First Sunday of Advent, Year B-2014

From Vincentian Encyclopedia
God is faithful (1 Cor 1, 9)

Repentant, we wait in joyful hope for the coming of our forgiving Savior.

The prophet Isaiah confesses with sadness and humility the failings of the chosen people. He acknowledges their uncleanness, their tainted righteousness, their unfruitfulness and their forgetfulness of the Lord. He bewails the misfortunes that has befallen them and accepts that they are just harvesting what they planted.

But the prophet does not wallow in self-pity, which is what those with superiority complex do when they fail (cf. CM Rules XII:3). He continues to believe that nothing happens without Providence either willing or permitting it—God himself even hardening the hearts of those who stray. He remembers the Lord’s mercy and his saving, memorable deeds, never seen and heard before.

The remembrance of the Lord’s wondrous deeds gives the prophet confidence and hope. Surely, God will renew his love for his people. The Lord will not be the God who characterizes himself as merciful and gracious, if he does not listen to the one who cries out, “Return for the sake of your servants ….”

The Eucharist, the proclamation of the death of the Lord until he comes, is a remembrance of God’s greatest saving deeds. This anamnesis in itself instills the greatest and most efficacious hope, given that it is Christ himself who is at work through the Church in the sacraments. If, then, we participants continue to despair of God and of ourselves, we only have ourselves to blame. We must examine ourselves before we eat the bread and drink the cup.

In fact, the prophet Isaiah already warns us of the danger of worship degenerating into a self-righteous gesture. I so easily presume too much of my faithful fulfillment of religious duties that I come close to thinking that grace is something that God owes me. But the sure teaching, which is opposed to a self-congratulatory attitude and a magical mentality, is that I am still a useless servant even after fulfilling everything that has been commanded.

Authentic worship, far from leading to meritocratic pretensions, which are always exclusivist, gives rise rather to acts of humble and disinterested service. Out of participation in the Eucharist flows, for example, such procession as the one that St. Vincent de Paul witnessed in Châtillon (Coste IX:243).

This, in part, is what it means to be watchful and alert, for the awaited Savior can come at any moment, in the form of God or, surprisingly, in the form of an immigrant, a widow or an orphan.

Return, Lord Jesus. Grant to us who confess our sins the grace to recognize you every time you come to visit us.


VERSIÓN ESPAÑOLA

1º Domingo de Adviento, B-2014

Dios es fiel (1 Cor 1, 9)

Esperamos arrepentidos la gloriosa venida de nuestro Salvador indulgente.

Confiesa el profeta Isaías con pena y humildad las culpas del pueblo elegido. Reconoce su impureza, su justicia manchada, su infecundidad y su olvido del Señor. Lamenta las desgracias que les han acaecido, aceptándolas como solo la cosecha de lo plantado por ellos.

Pero el profeta no se regodea en la autocompasión, como lo hacen los con complejo de superioridad cuando fracasan (cf. Reglas CM XII:3). Sigue creyendo firmemente que nada pasa sin que lo quiera o permita la Providencia—hasta Dios mismo «endureciéndoles» el corazón a los extraviados. Recuerda la misercordia del Señor y sus obras salvadoras, memorables, nunca antes vistas ni oídas.

El recuerdo de las hazañas del Señor le da confianza y esperanza al profeta. Ciertamente, Dios renovará su amor para con su pueblo. El Señor no será el Dios que se proclama misericordioso y compasivo, si él no escucha al que clama: «Vuélvete, por amor a tus siervos … ».

La Eucaristía, la proclamación de la muerte del Señor hasta que venga, hace recordación de la obra salvadora más grande de Dios. Esta anamnesis infunde de por sí la esperanza más grande y más eficaz a los participantes, dado que es Cristo quien actúa por medio de la Iglesia en los sacramentos. Si, por lo tanto, los participantes seguimos desesperando de Dios y de nosotros mismos, la culpa será nuestra. A nosotros mismos hemos de examinar antes de comer el pan y beber la copa.

De hecho, ya advierte el profeta Isaías del peligro de que el culto degenere en un gesto de autocomplacencia. Fácilmente presumo de mi cumplimiento fiel de los deberes religiosos que por poco considero la gracia como algo que Dios me debe. Pero la enseñanza cierta, bien opuesta a la vana complacencia y a la mentalidad mágica, es que soy aún un siervo inútil aun después de que haya hecho todo lo mandado.

El culto auténtico, lejos de conducir a pretensiones meritocráticas siempre exclusivistas, da paso más bien a gestos de servicio humilde y desinteresado. De la participación en la Eucaristía emana tal procesión como la que vio san Vicente de Paúl en Châtillon (IX:232).

Esto es, en parte, lo que quiere decir mirar y velar, que en cualquier momento puede llegar el esperado Salvador en forma de Dios o en forma sorprendente de un inmigrante, una viuda o un huérfano.

Vuélvete, Señor Jesús. Concédenos a los que confesamos nuestros pecados la gracia de reconocerte cada vez que vengas a visitarnos.