First Sunday of Lent, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
Do nothing out of selfishness or out of vainglory (Phil. 2:3)

Herod wants to meet Jesus, now to kill him, now to allay his own bewilderment, now to gratify his curiosity (Lk. 9:7-9; 13:31-33; 23:6-11). But at the coming of the moment of encounter, no revelation is granted to the one who remains self-centered. Unhinged perhaps, the fox feels the need to make use of brute force and of mockery, and to entertain himself by watching a show or witnessing a miracle.

The one who looks out only for his own interests cannot be open to others. He takes others as mere objects to be used. He remembers only his own name when others introduce themselves to him and he introduces himself to them. As suggested by St. Vincent de Paul, they will have difficulty finding someone who can show them something new, those who seek only their own convenience and “have only a narrow outlook” in which they “shut themselves up as if on a tiny spot” [1].

This is the kind of blindness the worst blind of all wishes us to be afflicted with. The tempter proposes that we choose as our priorities bodily satisfaction, devotion to the spectacular and commitment to arrogant riches (cf. 1 Jn. 2:16). He flatters us so that we may marvel at and congratulate ourselves in the manner of the rich man who had many good things stored up for many years or of the other rich man, without an identity of his own either, who was indifferent to Lazarus (Lk. 12:16-21; 16:19-31).

But the one who has been tested like us in every way, yet without sin, models the overcoming of temptations. In the first place, without settling for a quick fix, the favorite of the technological society, he makes it clear that his food is to do God’s will and to finish his mission of healing and preaching (Jn. 4:34; Lk. 7:18-23). He is more than a wonder-worker. Stable and sure of his identity, he need not show off as someone with great power.

We Christians, therefore, will be unpretentious. We will take our time feeding ourselves with Jesus, the Word that is near us. He himself draws near and walks with us. He explains Scriptures to us lest we become like the devil who interprets them as he sees fit. Our Teacher makes our hearts burn. And he opens our eyes at the breaking of the bread so that we may truly recognize him and discern his body in those who have nothing.

In the second place, Jesus does not exchange his food and his mission for the power and glory of riches that can disappear as instantly as they can appear, and which do not satisfy ultimately, as the devil himself admits since he is willing to part with them in exchange for the worship he seeks. Being poor himself, Jesus is credible when he proclaims: “Blessed are you who are poor, for the kingdom of God is yours. Blessed are you who are now hungry, for you will be satisfied.” St. Francis of Assisi lived this, correct in his intuition that Christian poverty is indispensable to the rebuilding the Church.

Finally, Jesus is not presumptuous. He comes to do God’s will, and not to force God’s hand. The wondrous cannot be the center of attention, for signs and wonders are only meant to point to the God who saves, and not so that one may point to himself or that one may boast of a position or career. To focus on the miraculous is to run the risk of losing sight of Jesus; he who keeps putting himself at the center remains blind. And as it turns out, the one who attracts is not the one who is supported by angels, but rather the one who is lifted from the earth, feeling forsaken by God.

NOTE:

[1] P. Coste XII, 92.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 1º de Cuaresma, C-2013

No obréis por egoísmo o ostentación (Fil 2, 3)

Busca Herodes a Jesús, ora para matarle, ora para aquietar su propio desconcierto, ora para satisfacer su curiosidad (Lc 9, 7-9; 13, 31-33; 23, 6-11). Pero al llegar la hora del encuentro, no se le concede la revelación al que queda centrado en sí mismo. Desquiciado quizás, el zorro siente la necesidad de servirse de la fuerza bruta y de burla, y de entretenerse presenciando un espectáculo o un acto prodigioso.

El encerrado en sus propios intereses no es capaz de abrirse a otros. Toma a otros por meros objetos que se usan. Oye y se acuerda sólo de su propio nombre cuando otros se le presentan y él se les presenta. Como da a entender san Vicente de Paúl, con mucha dificultad encontrarán quien les enseñe algo nuevo los que, pensando sólo en su conveniencia, «no viven más que en un pequeño círculo» en el que «se encierran como en un punto» (XI, 397).

Así de ciegos desea que seamos el peor ciego de todos. El tentador propone que escojamos como nuestras prioridades la satisfacción del cuerpo, la devoción a lo espectacular, y la dedicación a la riqueza arrogante (cf. 1 Jn 2, 16). Nos halaga para que nos maravillemos de nosotros mismos y nos congratulemos a la manera del rico que tenía bienes acumulados para muchos años, o del otro rico, sin identidad propia tampoco, que no le hizo caso a Lázaro.

Pero el que ha sido probado como nosotros en todo, menos en el pecado, es modelo de la superación de las tentaciones. En primer lugar, sin conformarse con una solución instantánea, la favorita de la sociedad tecnológica, deja claro que su comida es hacer la voluntad de Dios y llevar a término su misión de sanación y predicación (Jn 4, 34; Lc 7, 18-23). Es más que un milagrero. Estable y seguro de su identidad, no tiene que ostentarse como muy poderoso.

Así que los cristianos andaremos sin pretensiones. Nos tomaremos tiempo para alimentarnos de Jesús, la Palabra divina que está cerca de nosotros. En persona se nos acerca y con nosotros camina. Nos explica las Escrituras para que no seamos como el diablo que las intrepreta según su conveniencia. Nuestro Maestro hace arder nuestros corazones. Y en la fracción del pan, nos abre los ojos para que lo reconozcamos de verdad y discernamos su cuerpo en los que no tienen nada.

En segundo lugar, Jesús no cambia su comida y su misión por el poder y la gloria de la riqueza que en un instante puede aparecer y desaparecer, y que al final no sacia, como lo admite el mismo diablo que quiere cambiarla por la adoración que solicita. Siendo pobre, con credibilidad proclama Jesús: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados», lo que vivió san Francisco de Asís, intuyendo acertadamente la indispensabilidad de la pobreza cristiana para la reconstrucción de la Iglesia.

Finalmente, Jesús no es presumido. Viene a hacer la voluntad de Dios, y no a forzar la mano divina. Lo prodigioso no puede ser el centro de atención, pues los signos y los portentos sirven sólo para señalar al Dios que salva, no para que uno apunte a sí mismo o haga alarde de un puesto o una carrera. Concentrar en lo maravilloso es correr el riesgo de perder de vista a Jesús; quien sigue poniéndose en el centro permanece ciego. Y resulta que quien atrae no es el sostenido por los ángeles, sino el que es elevado sobre la tierra, sintiéndose abandonado por Dios.