Fourth Sunday of Advent, Year B-2011

From Vincentian Encyclopedia
Blessed are you who believed that what was spoken to you by the Lord would be fulfilled (Lk. 1:45—NABRE)

God meets us where we are. He meets Zechariah in the sanctuary of the Lord where the priest is to burn incense. He meets Mary, a virgin betrothed to a man named Joseph, in Nazareth.

Of course, there are as many kinds of responses to God’s initiative as there are human situations or conditions. The one serving as priest in the Jewish capital, though righteous and observant just like his wife, cannot believe the good news announced by the angel Gabriel. And Zechariah turns speechless and unable to talk, which is reminiscent of Daniel’s silence before the same Gabriel, the announcer of the seventy weeks and of the coming of an anointed ruler (Dan. 9:20-25; 10:15). Unable to pronounce the final blessing over the people, who are waiting and wondering why it is taking the priest so long to come out of the sanctuary, Zechariah cannot complete the liturgical action [1].

On the other hand, the virgin who is in a place without claim to fame, more a village than a city, some 70 miles away from the temple, says to the angel Gabriel: “Behold, I am the handmaid of the Lord. May it be done to me according to your word.” Mary believes, yes, even if only after being greatly troubled and asking questions in a way not wholly unlike Zechariah’s. And God, looking with favor upon her handmaid’s obedient faith, fulfills the promise made both to her and to king David: the temple built by the house or dynasty of David yields to Jesus, who not only takes possession of the temple but also takes its place (Lk. 2:49; 19:45-47; 20:1; 23:45; cf. Jn. 2:19-21) [2].

What counts obviously is not so much that one belongs to the clergy or to the laity, or that one is married, single, betrothed, widower or widow, or the locality where one is, known or unknown, or one’s race, ethnicity or sexuality. The experience of St. Vincent de Paul clearly demonstrates that God makes use of both rich noble ladies and poor commoner peasant girls. His instruments are different individuals with different gifts suited to some tasks but not to others [3]. What is important is that the person whom God meets ponders upon and marvels at the divine mystery, and knows it, so he may be brought to the obedience of faith and produce fruits of devotion that correspond to his character, station and calling, as taught by St. Francis de Sales [4].

This in effect means that one has to imitate the Virgin Mary who eminently models Christian discipleship for finding favor with God, for her faith, her humility, her reflectiveness, her obedience, her joyful praise of God, her faithful observance of God’s law [5]. Focused on her Lord, the handmaid does not call attention to herself but to her Lord, whose glory she seeks solely. Pope Paul VI said of the Virgin Mary: “She hides herself, with utmost humility, so that the figure of her Son may appear to men with all of its incomparable brilliance” [6]. It is because, for her, Jesus is the center and summit of life. She will find nothing more displeasing than her devotees’ misguided devotion detracting from God’s greatness and diminishing Christ’s unique mediation [7].

Yes, in Christ remain those who imitate the Virgin Mary, so they may remain in God (cf. Jn. 15:5-10). This is what is important above all. The temple does not matter, whether it be in Jerusalem or Mount Gerizim; now is the Father worshiped in Spirit and truth (Jn. 4:23). The disciples are continually in the new temple, in Jesus, praising God (Lk. 24:53).

“Lo! o’er ancient forms departing/Newer rites of grace prevail;/Faith for all defects supplying/Where the feeble senses fail” [8].

NOTES:

[1] The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall Inc., 1990) 43:18.
[2] Ibid.
[3] P. Coste VII, 143-144.
[4] Cf. the non-biblical reading in the Office of Readings, Liturgy of the Hours, for January 24, memorial of St. Francis de Sales.
[5] Cf. http://www.biblegateway.com/resources/commentaries/IVP-NT/Luke/Announcement-Birth-Jesus-Mary (accessed December 12. 2011).
[6] October 12, 1970 radio address to the people of Mexico, cf. http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1970/documents/hf_p-vi_spe_19701012_radiomessaggio-messico_sp.html (accessed December 12, 2011).
[7] Lumen gentium 60.
[8] Tantum ergo


VERSIÓN ESPAÑOLA

4° Domingo de Adviento, Año B-2011

¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá (Lc. 1, 45)

Dios viene a encontrarse con nosotros allí donde los hombres estamos. Se encuentra con Zacarías en Jerusalén, estando éste en el santuario del Señor para quemar incienso. En Nazaret se encuentra con María, una virgen desposada con un hombre llamado José.

Por supuesto, cuantas situaciones o condiciones humanas, tantas maneras humanas de corresponder a la iniciativa divina. El que oficia como sacerdote en la capital judía, aunque recto e intachable como es también su esposa Isabel, no puede creer la buena noticia anunciada por el ángel Gabriel. Y se queda mudo Zacarías, lo que evoca el silencio de Daniel ante el mismo Gabriel, el anunciador también de las setenta semanas y de la llegada del Mesías príncipe (Dan. 9, 20-25; 10, 15). Sin poder pronunciar la bendición final sobre la gente que se pregunta por qué el sacerdote tarda tanto en salir del santuario, Zacarías no completa el acto litúrgico.

Por otro lado, la virgen—la que se halla en un lugar sin fama, una aldea más que una ciudad, a unos 112 kilómetros del templo—le contesta al ángel Gabriel: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». María cree sí, si bien sólo después de perturbarse también y hacer preguntas de manera no del todo diferente a la de Zacarías. Y mirando la obediente fe de su esclava, Dios cumple lo dicho por él tanto a ella como al rey David: el templo construido por la casa o la dinastía del rey David cede el paso a Jesús que no sólo se adueña del templo sino que también toma el lugar del templo (Lc. 2, 49; 19, 45-47; 20, 1; 23, 45; cf. Jn. 2, 19-21).

Lo que obviamente cuenta, pues, no es tanto ni el ser clérigo o laico, ni el estado de casado, prometido en matrimonio, viudo o soltero, ni la locación conocida o desconocida de uno, ni la raza o la sexualidad. La experiencia de san Vicente de Paúl claramente demuestra que Dios se sirve tanto de damas patricias ricas como de campesinas plebeyas pobres. Son sus instrumentos diferentes individuos con diferentes talentos que valen para unas tareas pero no para otras (VII, 129-130). Lo importante es que la persona, a la cual Dios le sale al paso en el camino, reflexione y se maraville con humildad del misterio divino y lo conozca con motivo de llegar a la obediencia de la fe y dar, como lo enseñó san Francisco de Sales, un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.

Esto quiere decir efectivamente que uno tiene que imitar a la Virgen María, ejemplo eminente del discipulado cristiano, por el favor divino concedido a ella, por su fe, su humildad, su reflexión, su obediencia, su alabanza alegre de Dios, su observancia fiel de la ley de Dios. Enfocada en su Señor, la esclava no llama la atención sobre sí misma sino sobre su Señor cuya gloria ella busca solamente. Afirmó el Papa Pablo VI de la Virgen María: «Ella misma se oculta, con suprema humildad, para que la figura de su Hijo aparezca a los hombres con todo su incomparable fulgor». Es que, para ella, Jesús es el centro y la cumbre de la vida. Nada encontrará la Virgen María más desagradable que esto: que sus devotos, por su devoción descaminada, contribuyen a que se desmerezca la grandeza de Dios y se disminuya la mediación única de Cristo (cf. Lumen gentium 60).

En Cristo permanecen sí los imitadores de la Virgen María para que permanezcan en Dios (cf. Jn. 15, 5-10). Esto es lo importante sobre etodo. No importa el templo esté éste o en Jerusalén o en el monte Guerizín; ahora se le adora al Padre en espíritu y verdad (Jn. 4, 23). En el nuevo templo que es Jesús están continuamente los verdaderos discípulos alabando a Dios (cf. Lc. 24, 53).

La nueva figura cede el puesto al nuevo rito, supliendo la fe la incapacidad de los sentidos.