Fourth Sunday of Advent, Year A-2013 and Christmas

From Vincentian Encyclopedia
A sign for you: an infant wrapped in swaddling clothes and lying in a manger (Lk 2, 12)

God urges us to ask for a sign, even one that is extraordinary. But we do not like signs too much. We want our liberation right now, thinking little of the harm that may result. Notwithstanding our no, God gives us a sign.

Ahaz says no. The situation is urgent, so the king rushes headlong into an Assyrian alliance, with terrible consequences. The short-term solution brings about in the long-run worse problems. He learns the hard way.

Righteous Joseph, in contrast, does not carry out the quick decision that seems demanded by his discovery of the mysterious pregnancy. Rather, he obeys the angel of the Lord. Thus he finds strength in quiet trust (Is 30, 15). By faith he attains intimacy with “God-with-us,” the long-term salvation.

Among us, of course, it should be nothing of Ahaz, but rather everything of Jesus’ foster father. Unlike the king, we will heed the warning: “Unless your faith is firm, you shall not be firm” (Is 7, 9). We will not be so entrenched in our certainties and resolutions that we hinder God and know only “a god who fits our measure” (Pope Francis).

We will not rush into supporting any war, for example, without considering the conditions of a just war. We will question even the just war theory, given the destructive character in a massive way of modern weapons. With the peril of a war that annihilates, “it no longer makes sense to maintain that war is a fit instrument with which to repair the violation of justice” (Pacem in Terris 127; GS 4), or that it will not be like blowing up a house to get rid of cockroaches.

Nor shall we lock ourselves up in our assets, interests and whims, in “excessive centralization” (Evangelii Gaudium 32), in the myth that we have absolute control over our bodies. We shall respect life that is other than ours, whether beginning, nascent, already born, mature or declining, no matter how bothersome we may find it, insignificant, despicable and even deserving of the death penalty. We will widen our horizon and will not be like those described by St. Vincent de Paul as lazy people “who confine their views and plans to a fixed circumference” (Coste XI, 92).

In the spirit of St. Joseph, we will consider trust in God as “the strength of the weak and the eye of the blind,” especially when all seems to be lost (Coste, III, 149; Rules of the D.C. I, 8). God saves the one who says to him, “You are my only hope” (Ps 39, 8-9). Our wealth and wisdom cannot save us; only God can ransom us from death, the lot of those who trust in their riches and the self-complacent who flatter themselves (Ps 49).

And the sign that increases our trust in God is Jesus, the glory in the highest and, on earth, the grace and peace of greetings and best wishes. Strong in weakness because he trusts in the Father, he offers himself in the manger and the Eucharist as food. He thus shows the basis of all liberation.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 4º de Adviento, A-2013

La señal: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2, 12)

Dios nos insta a pedirle una señal, siquiera extraordinaria. Pero no tanto nos gustan señales. Queremos nuestra liberación ahora mismo, pensando poco en el perjuicio que resulte. No obstante nuestro no, Dios nos da una señal.

Acaz dice no. Urgente la situación, el rey se precipita en una alianza asiria, con consecuencias terribles. La solución a corto plazo provoca a la larga peores problemas. Aprende Acaz a fuerza de sufrimientos en carne propia.

El justo José, en cambio, no lleva a cabo la decisión instantánea que parece exigir su descubrimiento del embarazo misterioso. Obedece más bien al ángel del Señor. Así halla valor en la confianza serena (Is 30, 15). Por fe logra intimidad con «Dios-con-nosotros», la salvación a largo plazo.

Entre nosotros, nada de Acaz, claro, y todo del P.P. (padre putativo) de Jesús. A diferencia del rey, haremos caso de la advertencia: «Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7, 9). No estaremos tan atrincherados en nuestras certitudes y resoluciones que obstruyamos a Dios y conozcamos solo a «un dios a medida nuestra» (Papa Francisco).

No apoyaremos precipitadamente, por ejemplo, ninguna guerra, sin considerar las condiciones para una guerra justa. Hasta cuestionaremos la teoría de guerra justa, dado el carácter destructor de manera masiva de las armas modernas. Con el peligro de una guerra aniquiladora, es «absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado» (Pacem in Terris 127; GS 4), o que ella no será algo como dinamitar la casa para acabar con las cucarachas.

Tampoco nos encerraremos en nuestros bienes, intereses y caprichos, en «una centralización excesiva» (Evangelii Gaudium 32), en el mito de que tenemos control absoluto sobre nuestros cuerpos. Respetaremos la vida ajena, sea incipiente, naciente, ya nacida, madura o decaída, por muy molesta que la encontremos, insignificante, despreciable y aun digna de la pena capital. Ampliaremos nuestro horizonte y no seremos como gentes comodonas «que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia», como las describe san Vicente de Paúl (XI, 397).

En espíritu josefino, consideraremos la confianza en Dios como «la fuerza de los débiles y el ojo de los ciegos» especialmente cuando parezca que todo está a punto de perderse (III, 139; X, 876). Dios salva a quien le dice: «Tú eres mi confianza» (Sal 39, 8-9). No nos pueden salvar ni nuestras riquezas ni nuestra sabiduría; solo Dios nos puede sacar de las garras del abismo, el destino de los confiados en su opulencia y los autocomplacientes que se halagan (Sal 49).

Y la señal que acrece nuestra confianza en Dios es Jesús, la gloria en lo alto, y en la tierra, la gracia y la paz de los saludos y mejores deseos. Fuerte en su debilidad por confiar en el Padre, se ofrece en el pesebre y la eucaristía como alimento. Así indica el fundamento de toda liberación.