Fourth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Who will deliver me from this mortal body? (Rom. 7:24—NABRE)

Ecstatic, I think, Adam exclaims the first times he sees Eve: “This one, at last, is bone of my bones and flesh of my flesh!” Later, however, he will justify himself before God and say: “The woman whom you put here with me—she gave me fruit from the tree, and so I ate it.”

As requested by the Israelites who do no longer want to hear the thundering divine voice or to see again a frightening theophany, the Lord promises to raise up for them a prophet from among their kin. This prophet will tell the people all that the Lord commands him. Not eliminated altogether, however, is the possibility of the prophet speaking in the name of other gods.

So then, it turns out that the precious gifts God gives us, meant to enhance our quality of life, as well as compromises reached, so we may be relieved of something we find troublesome, do not always redound to our good. Human doings and dealings that are not bad in themselves—such as, among other things, being married, buying, trading—can occupy us so much that we end up not living with propriety and with undistracted adherence to the Lord. Demons are not just associated with bad things; the devil makes use of good things to deceive us.

But those of us afflicted with some evil or other can go to Jesus. He teaches with authority because his teaching, far from simply repeating what other teachers say, fulfills to the utmost the Law and the prophets and demands the kind of righteousness that surpasses that of the scribes and Pharisees (Mt. 5 and 6). Jesus is the full realization of the promise of a prophet, raised up from among us, who cannot but speak in God’s name, given that he is God and the words he utters are not his own but the Father’s (Jn. 1:1; 14:24). Jesus also teaches with authority in the sense that his words are backed up by his deeds, since he goes about doing good and healing all those oppressed by the devil (Acts 10:38).

Through Jesus Christ our Lord, then, God offers us miserable human beings salvation, liberation, healing, wholeness. But Jesus surely makes clear that salvation means loss, liberation supposes slavery, wholeness implies brokenness, and the best life involves the worst death.

And because Jesus’ example and teaching are as shocking as they are hard, no wonder even disciples begin to doubt and abandon him, their admiration waning and their love getting cold. But if we who call ourselves his disciples really cling to Jesus and live up to his new teaching with authority, then there will be no needy people among us (Dt. 15:4; Acts 4: 34). Even if it is admitted that the needy will never be lacking in the land, it precisely means that we will open our hand to them (Dt. 15:11)—unless we prefer that God’s love not remain in us and we would rather eat and drink judgment on ourselves (1 Jn. 3:17; 1 Cor. 11:29), and be content with being caricatures of Christians only, to use an observation made by St. Vincent de Pau [1].

NOTE:

[1] P. Coste XII, 271.


VERSIÓN ESPAÑOLA

4° Domingo del Tiempo Ordinario, Año B-2012

¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? (Rom. 7, 24)

Extático, creo yo, exclama Adán al ver a Eva por primera vez: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». Pero más tarde él tratará de justificarse ante Dios y dirá: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.»

De acuerdo con lo que piden los israelitas, quienes no quieren más ni escuchar la atronadora voz divina ni ver ninguna teofanía pavorosa, el Señor promete suscitar un profeta de entre ellos. Dicho profeta les dirá al pueblo lo que el Señor mande. Pero no se elimina del todo la posibilidad de que el profeta se vuelva falso.

Así que resulta que no siempre redundan en nuestro bien ni los regalos preciosos que nos da Dios para que se nos mejore la calidad de vida ni las avenencias a que se llega para que nos aliviemos de algo que tomamos por molesto. Las actividades y actuaciones humanas, no malas por sí—cual, entre otras cosas, el ser casado, el comprar, el negociar—nos pueden preocupar tanto que acabemos con no vivir ni con decoro y ni con plena dedicación al Señor. Se asocian los demonios no sólo con cosas malas; el diablo se sirve de cosas buenas para engañarnos.

Pero los que sufrimos de algún mal u otro podemos acudir a Jesús. Él enseña con autoridad porque su enseñanza, lejos de repetir solamente lo que dicen otros maestros, da plenitud a la ley y los profetas y exige tal justicia que supere la de los fariseos y de los maestros de la ley (Mt. 5 y 6). Jesús es el cumplimiento pleno de la promesa de un profeta, suscitado de entre nosotros, que no puede menos que hablar en nombre de Dios, dado que él es Dios y pronuncia palabras que no son suyas sino del Padre (Jn. 1, 1; 14, 24). También enseña con autoridad Jesús en el sentido de que sus palabras van respaldadas por sus obras, pues, anda haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo (Hech. 10, 38).

Por medio de nuestro Señor Jesucristo, pues, Dios nos ofrece a nosotros que somos unos pobres miserables la salvación, la liberación, la sanación, la integridad. Pero Jesús ciertamente deja claro, tanto por sus palabras como por sus obras, que la salvación significa la pérdida, la liberación supone la esclavitud, la integridad implica la fracción, y la vida óptima envuelve la muerte pésima.

Y por ser tan escandalosos como difíciles el ejemplo y la enseñanza de Jesús, no extraña que aun los discípulos empiecen a dudar de él y lo abandonen, disminuyéndoseles la admiración y enfriándoseles el amor. Pero si los que nos llamamos sus discípulos nos aferramos de verdad a Jesús y vivimos de acuerdo con su enseñar con autoridad nuevo, no habrá pobres entre nosotros (Dt. 15, 4; Hech. 4, 34). Y si se admite que no van a faltar ellos en la tierra, esto precisamente quiere decir que abriremos con liberalidad nuestras manos a ellos (Dt. 15, 11)—a no ser que prefiramos que no habite en nosotros el amor de Dios o queramos comer y beber nuestra propia condena (1 Jn. 3, 17; 1 Cor. 11, 29) y conformarnos con ser cristianos sólo en pintura, por usar una observación de san Vicente de Paúl (XI, 561).