Fourth Sunday in Ordinary Time, Year B-2021

From Vincentian Encyclopedia
Speak as Our Teacher Commands Us to Do

Jesus is the Word of the Father. So, he does not speak on his own; the Father who has sent him commands him what to say (Jn 12, 49). We, in turn, should only speak what Jesus tells us.

God starts to speak, and just like that creation gets underway. That means, he can speak the heavens, the world and all things into being (Ps 33, 6. 9-10). Through the Word, all things come to be and without it nothing springs forth (Jn 1, 3).

And such power shows in Jesus. For he is not only the definitive prophet that God has raised up. He is also God’s Son. Through him, God speaks to us in these last days (Heb 1, 2).

And that is why people are astonished. Jesus’ authority comes out clear. Such authority is not that of the tyrants. These make themselves great as they oppress the little folks and turn them into servants and slaves (Mk 10, 42).

But Jesus’ greatness lies in serving, in being a slave, in giving his life even. He wants all to reach full growth, as humans and as God’s children. But most of all, he goes after those who are thrown to the outskirts.

Disciples are to speak as their Teacher.

So then, we who strive to follow Jesus have to speak as he does. That is to say, we have to learn from him, since he is the one to train us. Hence, this Ordinary Time is for training, for us to get, in the end, to be wholly about Jesus (SV.EN I:276).

He wants virtues, strengths, for us. For he wills that all that he expects us to be becomes a habit to us and part of our nature. And our first impulses will thus be, not to look out for our own interests, but for those of others.

And we have to let Jesus give us, yes, the tongue of those in training. For we must know what words to say to the weary (see Is 50, 4-7). Wise words that strengthen, cleanse, reassure, heal and give hope (Ps 49, 3; 107, 20; 119, 11. 16. 19. 28). Sincere words that can bring to God even the most annoying (SV.EN X:268; Ps 147, 18). Words of love that drive away fear (Ps 143, 8).

No, we Christians cannot speak in a haughty and overbearing way. Nor are we to speak senselessly. Much less should we speak threateningly and with an air of superiority. And no foul word should come out of our mouths, but only such word that builds up and blesses (Eph 4, 29).

It is crucial, of course, that we do what we say, that we teach with our lives. For if not, we would speak idly.

Lord Jesus, make us listen to you carefully before speaking. May we, at the same time, watch closely what you set before us. We shall thus speak as you and prepare for others and for you the same thing (St. Augustine).


31 January 2021

4th Sunday in Ordinary Time (B)

Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mk 1, 21-28


VERSIÓN ESPAÑOLA

Hablar como nos manda nuestro Maestro

Jesús es la Palabra del Padre. No habla él por su cuenta; el Padre que lo ha enviado le ordena lo que ha de hablar (Jn 12, 49). A nuestra vez, hemos de hablar lo que nos dice Jesús.

Comienza a hablar Dios y, sin más, se pone en marcha la creación. Es decir, nada más hablar él, el cielo se crea, el mundo existe, todo surge (Sal 33, 6. 9-10). Por medio de la Palabra se hace todo, y sin ella no se hace nada (Jn 1, 3).

Y ese poder se nota en Jesús. Pues él no es solo el profeta definitivo que Dios ha suscitado; es también el Hijo de Dios. Por él, Dios nos habla en esta etapa final (Heb 1, 2).

Es por eso que se asombra la gente. Queda patente la autoridad de Jesús. Y esa autoridad no es la de los tiranos. Éstos se agrandecen por oprimir a los pequeños y por hacer de ellos siervos y esclavos (Mc 10, 42).

La grandeza de Jesús, en cambio, está en servir, en hacerse esclavo, en dar aun su vida. Quiere que, como hombres e hijos también de Dios, alcancen todos la plena madurez. Más que a nadie, busca él a los desechados en las periferias.

Al igual que su Maestro han de hablar los discípulos.

Así que los que pretendemos seguir a Jesús hemos de hablar al igual que él. Esto, pues, quiere decir aprender de él; nos tendrá que capacitar él. Este Tiempo Ordinario, por lo tanto, es para la capacitación, para lograr al final, sí, ocuparnos del todo en Jesús (SV.ES I:320).

Nos quiere él hombres de virtudes, es decir, de fuerzas. Pues quiere que todo lo que él espera de nosotros se nos haga habitual y forme parte de nuestra naturaleza. Y así nuestros primeros impulsos se encaminarán hacia el buscar nosotros el interés de los demás. No hacia el encerrarnos en nuestros intereses.

Y lo tenemos que dejar a Jesús, sí, que nos dé la lengua de los iniciados. Pues nos falta saber cuáles palabras decir a los abatidos (véase Is 50, 4-7). Palabras sabias que fortalecen, purifican, tranquilizan, sanan, despiertan esperanza (Sal 49, 3; 107, 20; 119, 11. 16. 19. 28). Palabras sinceras capaces de llevar a Dios aun a los más enfadadosos (SV.ES IX: 916; Sal 147, 18). Palabras de amor que echan fuera el temor (Sal 143, 8).

No, los cristianos no hemos de hablar alto, de fundarnos en la propia autoridad. Se nos prohíbe también hablar a tontas y a locas, hablar gordo o recio. Y que no salga de nuestra boca ninguna palabra grosera, sino solo la que sea buena para edificar y para bendedir (Ef 4, 29).

Es decisivo, claro, que hagamos lo que decimos, que enseñemos con nuestra vida. Pues si no, hablaremos por hablar.

Señor Jesús, haz que nosotros, antes de hablar, te escuchemos atentos. Que nos fijemos, a la vez, en lo que nos pones delante. Así hablaremos al igual que tú y prepararemos para los demás y para ti algo semejante (san Agustín).


31 Enero 2021

4º Domingo de T.O. (B)

Dt 18, 15-20; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28