the cross. One is not an authentic believer, and the signs are of no use to him and he does not understand, unless he knows the one lifted up like the serpent in the desert.

The cross gives witness to the life of one whose trust is put wholly on God or on grace, which is not from human beings, but rather the gift of God, who inspires even the powerful to carry out his providential designs. This blessed life of one who empties himself of all worries about human security, of all the grumbling that is as venomous as serpents, and of the desire for praise and the fear of censure—such life contrasts sharply with the cursed life of one who, seeking his strength in flesh (Jer. 17:5-8), ends up spoiling everything, as St. Vincent de Paul puts it [5].

But above all the cross is the fullness of the revelation of God as love: “For God so loved the world that he gave his only Son, so that everyone who believes in him might not perish but might have eternal life.” The cross proclaims that the most intimate and unique union of love between the Word and God overflows in such a way that it reaches out, as invincible light, into the darkness [6], and abounds all the more, as grace, where sin abounds (Rom. 5:20).

No wonder, therefore, that we are admonished: whoever is without love does not know God and remains in death (1 Jn. 4:8; 3:14); whoever hates his brother is still in the darkness (1 Jn. 2:9); the light rises in darkness for whoever does works of justice and mercy (Is. 58:6-10); whoever knows the grace of Jesus Christ sees to it that his surplus supplies the needs of others (2 Cor. 8:9, 14); the whole law is summed up in just one commandment that certainly forbids us from biting and devouring one another, lest we destroy one another (Gal. 5:14-15); whoever does not recognize the body of Christ in the poor condemns himself to sickness and death (1 Cor. 11:17-34).

NOTES:

[1] The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1990) 61:49.
[2] Cf. http://www.biblegateway.com/resources/commentaries/IVP-NT/John/Glory-Begins-Be-Revealed (accessed March 10, 2012).
[3] Ibid.
[4] The New Jerome Biblical Commentary 61:52.
[5] P. Coste XI, 343.


VERSIÓN ESPAÑOLA

4° Domingo de Cuaresma, Año B-2012

La luz brilla en las tinieblas (Jn. 1, 5)

Según el evangelio del domingo pasado, Jesús conocía bien la naturaleza humana y, por eso, no confiaba en aquellos que creyeron en su nombre al ver sus signos. ¿Se incluye entre los que no son de confiar el fariseo Nicodemo?

Nicodemo se presenta de noche ante Jesús. Se declara creyente a base de los signos. Por «noche» no se refiere de ninguna manera a arreglos nefarios fraguados por arribistas reunidos, oliendo a licor, en una zorrera (¿no daría vergüenza aun mencionar las maniobras egoístas que se hacen en esos cónclaves?—cf. Ef. 5, 12). En realidad, se puede argüir que «noche» resalta la dedicación del líder judío, un maestro que trasnocha, quemándose las pestañas.

Pero «noche» puede connotar falta de comprensión, además de denotar una visita a escondidas de la cual no deben saber colegas que vituperen. Nicodemo, de hecho, no comprende nada sobre la necesidad de nacer de nuevo. Explica Jesús que se trata de nacer de agua y del Espíritu (cf. Jn. 1, 12-13). Pero Nicodemo todavía pregunta cómo será posible todo aquello. Se ve que no cree en Jesús del todo, a pesar del título de rabí que le ha dado, ni tiene la docilidad del discípulo necesaria para aprender del maestro.

Jesús se sorprende. A lo mejor se le espera al maestro de Israel tener familiaridad con el agua y el Espíritu de vida en las profecías de Ezequiel (34, 25-28; 37, 14; 47, 1-12). Jesús declara luego que «nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre». Se les desmiente efectivamente a los visionarios que pretenden conocer cosas celestiales. Se da a entender también que, mientras la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, con motivo de darnos vida eterna.

La vida se alcanza sí por medio de la fe en Jesucristo, el templo destruido y en tres días levantado. Ésta es la gracia, la verdad, que señalan todos los signos cuya razón de ser es revelar progresivamente la gloria propia del único Hijo del Padre. Y la revelación de la gloria culmina en la crucifixión. Uno no es creyente auténtico, y no le sirven para nada los signos ni comprende, hasta que conozca al elevado cual la serpiente en el desierto.

La cruz da testimonio de la vida del que tiene su confianza puesta totalmente en Dios o en la gracia que no se debe a los hombres, sino que es don de Dios, el cual inspira siquiera a los poderosos a llevar a cabo sus designios providenciales. Esta bendita vida del que se vacía de todas las preocupaciones por la seguridad humana y de las mumuraciones, venenosas como las serpientes, y del deseo de la alabanza y del miedo al vituperio—esta vida contrasta profundamente con la maldita vida del que, buscando su fuerza en la carne (Jer. 17, 5-8), lo estropea todo, como lo diría san Vicente de Paúl (XI, 236).

Pero la cruz es sobre todo la plenitud de la revelación de Dios como amor: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». La cruz proclama que la unión de amor, muy íntima y sin igual, entre la Palabra y Dios se desborda de modo que se extiende, como luz inextinguible, a la oscuridad, y sobreabunda, como gracia, allí donde abunda el pecado (Rom. 5, 20).

No es de extrañar, pues, que se nos amonesta: el que no ama, no conoce a Dios y permanece en la muerte (1 Jn. 4, 8; 3, 14); el que odia a su hermano está todavía en las tinieblas (1 Jn. 2, 9); le brilla su luz en las tinieblas al que hace obras de justicia y misericordia (Is. 58, 6-10); el que conoce la gracia de Jesucristo procura que su abundancia supla la necesidad de otros (2 Cor. 8, 9. 14); toda la ley se resume en un solo mandamiento que ciertamente nos prohíbe mordernos y devorarnos para que no nos destruyamos unos a otros (Gal. 5, 14-15); el que no reconoce el cuerpo de Cristo en los pobres se condena a la enfermedad y la muerte (1 Cor. 11, 17-34).