First Sunday of Lent, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Through the obedience of the one, the many will be made righteous (Rom 5, 19)

The new Adam overcomes temptations. Through him, we are provided with a way out of trials, so that we may be able to bear them (1 Cor 10, 13).

Jesus refuses to change stones into loaves of bread. Salvation consists in much more than just personal security. His sustenance comes from feeding on the divine will that is manifested in every word that comes forth from the mouth of God. Prayer is nourishing.

According to the word of God, the mission of the One Anointed with the Spirit is to evangelize the poor. Hence, the satisfaction of the One Sent lies in working, not for his own well-being, but for the well-being of those in need. No way is he like the “licentious who only seek to enjoy themselves and do not bother about anything else, so long as they have something to eat” (Coste XII, 92). Fasting has its benefits.

Jesus does not agree either with those who reduce his mission to wonder-working that borders on superstition and magic. He affirms, “You shall not put the Lord, your God, to the test.” He differentiates himself thus from the followers of Simon the Magician, who astound people and proclaim themselves great, taking advantage of every opportunity to show off and put themselves at the center of everything.

Surely, we do not belong to them. But are we wholly free from our propensity to mistaking the true worship for the sensation of awe and solemnity that we associate with a strange archaic language, with aristocratic garments made of silk, with golden vessels, with magnificent sanctuaries, with the enormous or the mystique that is sought, for instance, in the heights of Sampaloc or Lucban?–though one should never question the expression of both trust in God and distrust of authorities in the Philippines of pilgrims to these two places.

I do not know what comment St. Vincent de Paul would make about such search for grandiosity. Let me just mention his high regard for simplicity, his constant desire to honor Jesus’ poverty even in church ornaments and his warning about the ruin that comes upon religious communities that distance themselves from Christ’s poverty and build magnificent buildings, so little in keeping with their religious profession (Coste IX, 606; II, 275; VIII, 41). I am sure that in this respect the saint had the sentiment of the Almoner who became poor to make us rich.

By saying no to the power and glory of worldly kingdoms, Jesus rejected greed and pride. He was tempted even on the cross to astound everybody and save himself, but he did not come down from it. His preference, both in the desert and on Calvary is to give his body up and shed his blood for all. Because of this, God glorified him, bestowing on him the name above every name. There is no other name by which we can defeat the devil.


VERSIÓN ESPAÑOLA

1º Domingo de Cuaresma A-2014

Por la obediencia de uno todos se convertirán en justos (Rom 5, 19)

El nuevo Adán supera las tentaciones. Por él, se nos abre una salida de las pruebas, para que podamos soportarlas (1 Cor 10, 13).

Jesús rehúsa convertir las piedras en panes. La salvación consiste en mucho más que la seguridad personal. Se sostiene alimentándose de la voluntad divina que se manifiesta en cada palabra que sale de la boca de Dios. Es nutriente la oración.

Según la palabra de Dios, la misión del Ungido con el Espíritu es evangelizar a los pobres. Por consiguiente, la satisfacción del Enviado está en procurar, no su propio bienestar, sino el bienestar de los necesitados. De ninguna manera es como los «espíritus libertinos que solo piensan en divertirse y, con tal que haya de comer, no se preocupan de nada más», por citar a san Vicente de Paúl (XI, 397). El ayuno tiene sus beneficios.

Ni está de acuerdo Jesús con los que reducen su misión a solo la taumaturgia que bordea la superstición y la magia. Afirma: «No tentarás al Señor, tu Dios». Así se diferencia de los seguidores de Simón el mago, quienes encantan a la gente con prodigios y se pasan como grandes personajes, aprovechando toda oportunidad para lucirse y ponerse en el centro de todo.

Seguramente, no pertenecemos a ellos. Pero, ¿nos hemos liberado del todo de la propensión a confundir el culto auténtico con la sensación de asombro o solemnidad que asociamos con un lenguaje arcaico extraño, con vestiduras aristocráticas de seda, con vasos de oro, con la magnificencia de los santuarios, con la enormidad o la mística buscada, por ejemplo, en las alturas de Sampáloc o de Lucbán?–si bien nunca se debe cuestionar la expresión tanto de confianza en Dios como de desconfianza en las autoridades filipinas de quienes peregrinan a estos dos lugares.

No sé qué comentaría san Vicente de tal búsqueda de grandiosidad. Permítaseme solo mencionar su gran aprecio de la sencillez, su deseo constante de honrar la pobreza de Jesús incluso en los ornamentos de iglesia y su advertencia sobre la ruina que acaece en las comunidades religiosas que, apartándose de la pobreza de Cristo, construyen edificios magníficos, tan poco proporcionados a la profesión religiosa (IX, 546; II, 232; VIII, 40). Estoy seguro de que en esto tenía el santo el mismo sentimiento del Limosnero que se hizo pobre para enriquecernos.

Diciendo no al poder y la gloria de los reinos del mundo, Jesús rechazó la codicia y la soberbia. Hasta en la cruz fue tentado a que asombrase a todos y se salvara, pero no bajó de ella. Su preferencia, tanto en el desierto como en el Calvario, era entregar su cuerpo y derramar su sangre por todos. Por eso Dios lo glorificó, dándole el «Nombre-sobre-todo-nombre». No hay otro nombre por el cual podamos vencer al diablo.