Fifth Sunday of Lent, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
He is our peace (Eph. 2:14—NABRE)

The Pharisees’ worst fear is coming true (Jn. 11:47-48). Because of Jesus’ signs, the whole world is going after him (Jn. 12:17-19). Even Greeks want to see him now. They approach Philip, the same one who was instrumental in Nathanael becoming Jesus’ disciple (Jn. 1:45).

It seems that this time Philip is not so enthusiastic. He hesitates perhaps because, like the rest, he cannot make heads or tails of what is going on (cf. Jn. 12:16). Or, given the nationalistic sentiment aroused during Jesus’ triumphant entry into Jerusalem, it is not altogether impossible that Philip is afraid to give the least impression that he harbors sympathy toward foreigners [1].

But in any case, Philip does not convey to Jesus immediately what the Greeks want. He goes to tell Andrew. Both then go and tell Jesus. Philip does not get to pass the responsibility completely to another. But should attending to foreigners prove reprehensible and should the misery of being blamed seek company, at least Philip will have Andrew by his side.

Instead of blaming, Jesus clarifies—albeit his clarification is not wholly lacking in correction. He proclaims the arrival of the hour of his glorification, making clear that his glorification is ultimately his crucifixion, pointed out explicitly by the seventh and last sign, the raising of Lazarus, for such sign led to the conspiracy against Jesus (Jn. 11:53). Jesus thus corrects the popular misconception that the Messiah cannot possibly die (cf. Jn. 12:34). He opens the eyes of those who seek to serve him so they may see that communion with him, along with the honor from the Father that comes with it, supposes self-denial and death. Made known basically are the indispensability and the centrality of Christ crucified, a stumbling block to Jews and foolishness to Gentiles, but to those who are called, Jews and Greeks alike, the wisdom and power of God (1 Cor. 1:22-24).

And it is precisely through his death on the cross, his being lifted up from the earth, that Jesus draws everyone—Jew or Greek—to himself. Breaking down in his flesh the wall of separation and enmity between Jews and Gentiles, Jesus makes of them one people in order to create a new person with a clean heart that lives up to the new covenant. The Word made flesh, praying with loud cries and tears, consummates his submission to suffering and death. He refuses to ask the Father to save him from his hour and accepts rather his responsibility. And he embraces all of humanity, leaving without consequence the customary distinctions on the basis of race, culture, social status and sex (cf. Col. 3:11; Gal. 3:28).

Do we still not understand what is going on and show our ignorance of the true Messiah because we ignore those who suffer, are deeply troubled and agonizing? Do we share the Pharisees’ worst fear and not let everybody serve Jesus and we refuse, carried away by distinctions, to open the door of ministry to certain people? Do we still lack the understanding of St. Vincent de Paul [2] that the incarnation of the Word means that it is now possible to have as monastery the houses of the sick and as cloister city streets? Do we leave the responsibility to others and keep quiet in the face of lies and calumnies that are spread against undocumented immigrants lest we easily get accused—given the anti-immigrant climate—of being unpatriotic?

Our answers will bring to light whether we believe or not the indispensability and the centrality of Christ crucified. They will also reveal if we make a lie or not of our participation in the Lord’s Supper.

NOTES:

[1] Cf. http://www.biblegateway.com/resources/commentaries/IVP-NT/John/Jesus-Hour-Arrives (accessed March 17, 2012).
[2] Rules of the Daughters of Charity I, 2.


VERSIÓN ESPAÑOLA

5° Domingo de Cuaresma, Año B-2012

Él es nuestra paz (Ef. 2, 14)

El peor miedo de los fariseos se está haciendo realidad (Jn. 11, 47-48). Debido a los signos de Jesús, todo el mundo lo sigue (Jn. 12, 17-19). Hasta griegos ahora quieren verlo. Se acercan a Felipe, el que fue instrumental en que Natanael se hiciera discípulo de Jesús (Jn. 1, 45).

Parece que esta vez le falta el entusiasmo a Felipe. Quizás vacila por no encontrar, junto con los demás, ni pies ni cabeza a lo que está ocurriendo (cf. Jn. 12, 16). O, dado el sentimiento nacionalista despertado durante la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, no es del todo imposible que tenga miedo Felipe de dar siquiera la mínima impresión de que él abriga simpatía para con los extranjeros.

Pero en cualquier caso, lo que le piden los griegos, esto no lo comunica Felipe de inmediato a Jesús. Se lo dice a Andrés y los dos van a decírselo a Jesús. No logra Felipe pasar por completo la responsabilidad a otra persona. Pero por si resulta reprensible el hacerles caso a los extranjeros y busca compañía la miseria de ser reprendido, por lo menos Felipe tendrá a Andrés a su lado.

En lugar de reprender, Jesús aclara—si bien su aclaración no carece del todo de corrección. Proclama la llegada de la hora de su glorificación, dejando claro que su glorificación es por último su crucifixion, la señalada explícitamente por el séptimo y último signo, la resurrección de Lázaro, pues, dicho signo ha provocado el complot contra Jesús (Jn. 11, 53). Así corrige Jesús el malentendido popular de que es imposible que muera el Mesías (cf. Jn. 12, 34). Les abre los ojos al mismo tiempo a los que buscan servirle para que vean que tanto la comunión con él como el honor concomitante de parte del Padre suponen abnegación y muerte. Se da a conocer básicamente lo indispensable y lo central que es Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos, pero para los llamados, judío o griego, fuerza y sabiduría de Dios (1 Cor. 1, 22-24).

Y es precisamente por su muerte en la cruz, su elevación sobre la tierra, que Jesús atrae a todos—judíos y gentiles—hacia sí mismo. Deribando en su carne el muro de separación y enemistad entre judíos y gentiles, Jesús hace de dos pueblos un solo pueblo para crear un solo hombre nuevo de corazón puro que viva de acuerdo con la nueva alianza. La Palabra hecha carne, orando con lágrimas, agitada y angustiada, consuma su sometimiento al sufrimiento y la mortalidad. Rehúsa pedir que el Padre le libre de su hora, sino que acepta su responsabilidad. Y abraza la Palabra encarnada toda la humanidad, dejando sin consecuencia las acostumbradas distinciones a base de raza, cultura, estado social y sexo (cf. Col. 3, 11; Gal. 3, 28).

¿Somos particípes del peor miedo de los fariseos y no queremos que a Jesús lo sirvan los demás y rehusamos, llevados por distinciones, abrirles la puerta del ministerio a ciertas personas? ¿No entendemos todavía lo que está pasando y nos mostramos sin conocimiento del Mesías verdadero por ignorar a los sufridos, agitados, angustiados? ¿Nos falta aun la comprensión de san Vicente de Paúl (Reglas de H.C. I, 2) de que la encarnación del Verbo significa que ya es posible tener por monasterio las casas de los enfermos, por claustro las calles de la ciudad? ¿Pasamos la responsabilidad a otros y nos callamos frente a mentiras y calumnias que se difunden en contra de inmigrantes indocumentados por miedo a que fácilmente—dado el ambiente antiimigrante—se nos acuse de falta de amor a la patria?

Nuestras respuestas sacarán a luz o nuestra creencia o nuestra falta de creencia en la indispensabilidad y la centralidad de Cristo crucificado. Revelarán también si mentimos o no cuando participamos en la Cena del Señor.