Fifth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
To the weak I became weak (1 Cor 9, 22)

Jesus says to those of us who, like the anguished Job, bemoan our miseries in this valley of tears: “Come to me, all you who labor and are burdened, and I will give you rest.”

The invitation is for all the afflicted, for those who are to blame and not to blame for their situation. Not only does our Lord not rush to the conclusion that sufferings are the punishment for the sins of those who suffer; it does not matter to him either that those who are troubled are sinners, for he has come precisely to call them. In the face of so many people who are enduring all kinds of adversities and diseases, Jesus is not concerned about passing moral judgments; he is first and foremost moved with pity.

No, Jesus has not come to judge but to save. He has been anointed and sent to be good tidings to those who suffer. Time will come when he will separate sheep from goats, but for now his mission is to be a compassionate brother to the least ones in the human family. No doubt, prayer helps him to stay in solidarity with them and remain faithful to his mission.

Jesus’ solidarity with those who suffer makes clear that we humans cannot let ourselves be defined on the basis of our well-being or our lack of it. What defines us is our likeness to our Creator. We will achieve our true identity only if we are the authentic images of God. He is rich in kindness and fidelity, so merciful and faithful he keeps coming along with us, a stiff-necked people, saving us not “merely as individuals, without bond or link between one another,” but rather, “as one people” (Lumen Gentium 9).

So then, our salvation, our sanctification, our wholeness, lies in solidarity: that of God-with-us with human beings and that of human beings one with another. It is impossible for us to be delivered from misery without solidarity. This implies compassion, without which, one cannot really be a Christian or human even, as St. Vincent de Paul teaches (FRXII:271). Salvation cannot be privatized.

We attain solidarity, of course, only by taking the yoke of the one who became poor for our sake, by becoming what we receive in the Eucharist: the Body of Christ.

Grant us, Lord, to be of one heart and mind, so that there may no longer be any poor person among us.


VERSIÓN ESPAÑOLA

5º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Me he hecho débil con los débiles (1 Cor 9, 22)

A los que, como el angustiado Job, lamentamos nuestras miserias en este valle de lágrimas nos dice Jesús: «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».

La invitación es para todos los afligidos, para los culpables y no culpables de su situación. Nuestro Señor no solo no saca la conclusión precipitada de que los sufrimientos son el castigo del pecado de los que sufren, sino que también a él no le importa que los atribulados sean injustos, pues, a llamar a éstos ha venido precisamente. Frente a tanta gente padeciendo de diversas adversidades y enfermedades, Jesús no se preocupa de hacer juicios morales; primero que nada, se compadece.

No, no ha venido Jesús para juzgar sino para salvar. Ha sido ungido y enviado para ser la buena noticia a los que sufren. Algún día le tocará separar las ovejas de las cabras, pero su misión por ahora es ser el hermano compasivo de los más pequeños de la familia humana. Sin duda, la oración le ayuda a mantenerse solidario con ellos y fiel a su misión.

La solidaridad de Jesús con los sufrientes deja claro que los hombres no hemos de dejarnos definir a base ni de nuestro bienestar ni de nuestro malestar. Lo que nos define es nuestra semejanza al Creador. Realizaremos nuestra verdadera identidad solo si somos auténticas imágenes de Dios. Él es rico en misercordia y lealtad, tan compasivo y fiel que sigue yendo con nosotros, gente de dura cerviz, salvándonos «a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo» (Lumen Gentium 9).

Así que nuestra salvación, santificación, entereza, está en la solidaridad: la de Dios-con-nosotros con los seres humanos y la de los hombres unos con otros. Imposible que nos libremos de la miseria sin la solidaridad. Ésta supone compasión, sin la cual, uno no puede ser realmente ni cristiano ni humano, como enseña san Vicente de Paúl (ESXI:561). La salvación no se puede privatizar.

La solidaridad, claro, solo se logra cargando nosotros el yugo del que se hizo pobre por nosotros, convirtiéndonos en lo que recibimos en la Eucaristía: el cuerpo de Cristo.

Señor Jesús, concédenos tener una sola alma y un solo corazón, para que ya no haya ningún pobre entre nosotros.