Fourth Sunday of Advent, Year C-2015

From Vincentian Encyclopedia
Blessing for those who believe in Jesus

Jesus is the only blessing we need. He becomes our blessing, our consecration, by doing God’s will to the end.

Elizabeth blesses Mary. For this, she does not depend on either Zechariah’s priesthood or his maleness. He hardly figures in the scene dominated by two women who are guided by the Holy Spirit.

It is by the Spirit’s inspiration that Elizabeth indicates that Mary’s blessing and Jesus’ blessing are inextricably linked. Elizabeth exclaims, “Blessed are you among women, and blessed is the fruit of your womb!”

Blessed is the mother of the Lord because she carries in her womb the joy of all nations. Blessed is she who believes that what the Lord has spoken to her will be fulfilled.

By such faith, the Word became human flesh, something more astonishing than moving mountains. Believing so, Mary fulfills perfectly the Father’s will. Therefore, “it means more for her, an altogether greater blessing, to have been Christ's disciple than to have been Christ's mother.” She is likened to her son, who came to do God’s will.

Having her faith, we are assured of the happiness that comes from intimacy with Jesus through hearing and doing God’s Word. The Word teaches us what true happiness consists in: “Blessed are you who are poor…; Blessed are you who are now hungry…; Blessed are you who are now weeping…; Blessed are you when people hate you…; Rejoice and leap for joy….”

We leap for joy in the presence of Jesus, the embodiment of these teachings and of the blessing that lies in humble service and in total and unconditional commitment till the end. Mary surely displays this service and commitment. She goes in haste to visit Elizabeth; she shares in her joy and shares her joy with her.

We rejoice that the Word is near us. Pondering the Word, we shall understand that in the community of the baptized, “there is…no longer male and female,” and that Jesus has made us to be a kingdom and priests. Doing the Word, we become creative as St. Vincent de Paul; he knew how to overcome juridical limitations, for example, to make women his co-workers (SV.FR XIII:810).

The Word urges us besides to devote ourselves to the Eucharist. This commits us to the poor and the new commandment, obliging us not to let those with nothing to go hungry, and to treat one another according to the example given by Jesus. True to our commitment, we will be given on earth a pledge of the future blessing in heaven.

Lord Jesus, be the blessing for all peoples (Ps 72, 17).


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 4º de Adviento (C)

Bendición para los que creen en Jesús

Jesús es la sola bendición que necesitamos. Se hace él nuestra bendición, nuestra santificacion, cumpliendo la voluntad de Dios hasta el fin.

Isabel bendice a María. Para esto, no depende del sacerdocio de Zacarías ni de su masculinidad. Él apenas figura en el escenario dominado por dos mujeres guiadas por el Espíritu Santo.

Es por inspiración del Espíritu que indica Isabel que la bendición de María y la de Jesús son inseparables. Exclama Isabel: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!».

Es bendita la madre del Señor porque lleva en su seno la dicha de todas las razas. Es dichosa la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá.

Por tal fe se hace carne humana la Palabra, algo más asombroso que mover montañas. Creyendo así, cumple «María con toda perfección la voluntad del Padre, y por esto … es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo». Se asemeja a su hijo, llegado al mundo para hacer la voluntad divina.

Teniendo la fe mariana, quedamos asegurados de la dicha que viene de la intimidad con Jesús mediante la escucha y el cumplimiento de la Palabra de Dios. La Palabra nos enseña en qué consiste la verdadera dicha: «Dichosos los pobres…; Dichosos los que ahora tenéis hambre…; Dichosos los que ahora lloráis…; Dichosos vosotros cuando os odien los hombres…; Alegraos…y saltad de gozo…».

Saltamos de gozo en la presencia de Jesús, la personificación de estas enseñanzas y de la bendición que está en el servicio humilde y la entrega total e incondicional hasta el fin. María despliega ciertamente este servicio y esta entrega. Va aprisa a visitar a Isabel; la sirve, participa de su alegría y comparte la suya con ella.

Nos alegramos de que está a nuestro alcance la Palabra. Meditándola, comprenderemos que en la comunidad de los bautizados, «ya no hay…hombre ni mujer», y que Jesús ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. Haciéndola, inventivos como san Vicente de Paúl seremos; él supo superar, por ejemplo, limitaciones jurídicas para hacer colaboradoras de las mujeres (SV.ES X:953).

La Palabra nos insta además a ser constantes en la Eucaristía. Ésta nos compromete a los pobres y al mandamiento nuevo, obligándonos a no dejar a los sin nada pasar hambre, y a tratarnos mutuamente según el ejemplo que nos ha dado Jesús. Fieles a nuestro compromiso, se nos dará en la tierra una prenda de la bendición futura en el cielo.

Señor Jesús, sé la bendición de todos los pueblos (Sal 72, 17).