Fourth Sunday of Easter, Year C-2019

From Vincentian Encyclopedia
One Are Jesus and His True Followers

Jesus and the Father are one. And so are Jesus and his true followers. Needless to say, then, true followers cannot but be one in heart and mind.

One with us in every way, but in sinfulness, the Word made flesh feels the cold of winter. So, he walks about in the temple area on the Portico of Solomon. That is how he, along with many others, avoids the cold desert winds.

But Jesus cannot avoid those who earlier sought to stone him, those who did not like that he had said, “Before Abraham came to be, I am.” Now, though, they want him to tell them plainly if he is the Messiah. And they are clearly running out of patience. “How long are you keeping us in suspense?” they ask (literally, “How long will you take away our life?”). Are they perhaps threatening him? After all, they surround the one that they feel is not allowing them to go on with their lives.

But threatening or not, they get more than what they ask for. Jesus does not only answer that he told them already and that his works prove that he is the Messiah. He also explains why they do not believe: they are not among his sheep. And he says additionally:

My sheep hear my voice; I know them, and they follow me.
I give them eternal life, and they shall never perish.
No one can take them out of my hand. My Father, who has
given them to me, is greater than all
[an alternative translation reads: “As for the Father,
what he has given me is greater than all”], and no one can
take them out of the Father’s hand. The Father and I are one.

And Jesus’ claim that he and the Father are one leads them to pick up rocks again to stone him.

Of course, no one of us would stone Jesus. But is what he says of his sheep true of us personally?

Am I really one with him in thinking, feeling, seeing, hearing, touching, tasting and smelling? More concretely, do I feel for those who suffer? Am I not, as St. Vincent de Paul puts it (SV.EN XII:222), “a caricature of a Christian?”

Surely, hearing Jesus’ voice entails training. It means asking Jesus often what he would do if he were in my place (SV.EN XI:314).

And oneness with Jesus spells sympathy, compatibility, with him. Etymologically, ‘sympathy,’ ‘compatibility,’ means ‘suffering with.’ So, am I ready to suffer, with Jesus, persecution and great distress? To wash my robe white in, paradoxically, the blood of the Lamb?

Moreover, do I trust the Almighty? And do I give top priority to those whom he has given me to serve?

Lord Jesus, make us one with you and with one another. Never shaming poor people and not letting them go hungry, may we be true partakers of your Supper.


12 May 2019

Fourth Sunday of Easter (C)

Acts 13, 14. 43-52; Rev 7, 9. 14b-17; Jn 10, 27-30


VERSIÓN ESPAÑOLA

Uno son Jesús y sus verdaderos seguidores

Son uno Jesús y el Padre. Así son también Jesús y sus verdaderos seguidores. Huelga decir que los verdaderos seguidores no pueden sino tener un solo corazón y una sola alma

Semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, el Verbo incarnado, siente el frío invernal. Por eso, anda él por el templo, en el pórtico de Salomón. Así se escapa, junto con otros tantos, de los vientos fríos que vienen del desierto.

Pero no puede escaparse Jesús de aquellos que anteriormente intentaron apedrearle luego de decir él: «Antes que naciera Abrahán, yo soy». Pero esta vez quieren ellos que Jesús les diga claramente si él es el Mesías. Y se les está agotando la paciencia, pues, dicen: «¿Hasta cuándo nos tendrás en vilo?» (literalmente: «¿Hasta cuándo nos quitarás la vida?»). ¿Acaso le amenazan? Después de todo, le rodean al que, según el pensar de ellos, los impide llevar una vida normal.

Pero amanezantes o no, reciben ellos más de lo que piden. No solo les contesta Jesús que sí se lo dijo ya y que sus obras dan testimonio de él. Les aclara además la razón de su incredulidad. Es que ellos no son de sus ovejas. Les dice a continuación:

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco,
y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna;
no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará
de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que
todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de
la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Y nada más afirmar Jesús la unión entre él y el Padre, los que se oponen a él intentan de nuevo apedrearlo.

No somos, por supuesto, de los que intentan apedrear a Jesús. Pero lo que dice él de sus ovejas, ¿esto se puede decir de nosotros verdadera y personalmente?

¿Pienso, siento, veo y oigo yo realmente como Jesús? ¿Coinciden mi tacto, mi gusto y mi olfato con los de él? Más concretamente, ¿tengo compasión de las personas que sufren? ¿Acaso no soy, —como lo expresa san Vicente de Paúl (SV.ES XI:561)—, un «cristiano en pintura»?

Seguramente, escuchar la voz de Jesús supone una u otra forma de formación. Por una parte, tengo que preguntarle habitualmente qué haría él si estuviera en mi lugar (SV.ES XI:240).

Y ser unido a Jesús connota compatibilidad o simpatía con él. Etimológicamente, «compatibilidad», «simpatía», significa «padecer con». Así pues, ¿estoy yo dispuesto a padecer, con Jesús, persecuciones y tribulaciones? ¿A lavar y blanquear mi vestidura, —de modo paradójico—, en la sangre del Cordero?

¿Confío yo además en el Todopoderoso? Y, ¿les doy yo la máxima prioridad a las personas que él me ha dado para que yo les sirva?

Señor Jesús, haz que nosotros seamos unidos a ti y unos a otros. Sin avergonzar nosotros a los pobres y sin dejar que pasen hambre, ojalá participemos dignamente de tu Cena.


12 Mayo 2019

4º Domingo de Pascua (C)

Hech 13, 14. 43-52; Apoc 7, 9. 14b-17; Jn 10, 27-30