Fourth Sunday of Advent, Year B-2014 and Christmas

From Vincentian Encyclopedia
To the only wise God, through Jesus Christ, be glory forever and ever (Rom 16, 27)

Jesus is the long-awaited Messiah. He comes to establish fully and definitively the eternal dynasty, with which God—never outdone in generosity—will repay a shepherd turned king his good intention to build him a house. And he invites us to work in this project of the kingdom like in an abundant harvest that requires workers.

The invitation alone is enough to hearten us. Jesus trusts in us so much that he invites us “to work on a masterpiece”—to use a phrase from St. Vincent de Paul—though the saint was referring specifically to priestly formation (Coste XII:14). Before us is someone who respects everyone, even the jobless who are despised by many and exploited by contractors who enrich themselves by taking advantage of cheap labor (cf. Pope Francis). In contrast, the one who ushers in the kingdom pays his contract workers more than they need to live.

The compensation for his co-workers is the enjoyment of the kingdom itself. We are so precious in the sight of God that he wants us to be members of his household. He wants us and what is best for us, not what is ours, our work or talent. It does not matter to him if we work many or few hours; he welcomes all. He makes it clear that, in the end, everything is due to his generosity, and not to our works.

Jesus plays favorites, yes, but in favor of the lowly and the poor, the least and the last. He is like his Father, who looked on the lowliness of Mary, betrothed to Joseph—both of Nazareth, a lowly village (from there supposedly nothing good could come) in “Galilee of the Gentiles” (from where no prophet arose, according to the self-righteous)—and chose her to be the mother of his Son.

Of course, Jesus’ preferential option for the poor is fully consistent with his incarnation and birth: the Son of the Most High becoming like us in all things but sin; he has humbled himself to share in our humanity so that we human may share in his divinity.

This mystery is signified and realized in the Eucharist that indicates likewise that Jesus welcomes and chooses the little folks who surely are not worthy to receive him. So then, no one—not the first nor the last to be invited—can boast before him.

Grant us, Lord Jesus, to be built together through you into the dwelling place of God in the Spirit.


VERSIÓN ESPAÑOLA

4º Domingo de Adviento, B-2014, y Natividad Señor

Al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos (Rom 16, 27)

Jesús es el Mesías muy esperado. Viene a establecer plena y definitivamente la eterna dinastía, con la que Dios—nunca superado en generosidad—le pagará al pastor convertido en rey su buen propósito de construirle una casa. Se nos invita a trabajar en este Proyecto del reino, como en una cosecha abundante que requiere obreros.

La invitación sola basta para que nos alentemos. Tanto confía Jesús en nosotros que nos invita a «trabajar en una obra maestra»—por utilizar una frase de san Vicente de Paúl, si bien se refería el santo especificamente a la formación presbiteral (XI:332). Se nos presenta alguien que respeta a todos incluso a los parados, despreciados por mucha gente y explotados por contratistas que se enriquecen aprovechándose de la mano de obra barata (cf. Papa Francisco). En cambio, el Instaurador del reino paga a sus contratados más de lo suficiente para vivir.

La recompensa de sus colaboradores es el disfrute del reino mismo. Somos tan preciosos a los ojos de Jesús que nos quiere miembros de su casa. No busca lo nuestro, ni nuestro trabajo ni talento, sino a nosotros y lo mejor para nosotros. No le importa si trabajamos muchas o pocas horas; él acoge a todos. Da a conocer que al final todo se debe a su generosidad, y no a nuestras obras.

Jesús hace acepción de personas, sí, pero en favor de los humildes y los pobres, los más pequeños y los últimos. Él es como su Padre, el cual miró la humillación de María, desposada con José—ambos de Nazaret, una aldea humilde (de allí no podía salir supuestamente nada bueno) en «Galilea de los gentiles» (de donde no salían profetas, según los autocomplacientes)—y la escogió para ser madre de su Hijo.

Claro, la opción preferencial de Jesús por los pobres es plenamente coherente con su encarnación y nacimiento: el Hijo del Altísimo se ha hecho como nosotros en todo, menos en el pecado; se ha humillado para participar de nuestra humanidad para que los hombres participemos de su divinidad.

Este misterio se simboliza y se realiza en la Eucaristía, la cual da a entender también que Jesús acoge y escoge a los pequeños, los no dignos de recibirle. Así que nadie—ni el primero ni el último en ser invitado—puede gloriarse ante él.

Concédenos, Señor Jesús, entrar juntos por ti en la construcción para ser la morada de Dios en el Espíritu.