Fourth Sunday of Easter, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
I have neither silver nor gold, but what I do have I give you (Acts 3:6—NABRE)

St. Peter assures the leaders of the people and the presbyters that there is no salvation except in Jesus and through his name. This pronouncement—infallible, for sure—by the first Pope is at the heart of the Church’s faith and preaching.

The Church cannot but affirm without ambiguity “the unicity and salvific universality of Jesus Christ and the Church” [1]. The Church will not be the authentic Church of Jesus if it compromises with those who deny and put in doubt this fundamental Christian truth.

But to accept the basic truth that Jesus is the only universal savior, the one mediator between God and men, a truth that rules out indifferentism that holds that one religion is as good as another, does not mean that we who make up the Church can disrespect the other religions of the world [2]. With regard to this, we will imitate Jesus and represent him, with our eyes fixed on him.

Jesus reveals himself as the divine Son of Man. He claims to be the perfect fulfillment of the Law and the prophets, greater than the temple, prophet Jonah, king Solomon, and the patriarchs Abraham and Jacob (Mt. 5:17; 12:6, 41-42; Jn. 4:12-13; 8:52-58). But he does not regard his superiority, not even his glorious equality with God, something to cling to; rather, he empties himself and takes up the inferiority of a slave and the shame of one condemned to die on a cross (Phil. 2:6-8). Jesus does not leave us in any doubt about the superiority of his teachings. Yet he clearly emphasizes also that our righteousness will surpass that of the scribes and the Pharisees only if we are clothed with the virtues of simplicity, humility, meekness, mortification and zeal, too, which attests to our not having the mentality of indifferentism, and we do not make use—so we may be perfect as our heavenly Father is perfect—of the tactics of intolerance, coercion, violence and persecution, which are employed by those who oppose us (Mt. 5, 20-48).

In these virtues, highly recommended, of course, by St. Vincent de Paul, and in non-violence as well—the same ones that are taken to be signs of inferiority and weakness by those who seek advancement—lies Christian superiority. Following, then, the example and the teaching of our Teacher and Master, we will show our greatness by serving the rest and our superiority by being the slaves of others (Jn. 13:13; Mt. 21:26-27). We will trust so much God’s mastery over all things that, like him, we will be lenient to all and, if we have to govern, we will do so with much lenience (Wis. 12:16, 18). We will desist from wishing devouring fire upon those who resist us, without failing, however, to shake the dust from our feet in testimony against them (Lk. 9:5, 51-56; 10:11; Acts 13:51). We will not boast of anything, for everything we possess we have received (1 Cor. 4:7). We will not think of ourselves as superior to anyone, since faith is God’s gift that comes only from the love the Father has for us, and it is God who makes the stone rejected by the builders to become the cornerstone.

And we will try to be like the good shepherd. He considers it his duty to bring to his fold other sheep he has. Above all, he lays down his life for the sheep, because he has come not to be served but to serve and to give his life as a ransom for many (Mk. 10:45). In his memory, we will eat his body and drink his blood and wash the feet of the least of his brothers and sisters. Thus, relying only on the power of Jesus’ name and not thinking, as Simon the Magician did, that money can do everything, we will be instruments of peace, reconciliation and healing.

NOTES:

[1] CDF, Declaration Dominus Jesus.
[2] Ibid., 22.


VERSIÓN ESPAÑOLA

4° Domingo de Pascua, Año B-2012

No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy (Hch. 3, 6)

Les asegura san Pedro a los líderes del pueblo y a los presbíteros que hay salvación sólo en Jesús y mediante su nombre. Este pronunciamiento—sin duda infalible—del primer Papa está en el corazón de la fe y la predicación de la Iglesia.

La Iglesia no puede menos que afirmar sin ambigüedad «la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia» (CDF, Decl. Dominus Jesus). La Iglesia dejará de ser la auténtica Iglesia de Jesús si transige con aquellos que niegan y ponen en duda esta verdad cristiana fundamental.

Pero acoger la verdad básica de que Jesús es el único salvador universal, el solo mediador entre Dios y los hombres, una verdad incompatible ciertamente con el indiferentismo que mantiene que una religión es tan buena como otra, no significa que los que formamos la Iglesia podemos desrespetar las otras religiones del mundo (Dominus Jesus 22). Con respecto a esto, imitaremos a Jesús y le representaremos, los ojos fijos en él.

Divino Hijo del hombre se revela Jesús. Se declara el pleno cumplimiento de la ley y los profetas, mayor que el templo, el profeta Jonás, el rey Salomón, y los patriarcas Abrahán y Jacob. Pero no hace alarde de su superioridad, ni de su categoría gloriosa de Dios siquiera, sino que se despoja de su rango y toma la inferioridad de un esclavo y la vergüenza de un condenado a muerte de cruz. Jesús no deja lugar a dudas sobre la superioridad de sus enseñanzas. Pero claramente hace hincapié también en que nuestra justicia superará a la de los letrados y los fariseos sólo si nos revestimos de las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo también, el cual indica que no tenemos la mentalidad indiferentista, y no nos servimos, para ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, de las tácticas de intolerancia, coerción, violencia y persecución usadas por nuestros oponentes.

En tanto estas virtudes, muy recomendadas sí por san Vicente de Paúl, como en la no violencia—las mismas que los que buscan ascensos toman por muestras de inferioridad y debilidad—consiste la superioridad cristiana. Siguiendo, pues, el ejemplo y la enseñanza de nuestro Maestro y Señor, nos mostraremos mayores por servir a otros y superiores por ser esclavos de los demás. Confiaremos tanto en la soberanía universal de Dios que, como él, perdonaremos a todos y, si tenemos que gobernar, lo haremos con indulgencia (Sab. 12, 16. 18). Desistiremos de desearles fuego consumidor a los que se resisten a nosotros, pero sin dejar de sacudirnos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. No nos jactaremos de nada, porque todo que tenemos lo recibimos (1 Cor. 4, 7). No nos consideraremos superiores a nadie, pues, la fe es un regalo de Dios, viene sólo del amor que nos tiene el Padre, y es Dios quien hace que la piedra desechada por los arquitectos sea luego la piedra angular.

Y trataremos de ser como el buen pastor. Él se obliga a traer a su redil a otras ovejas que tiene. Sobre todo, da su vida por las ovejas, ya que ha venido no para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. En su memoria, comeremos su cuerpo y beberemos su sangre y les lavaremos los pies a los más pequeños de sus hermanos. Así que dependiendo sólo del poder del nombre de Jesús y sin pensar al igual que Simón el mago que el dinero lo puede todo, seremos instrumentos de la paz, la reconciliación y la sanación.