Fourth Sunday of Lent, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Light produces every kind of goodness and righteousness and truth (Eph 5, 9)

Jesus opens the eyes of the blind. We are not blind if we believe in Jesus and go about doing good, without fear of the powerful and virulent opponents of the truth.

Jesus corrects our vision, disciples that we are who cling to a common generalization and think as Job’s friends. The poor are blamed for their own miseries. It is even pointed out: “We have got this tailspin of culture, in our inner cities in particular, of men not working and just generations of men not even thinking about working or learning the value and the culture of work, and so there is a real culture problem here that has to be dealt with” (U.S. Congressman Paul Ryan). Such an unthinking belief robs us of the opportunity to shine our light before others, that they may see our good deeds and glorify God.

Jesus gives a clearer vision to us neighbors of many in need. The dissonance between the image etched in our minds of the glorified Jesus and the repulsive appearance of a homeless person makes us cringe and rationalize, “The latter is not the former,” although we have read many times over in the Gospel of Matthew, and in the conferences of St. Vincent de Paul, that the poor represent the Son of Man, and that the crucifixion, according John the Evangelist, is the moment of glorification. We do not altogether see with the eyes of faith.

Jesus opens our eyes, we who are the worst of the blind for refusing to see. We imitate the Pharisees.

They say that indeed they see, but only those things that interest them: impressive appearances, power, control. It is more important to them that their most certain doctrines are kept than that a blind man gets to see. They thus disregard the salvation of souls as the supreme law and neglect justice, mercy and fidelity.

To advance their agenda and careers, the Pharisees serve at once as prosecutors, judges and juries. They intimidate the defenseless to extract confessions, they ridicule and excommunicate. They are hardly distinguishable from those referred to by Pope Francis: “It always pains me greatly to discover how some Christian communities, and even consecrated persons, can tolerate different forms of enmity, division, calumny, defamation, vendetta, jealousy and the desire to impose certain ideas at all costs, even to persecutions which appear as veritable witch hunts” (EG 100). Are these persons the ones standing up to Francis? [1]

All these who judge on the basis of appearance are not suited to point to the others the way of faith. They will be blind guides. Only those who welcome even a stranger and share their bread can guide: their eyes are opened at the breaking of the bread; their light breaks forth like the dawn.


VERSIÓN ESPAÑOLA

4º Domingo de Cuaresma A-2014

Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz (Efes 5, 9)

Jesús abre los ojos a los ciegos. No somos ciegos si creemos en Jesús y pasamos haciendo el bien, sin miedo a los oponentes poderosos y virulentos de la verdad.

Nos corrige la vista Jesús a los discípulos que, aferrándonos a una generalización común, pensamos como los amigos de Job. Se les culpa a los desvalidos por su propias miserias. Se anota aun: «Hemos tenido esta caída en picado de la cultura, particularmente en los centros deteriorados de nuestras ciudades, de hombres que no trabajan y generaciones, nada más, de hombres que ni siquiera piensan en trabajar ni en aprender el valor ni la cultura del trabajo, de modo que existe aquí realmente un problema de cultura que hay que resolver» (Congresista estadounidense Paul Ryan). Tal creencia irreflexiva nos roba la oportunidad de alumbrar nuestra luz a los hombres, para que vean nuestras buenas obras y den gloria a Dios.

Una visión más clara nos da Jesús a los vecinos de muchos necesitados. La falta de conformidad entre la imagen de Jesús glorificado que tenemos grabada en la mente y la apariencia repulsiva de un sin hogar nos hace racionalizar estremecidos: «Éste no es aquél», aunque hemos leído muchas veces en el Evangelio de Mateo, y en las conferencias de san Vicente de Paúl, que los pobres representan al Hijo del Hombre, y que, según el evangelista Juan, la crucifixión es la glorificación. No del todo vemos con los ojos de la fe.

Nos abre los ojos Jesús a los peores ciegos por rehusar ver. Imitamos a los fariseos.

Ellos dicen que sí ven, pero solo las cosas que les interesan: las apariencias impresionantes, el poder, el control. Les importa más que sus doctrinas certísimas se conserven que un ciego consiga ver. Así descartan la salvación de las almas como la ley suprema y descuidan la justicia, la misericordia, la fidelidad.

Para promover su agenda y avanzar en sus carerras, los fariseos sirven a la vez de fiscales, jueces y jurados. Intimidan a los indefensos para extraer confesiones, improperan y excomulgan. Muy poco se distinguen de aquellos a quienes se refiere Papa Francisco: «Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas» (EG 100). ¿Son estas personas quienes se resisten a Francisco? [2]

Todos estos que juzgan a base de la apariencia no valen para señalar el camino de la fe a otros. Serán guías ciegos. Solo pueden guiar cuantos acogen incluso a un desconocido y comparten su pan: a ellos se les abren los ojos en la fracción del pan; su luz despunta como la aurora.