Fifth Sunday of Lent, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
The one who raised Jesus from the dead will give life to your mortal bodies (Rom 8, 11)

Jesus guarantees life to believers. His love to the end vivifies. Loving as he does, we live through his Spirit.

Jesus loves Mary, Martha and Lazarus. That is why he is saddened by Lazarus’ death and by his sister’s tears. Just the thought of the tomb makes him weep, and he is even more perturbed when he gets there. The one who is like us in all things, but sin, expresses his love as we do, we who prove ourselves human, according to St. Vincent de Paul, through our ability to weep with those who weep (Coste XII 270-271).

But even so, Jesus’ love is different. He loves to death. Hence, he decides to go back to Judea in spite of the danger that lurks there.

The disciples, concerned surely for his safety, remind him of the danger. But their concern comes hand in hand perhaps with lack of understanding. They show repeatedly that they do not understand him. Besides, they still have not heard the teaching, “No one has greater love that this, to lay down one’s life for one’s friends.” They do not grasp deeply yet the love that breaks the mold, the love of the one who is concerned about saving Lazarus first and not about saving himself.

Jesus’ behavior indicates that life is not possible without death, that glory means shame. Just a bit later he will teach: “The hour has come for the Son of Man to be glorified. Amen, amen, I say to you, unless a grain of wheat falls to the ground and dies, it remains just a grain of wheat; but if it dies, it produces much fruit.”

The teaching, just like the invitation to return to Judea, seeks basically to enkindle within us the faith that impels us to say, “Let us also go to die with him.” And to go and die with Jesus, a friend to sinners and the excluded especially, means, among other things: neither to retreat to our own security nor to opt for rigid defensiveness; to find troubling that so many of our brothers and sisters have become living dead, without either hope or dreams; to open, not close, the door to grace (cf EG 45, 49, 94). In Vincentian language, instead of enclosing ourselves in our secure shell, we will go out to assist the poor in every way (Coste XII 87, 92-93), though they may smell bad and even emit the stench of death.

The sooner we love as Jesus, the sooner we will live and see the dead rise—one more proof of the presence and the death too of the Messiah. Perhaps we do not see the dead rise nowadays because we, the Church, are not conformed to Christ’s death. Now that we have silver and gold, we cannot command in his name, “Arise!” And if we hardly get in the Eucharist a foretaste of future glory, could it be because we do not really call to mind Christ’s passion?


VERSIÓN ESPAÑOLA

5º Domingo de Cuaresma A-2014

El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará vuestros cuerpos mortales (Rom 8, 11)

Jesús les garantiza vida a los creyentes. Su amor hasta el extremo vivifica. Amando como él, vivimos por su Espíritu.

Jesús ama a María, Marta y Lázaro. Por eso se apena por la muerte de Lázaro y el llanto de sus hermanas. Llora solo de pensar en el sepulcro, y más se conmueve al acercarse allí. Se expresa de manera humana el amor del asemejado en todo, menos en el pecado, a nosotros, quienes nos acreditamos humanos, según san Vicente de Paúl, por nuestra capacidad de llorar con los que lloran (XI 560-561).

Pero aún así, es diferente el amor de Jesús. Ama hasta la muerte. Por eso decide volver a Judea a pesar del peligro que allí acecha.

Le recuerdan los discípulos el peligro, preocupados, claro, por la seguridad del Maestro. Pero tal vez su preocupación viene acompañada de falta de comprensión. Repetidamente desvelan que no le entienden. Además, todavía no han oído la enseñanza: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Solo saben que apenas habrá quien muera por otro. Aún no penetran el amor que rompe esquemas, el amor del que se preocupa primero por salvar a Lázaro y no por salvarse a sí mismo.

La actuación de Jesús da a entender que la vida no es posible sin la muerte, que la gloria supone la ignominia. Un poco más adelante enseñará Jesús: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

La enseñanza, al igual que la invitación a volver a Judea, busca fundamentalmente suscitar en nosotros la fe que nos impela a decir: «Vamos también nosotros y muramos con él». E ir y morir con Jesús, amigo en particular de los pecadores y los excluídos, quiere decir, entre otras cosas: no replegarnos en nuestras seguridades ni optar por la autodefensa rígida; inquietarnos por tantos hermanos convertidos en muertos en vida, sin esperanzas ni sueños; ser evangelizadores más que juzgadores, facilitar, no impedir, el acceso a la gracia (cf EG 45, 49, 94). En lenguaje vicentino, en lugar de encerrarnos en nuestra concha segura, saldremos para ayudar a los pobres de todas las maneras (XI 393, 397), aunque huelan mal y aun a muerte.

Cuanto antes amemos como Jesús, antes viviremos y veremos a muertos resucitar, una prueba más de la presencia y de la muerte del Mesías. Quizás nosotros la Iglesia no vemos hoy día a muertos resucitar porque no estamos configurados con la muerte de Cristo. Ahora que tenemos plata y oro, no podemos mandar en su nombre: «Levántate». Y si difícilmente percibimos en la Eucaristía el sabor de la gloria futura, ¿no será porque no nos acordamos realmente de la pasión de Cristo?